Honor, alegría y responsabilidad, por Eugenio Montejo (Caracas, 1938 – Valencia, 2008) ~

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I. No ha sido corto el camino para llegar a este recinto. Y en verdad no podría serlo porque se trata del camino de una vida cuyo rasgo más determinante, si alguno ha tenido, es haberse destinado a servir a la poesía. Los primeros pasos, ocultos ya por el olvido, quizá dejaron entre sus huellas la harina del taller blanco, el nombre con que en otra ocasión me he referido a la vieja panadería que cobijó mi infancia, al reivindicarla como la primera aula frecuentada en mi aprendizaje de la poesía. Tal vez resulte algo extraño relacionar el inicio en un arte verbal con los talleres de confección del pan, los mismos que hoy se ven reducidos a los grises implementos de un quehacer mecanizado, pero en las antiguas panaderías, y tal era el caso del taller blanco, aún pervivían intactos los rituales y procedimientos provenientes de una era bastante remota, muy anterior al predominio eléctrico. La olfativa evocación que se lee en uno de los versos de López Velarde, cuando menciona “el santo olor de la panadería”, sin duda proviene de una de aquellas antiguas casas del pan. Todavía en mi niñez era posible encontrar en su seno, como en otros núcleos de trabajos artesanales, ciertas prácticas de oficio que podían proporcionarnos algunas enseñanzas equivalentes a las de la escritura. Y sobre todo, dentro del cotidiano trajín de la cuadra, se aprendía a valorar la fraternidad como una luz esencial entre los hombres. Diría que la fraternidad, ese sentimiento tan propicio a la voz del poema, había adquirido en aquel ámbito el color impoluto de la harina que marcaba su presencia en todas las cosas. Aquellos fueron, sin embargo, los primeros pasos, pues andando el tiempo debí percatarme de que la escritura más afín al taller blanco se reducía a una práctica tal vez cercana a la jeroglífica, ya que como todas las de su índole debía valerse siempre de la representación de un determinado signo y lo reiteraba con devoción casi sagrada: el pan, antes y después del horneo, en aquel tiempo y en éste, conserva la misma forma de un pez dormido y no debe de estar lejos de tal imagen el dibujo de su jeroglífico, en tanto que para la escritura de la poesía me era imprescindible valerme del alfabeto y de sus infinitas combinaciones. Del alfabeto cotidiano aprendido en la escuela y del otro, el inabarcable alfabeto del mundo, cuyos símbolos bien sabemos que no se alcanzan a descifrar en el curso de una vida. Dije antes que no había sido corto el camino para llegar hasta aquí. Quisiera añadir, además, que no he venido del todo solo. “Yo no voy nunca solo al fondo de mí mismo”, escribió Jules Supervielle. Y es que, además de la querida compañía de mi familia, pienso que, junto al recuento de las muchas personas que un hombre va siendo al paso del tiempo, hemos de contar también con aquellos que nos precedieron y ayudaron a hacer nuestro camino, con aquellos que contribuyeron de un modo u otro a que lográsemos formarnos. En el caso de nuestra poesía, sin mencionar la dilatada tradición hispanoamericana con sus ecos y variaciones, se encuentra la para mí más cercana poesía escrita en Venezuela. Pensando en ella, creo que de algún modo esta noche también han venido hasta aquí conmigo, acompañándome, los poetas Vicente Gerbasi y Juan Sánchez Peláez, para sólo nombrar a dos maestros ausentes, cuyos poemas resultan ya imborrables de cualquier florilegio lírico de Hispanoamérica. Temprano, con mis primeras letras, supe que la lengua que hablábamos en casa, la misma en que intentaría más adelante escribir mis poemas, se había escuchado por primera vez en nuestra tierra durante la fugaz permanencia del Almirante Cristóbal Colón en el tercero de sus viajes, cuando, al desembarcar en las inmediaciones del Orinoco, creyó localizar allí nada menos que al Paraíso Terrenal. Podía ponerle, por tanto, fecha precisa a la llegada de la lengua castellana a la región de la actual Venezuela, puesto que en esta misma lengua el Almirante se aprestó a bautizarla tan pronto la viera. La llamó, como se sabe, esta tierra de gracia. La lengua en que escribió estas palabras contaba para la época una antigüedad de quinientos años, exactamente la misma antigüedad que tiene ahora entre nosotros. En el curso de esos cinco siglos la antigua lengua traída por las carabelas se ha enriquecido al contacto con las lenguas indígenas, con las venidas de África y todas las otras, occidentales o no, habladas por quienes llegaron a vivir en nuestro suelo. Mucho de cuanto nos define —y mucho de cuanto por nosotros mismos nos es difícil definir— circula por su cauce. Con el tiempo, me he convencido de que en su entonación se halla inscrito el paisaje espiritual de nuestras gentes. De modo, pues, llegué a decirme, que si en algo podíamos reconocernos, era sin duda en esa lengua, y sobre todo en las variaciones lexicales, morfológicas y tonales con que a lo largo de los siglos la habíamos hecho nuestra, las mismas variaciones con que, en el decurso de una lenta modulación sin término, la habían hablado las generaciones que nos precedieron. Ahondar en su tradición milenaria desde el espejo tonal de nuestras verdades afectivas me pareció, por tanto, el modo más cierto de servirla, de entrever a través de sus signos la enigmática sombra del dios Toth, el dios egipcio del lenguaje, con su cara de ibis y su cuerpo de hombre, desde las galerías de nuestras voces entrañables. Se debe a Toth, como es sabido, la primera afirmación de que en el principio de todas las cosas fue el Verbo.

