[#20] Trece poemas de José “Pepe” Barroeta (Trujillo, 1942 – Mérida, 2006) ~

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José “Pepe” Barroeta / Fotografía por Vasco Szinetar

José “Pepe” Barroeta (Trujillo, 1942 – Mérida, 2006). Ensayista y poeta venezolano. Se desempeñó como profesor del área de Literatura Hispanoamericana y Venezolana en la Escuela de Letras de la Universidad de Los Andes. Fue miembro de los grupos literarios “Tabla Redonda”, “En Haa”, “Tropico Uno”, “La Pandilla Lautréamont”, “Sol cuello cortado” entre otras. Autor de seis libros de poemas: Todos han muerto (1971), Cartas a la extraña (1972), Arte de Anochecer (1975), Fuerza del día (1985), Culpas de juglar (1996) y Elegías y olvidos (2006), inédito hasta el año 2006. Todos sus poemarios fueron reunidos en Todos han muerto.  Poesía completa (1971-2006), publicado por la Editorial Candaya en el año 2006. 

***

De Todos han muerto (1971)

Néstor

Si no me amas mato a mi padre.
Lo dejaré caer escaleras abajo y veré
cómo su cráneo añoso se descorre precipitado
entre pequeños hilos
Miraré lo que siempre he deseado, su memoria. Los conductos
que llevaban a su cabeza la vida y hacían de él un títere,
una máscara. Máscara terrible que amaba y me sometía al yugo.
Su cuerpo ha de correr sin otro movimiento que no sea
el de mi impulso, mi fuerte impulso
que no ha de ser espiado por nadie.
Ese día, impecable, revestido de una sobriedad que no he usado
nunca,
observaré cuidadosamente los hábitos del hogar. Este mecanismo
borrará toda sospecha de mi ardid.
Mis hermanos dirán: «Se portó como nunca, presentía su muerte. Lo amaba, lo amaba mucho, deben ser terribles las horas en su corazón».
La desprendida cabeza de mi padre, diré, no debe ser enterrada,
debo regalarla a cualquier vagabundo para que sus ojos brillen
en las calles. Quizá yo mismo haga un viaje de mar y la deposite,
obsesionado, en el radiante césped de Wembley.

Cumplida mi hazaña,
lloraré contigo en un soleado campo de otoño;
serás mía a través de mi padre.
Un poco antes de emprender mi fuga
cambiaré los trajes de mi padre muerto por ginebra.
En el bar de los húngaros quedarán sus abrigos, sus zapatos
y un flux que pretendió lucir, al cual mi hermana, por burla,
le fue rellenando las mangas con los bagazos de las manzanas.
               Mi padre asesinado
               no podrá espiar mis borracheras,
               no podrá ver
               mi joven cadáver de treinta y ocho años.
               La noche de mi muerte
               nos reuniremos apenas un minuto en el cielo;
               yo pasaré a la inmensidad
               y habrá de comenzar la desdicha.
Huiré a Orion.
Mi padre redescubre una historia donde pasan las sombras
de una noche mágica.
Su frenesí ha de radicar en que me he separado
de los hombres:
no más Carlos Noguera,
nada en las tinieblas tendrá que ver con Luis Cornejo,
no habrá tampoco flores para mi hermano en Pensilvania.
Olvidaré las rutas,
la fragancia de las cervezas en el bar del Gato,
la piel de Sary que aparece dichosamente en mis ojos.
No añoraré nada. Los campos del sur, pienso,
fueron el estímulo de esta ebriedad que no tiene nombre.
Oh, padre,
no más el agua rosada de su vientre,
nada de Marina, nada de mi juventud, nada padre
viajará contigo a la muerte.
Tu cabeza ha de vivir
y la recordaremos en el otoño. Yo, ausente, en tus ojos
miraré la crueldad que proclama el cielo.
Oh, padre,
mi juventud no vendrá de nuevo al hogar,
seremos infelices olvidando aquella música que derrotó
nuestros corazones.
La tierra será prudente como tu nombre.

***

Los años locos

Mi mujer debe revisar cartas infieles
y tirarlas con fastidio al fuego. Sus ojos que han ido tan lejos
queman por primera vez mi corazón, subyugan mis años locos.
Sus ojos que han ido tan lejos,
elevan amigos, vuestras memorias,
vuestras pieles quemadas en alcohol.