II. “Junto al cielo de México —uno de los cielos más altos de la tierra—, contra sus nubes enormes y tempestuosas, alcanzando ese otro Sinaí de los volcanes, el hombre erigió aquellas pirámides con sus frisos y gárgolas de serpientes y jaguares como el más ingente conjuro al inicial espanto cósmico”; estas palabras de Mariano Picón Salas, que se leen en su ensayo “Gusto de México”, datan de 1950. Si las rememoro en esta ocasión es porque ellas ponen de resalte la admiración que de México y de su antigua cultura ha prevalecido desde hace siglos en mi país y en el continente. Hacia 1918 había caído en las manos del joven Picón Salas, a la sazón un estudiante en su nativa ciudad de Mérida, un ensayo de Alfonso Reyes, y desde entonces supo identificar en éste a un maestro y, varias décadas después, a un fraternal amigo. A través del suplemento literario que más tarde dirigió en Caracas, se hicieron frecuentes los ensayos y comentarios que Reyes enviaba periódicamente a Venezuela en la década de los años cincuenta, cuya lectura fue seguida con atención creciente. Fue en este mismo suplemento del diario El Nacional donde se divulgó por primera vez un notable ensayo de Octavio Paz, publicado en dos entregas, sobre la poesía mexicana. Ese diálogo secular, con la cultura y la historia de México, ha tenido una de sus más benéficas proyecciones en la noble hospitalidad que en distintas épocas los exiliados de muchos países han encontrado en esta tierra. Fue así un día para nuestro Rómulo Gallegos, como para tantos otros intelectuales que han conseguido en este país un refugio protector y amable. Sería extensa la relación de nuestros vínculos con la literatura de México. Basta con citar en nuestros días la reconocida obra de Alejandro Rossi, cuyos libros han creado un puente inmejorable entre ambos países. Así y todo, además de los escritores ya nombrados, desearía recordar a José Juan Tablada, que publicó dos libros durante su permanencia diplomática en Caracas y trabó amistad con la generación literaria venezolana de 1918. Quiso el autor que uno de sus poemarios apareciese con ilustraciones coloreadas, en una época en que las imprentas caraqueñas no disponían de medios para la impresión en color. Los jóvenes escritores amigos del poeta, según me refirió seis décadas más tarde uno de ellos, Fernando Paz Castillo, se turnaron en la imprenta para colorear por propia mano las ilustraciones de su libro. Los solidarios amigos coloristas, al adornar las páginas del libro de Tablada, parecían acoger por sí mismos la invocación consignada en los memorables versos de Carlos Pellicer: “Trópico, para qué me diste / las manos llenas de color. / Todo lo que yo toque / se llenará de sol “.

III. “¿Le interesa Octavio Paz?” —es el mismo Pellicer quien amablemente me interroga una lejana tarde de 1961. Tras el inicial saludo, le había preguntado a mi vez por el autor de El arco y la lira. Estábamos en la Valencia venezolana, adonde él había ido a dictar una charla sobre museografía. Desde la década de los años treinta, cuando muy joven Pellicer había propiciado la denuncia de la dictadura de Juan Vicente Gómez por los universitarios mexicanos, la estima artística y humana del maestro de Tabasco contaba con un cariñoso arraigo en nuestro país. Poeta de los enigmas de la luz, de “versos dados”, para emplear la justa expresión de Marina Tsvietáieva, la admiración por su obra era también la comprobación de una peculiar gracia verbal en parte desatendida en nuestra lírica durante la primera mitad del siglo XX. Mi pregunta acerca de Paz concernía, claro está, al autor que conocíamos en aquella época, al poeta que, si bien ya había escrito libros primordiales, no era aún objeto del reconocimiento que su nombre ganaría con justicia en las décadas siguientes. Y mi admiración temprana por su obra no era casual, pues tal como había ocurrido con otros escritores coetáneos, en nuestro itinerario formativo varios libros suyos habían constituido verdaderos hitos. Me refiero a El arco y la lira, El laberinto de la soledad, Puertas al campo y, poco después, Cuadrivio, entre otros libros que recuerdo haber leído lápiz en mano para apuntar mi lectura. Libros en que me propuse demorarme tanto como sus páginas me lo exigían. ¿Qué decir, por ejemplo, del magistral ensayo sobre Rubén Darío incluido en Cuadrivio, un esclarecimiento crítico tan perspicaz como no superado hasta el presente? ¿Y qué de El arco y la lira, esa obra inagotable que modeló en tantos jóvenes del continente un sentido de aproximación crítica refrendado por la lucidez y el rigor del análisis? Son obras que, en uno u otro sentido, nos modificaron, sirvieron para afinar el gusto y modelar nuestra propia tentativa literaria. A partir de ellas se abría un horizonte a nuestros ojos. Era un joven maestro hispanoamericano el que entonces nos proponía una exigencia más alta y más fértil. En títulos como estos se cifran instantes de juventud que cristalizaron como emblemas espirituales del muchacho que éramos en ese entonces. Tal vez ahora, al releerlos, nos hablen de modo distinto, puesto que la edad siempre interpone sus ecos. Sin embargo, en nuestro ánimo perdura el inicial deslumbramiento de sus páginas y cuanto éstas llegaron a decirnos, en cierto modo, para siempre. Fue así respecto a la obra ensayística del primer Paz como también respecto a los poemas reunidos en el libro Libertad bajo palabra. De hecho, al preguntarle a Pellicer por Paz, había preguntado —recuerdo bien— por el poeta de Libertad bajo palabra. Ambas vertientes, magistralmente acrecentadas en las siguientes décadas, conforman, dicho sea para suscribir la observación de Gabriel Zaid, un verdadero milagro, un milagro que, como él ha afirmado, subió de nivel toda nuestra cultura en el lapso de una vida.

IV. En los actuales días, si bien aún se pregunta por los poetas y por sus obras, con mayor frecuencia se suele interrogar acerca de la utilidad de la poesía, acaso como uno de los distingos de la era presente, tan inclinada a sospechar de todo cuanto no propenda a un fin material y palpable. Las contestaciones a menudo esgrimen el contrasentido quizá para esquivar la futilidad de la pregunta, cuando no sirven de pretexto para desahogar los ánimos vanidosos. Una especie de respuesta, sin embargo, que es posible invocar desde la hora que vivimos, se concreta en la prueba que les correspondió afrontar a los artistas durante la centuria que concluyera hace apenas un lustro. Entre las lecciones dejadas por ese siglo terrible, una de las más decisivas concierne a los avatares del poeta frente a los regímenes totalitarios. Fue ésta, como sabemos, una prueba dolorosa, muchas veces cruenta, en la que no pocos pagaron con su vida la defensa de la libertad y de la tolerancia. Se sabe que al poeta Ossip Mandelstan lo pierde un poema contra Stalin, un poema que, a decir de Joseph Brodsky, resulta demasiado logrado como para que Stalin no sintiese que le había llegado muy cerca. Asimismo, al leer la obra de Ana Ajmátova, resulta difícil precisar qué asombra más en la genial poeta rusa, si el don verbal que la arrebata y la lleva a escribir poemas como Réquiem, creaciones icónicas de su tiempo, o la inaudita capacidad de sobreponerse a todos los golpes de sus perseguidores. De igual modo se sabe que en las confrontaciones de la época no faltaron los artistas que defendieron ardorosamente los dogmas ideológicos, algunos con rectificaciones más o menos oportunas, otros con la insistencia empedernida que hasta el final de sus vidas los hizo víctimas de sus credos. Desde nuestra hora, aunque la perspectiva histórica haya despejado la evaluación de las cosas, se hace visible la confusión que propició en muchos espíritus la proximidad de los hechos. Aquello que a una determinada adhesión añade en definitiva el carácter, más que los discernimientos de la inteligencia. De algún modo, las decisiones fundamentales siempre han dependido más del ser que del saber. Sin embargo, más allá de las posturas que son parte de la historia, una lección principal que nos depara la anterior centuria arraiga en el convencimiento de que nunca debe rehuirse la adhesión a la lucidez y a la tolerancia del pensamiento. De acuerdo con el ya citado Joseph Brodsky, en tales circunstancias siempre habrá que partir de un arte denso, pues “constituye una regla el hecho de que, para sobrevivir bajo la presión totalitaria, el arte debe aumentar su densidad en proporción directa a la magnitud de la presión a la que se ve sometido”. Y es en este dominio de las elecciones vitales donde Octavio Paz legó también otra de sus lecciones más perdurables. El poeta devoto de la renovación lírica de su lengua, el perspicaz y penetrante ensayista, fue también el pensador de la polis, el mismo que desafió denuestos e incomprensiones al reafirmar su lucha contra el dogmatismo fanático, cualquiera que fuese el disfraz de su prédica. Diré más: de nuestros maestros literarios, de nuestros faros, para usar la metáfora baudelaireana, ¿no fue acaso Paz quien con mayor ahínco invocó en nuestro continente la necesidad de la puntualización crítica frente a las obcecaciones ideológicas? Recuerdo cómo José Bianco, otro maestro querido, mientras blandía una vez en sus manos un mazo de cartas manuscritas de Paz, me confirmaba una tarde en Buenos Aires la clarividencia del poeta mexicano que a él mismo le había servido para orientarse en su momento.

V. En el umbral de este milenio, las nuevas señales de la poesía no difieren mucho de las que resumió nuestro poeta en sus iluminantes ensayos. Se la tiene por el mismo arte minoritario, a la vez indispensable y secreto, cuya extinción se suele anunciar de tanto en tanto, sólo para convenir en que su condición periférica en los actuales tiempos apenas si delata la carencia de un sentido artístico más hondo por parte de la sociedad contemporánea. Digamos también que al menos se espera de ella, con la integridad con que lo ha reiterado Rafael Cadenas, que pueda hacernos “más vivo el vivir”. Monológica, oculta, la voz del poema elude en nuestros días las formas estridentes porque encarna el lenguaje esencial de la intimidad, el lenguaje con que a solas nos hablamos a nosotros mismos y hablamos a los seres y cosas que más nos atañen; la parte del lenguaje, en fin, que por sí misma es refractaria a cualquier indicio de mentira. Inmodificable pese al fundamentalismo del dinero que prevalece en la actual época, parece recordarnos, con palabras de Herbert Read, que “el dinero puede comprar casi todo menos la verdad, y a casi todos menos al poeta poseído por la verdad”. Hemos hablado de la poesía, pero ¿qué idea nos hacemos del poeta en los días actuales? ¿Cuál misión se le supone tácitamente encomendada? “Siempre creí profundamente —afirmó el poeta brasileño Cassiano Ricardo— en la enorme tarea que corresponde al poeta en nuestro tiempo. Forma de gnosis, de autocrítica o introspección para que el poeta se conozca a sí mismo, la poesía ejerce, simultáneamente, una decisiva función pacificadora frente al desespero lúcido de la preguerra atómica”. Y define al poeta como “Un hombre / que crea el poema / con el sudor de su frente”. Más canónica y en buena parte vigente desde finales del siglo XIX es la conocida definición de Stephane Mallarmé, para quien el poeta es aquel capaz de purificar las palabras de la tribu, de devolver las palabras a su estado de pureza genésica. Podríamos citar varias otras, pero me gustaría recordar, entre las más sugestivas, sólo una más que, por cierto, cuenta con el prestigio de provenir de la era prehispánica, puesto que se debe a los nahuas. Para ellos, que veneraban las formas de expresión noble y cuidadosa, según afirma Miguel León Portilla, el poeta o narrador, el tlaquetzqui, es “aquel que al hablar hace ponerse de pie a las cosas”. ¿Debemos ir a buscar otra definición del poeta en abstrusas bibliotecas, en culturas remotas, si disponemos de ésta que nos resulta tan entrañable? En todo caso, la antigua noción de magia verbal, tan cercana a esta definición, que ha logrado sobrevivir al asedio racionalista, viene a recordarnos que la escritura de un texto lírico nace acompañada de una porción de enigma inseparable de la voz que la recorre.

VI. Con el nuevo milenio que despunta, sin embargo, se acentúan otros signos perturbadores que atañen en mucho a la vida y, por ende, a la poesía y al arte de nuestro tiempo. Me refiero, entre otros, al peligro mayor de una devastación nuclear, como una amenaza que otras generaciones desconocieron, al menos en la magnitud con que hoy ésta nos concierne. Puesto que la poesía lleva implícita la defensa de la vida, y la vida no se deja definir sino en términos de esperanza, la amenaza apocalíptica es un extraño sol negro, frente al cual hemos de escribir en el siglo que ha comenzado, un siglo, como pocos, difícil de atravesar en la historia de la humanidad. No trato de decir que el artista haya de imponerse como tema el sombrío referente atómico, pues es sabido que en el arte las determinaciones voluntarias casi siempre pueden poco. La noción apocalíptica, no obstante, forma parte de la vida en este nuevo siglo en una proporción desconocida por las generaciones de otras edades. De existir una determinada entonación que distinga a esta era que vivimos, en las distintas lenguas debería de escucharse una cierta sintonía en los tonemas que reflejan el peligro. El hecho de que nada sepamos del futuro, salvo que debemos crearlo entre todos, aumenta la responsabilidad del artista. Su adhesión ética ha de estar del lado de la civilizada tolerancia y de parte del desarme tanto por fuera como por dentro del hombre.

VII. Cuando la voz de la presidenta de la Fundación Paz, Marie-José Paz, me anunció al teléfono el veredicto del Jurado, luego de tan abrumadora sorpresa, tres palabras vinieron a mi mente al intentar discernir la reacción de mi ánimo en ese preciso momento: honor, alegría y responsabilidad. En primer término se trata de un alto honor porque es un premio que proviene de México, el país de más acendrada tradición cultural de nuestro continente. Además, me ha proporcionado una innegable alegría, una alegría que podía compartir con mi familia y con mi país, en un tiempo en que los percances de nuestra política y del militarismo autocrático no nos proponen demasiada alegría. La tercera palabra es responsabilidad, cuya noción en el dominio de la creación artística y de la postura ética asocio al nombre que lleva este honroso premio. Estas tres palabras compendian el sentimiento abigarrado que embargó mi ánimo al momento de conocer la noticia. Creo que las tres pueden resumirse en una sola palabra, que es tal vez la más hermosa de nuestra lengua: la palabra “gracias”. Gracias a la Fundación Octavio Paz. Gracias a los integrantes del Jurado. Gracias al Fondo de Cultura Económica. Gracias a México. –

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Discurso de Eugenio Montejo
al aceptar el Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo (2004)

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