Oh camaradas,
yo sangro.
Oh amigos,
yo soy fiel a vuestras tristezas
y alegrías.

Fuera de ella queda mi rostro lívido,
quedan nostalgias y un yo triste,
un yo que amaba tiernamente su cuerpo en los inviernos.
Yo sangro y huyo,
huyo de aquellos días tan ciertos en donde nos amábamos. 

Oh amigos,
tantas siluetas que giran en la noche,
tanta vida en mí mismo,
en nosotros que fuimos dados a la tierra
con fin y principio, apasionadamente. 

Oh camaradas, 
mi corazón es infinito y el sol de los siglos
y la hermosura de vuestras mujeres.
Infinito es mi dolor bajo el arco de sus pestañas
y la muerte

Oh amigos,
yo soy fiel a vuestras tristezas
y alegrías.
A nada pertenezco bajo el signo de su partida.

***

Alucinación

Ni siquiera he pensado en derribar a Junio.
Hay una sonrisa
que trae de la noche una canción.
Todo tan triste
un viejo barco que se lanza al mar
un sable frío en la cabeza de la lluvia
una sola mancha en el paisaje de invierno.
Un desprendimiento,
yo y mi niña de cuatro noches
asombrados por el vaho de la sidra
asustaditos tras una vasija de vinagre.
Dos corazones que caen bajo el granizo de la noche
y nada más.
Cuatro pies marchando en las boca-calles.

***

Complicidad

Es mejor destruir el pasado
que no quede imagen
que no haya siluetas
y seamos tú o yo fuera de todo círculo.
Que exista solo una maniobra
una razón que nos parta
una multitud que nos reproche
sin sabernos los escogidos.
Que la pasión se borre girando
y no sepa de su derrota.
Que no exista una queja
o una bóveda acallando tu cuerpo.

***

Todos han muerto

Todos han muerto.
La última vez que visité el pueblo
Eglé me consolaba
y estaba segura, como yo,
de que habían muerto todos.

Me acostumbré a la idea de saberlos callados
bajo la tierra.
Al comienzo me pareció duro entender
que mi abuela no trae canastos de higo
y se aburre debajo del mármol.

En el invierno
me tocaba visitar con los demás muchachos
el bosque ruinoso,
sacar pequeños peces del río
y tomar, escuchando, un buen trago.

No recuerdo con exactitud
cuándo empezaron a morir.
Asistía a las ceremonias y me gustaba
colocar flores en la tierra recién removida.

Todos han muerto.
La última vez que visité el pueblo
Eglé me esperaba
dijo que tenía ojeras de abandonado
y le sonreí con la beatitud de quien asiste
a un pueblo donde la muerte va llevándose todo.

Hace ya mucho tiempo que no voy al poblado.
No sé si Eglé siguió la tradición de morir
o aún espera.

***

Elegía

Mientras haya muerte viviré cantando,
errando en una onda de música desesperada. En los inviernos,
en cualquier estación, son muchos los que han muerto por mí.

Siempre deseo dejar la vida sin amargura,
dejarla como yo la he visto. La esperanza que me da la noche,
quizá la obsesión de estar muerto, han impedido que me sepulte,
que vuele sobre el hilo de mi alma solar.

Me gustaría vestirme con el color de la muerte,
llevar en mí la rigurosa fantasía. Querer a una mujer pálida que tenga
las alas como nunca.

Mi deseo no es huir de la vida sino fijarla en lo que
arrebata. Esta luz de hoy nada cubre y sólo el sueño del cadáver invita a viajar.

Yo vivo sigiloso
esperando que se abra la tierra para cubrirla con mi melancolía
Mi melancolía debe ser mi cuerpo muerto con sus ojos verdes
cerrados.
Mi melancolía es culpa de los muertos
y de sus grandes magias. Padres míos, magos que vinieron y
se
esfumaron. Que vagan como relámpagos de polvo debajo 
de la tierra.

***

De Cartas a la extraña (1972)

VI

Escucha, recuerda la profecía: Mira tu país, quémalo, arrásalo como sólo tú sabes hacerlo. Pon tus ojos a la disposición de la muerte; no olvides que la herida es lo único real. No olvides mis palabras que por ti se marchan del mundo de los desmesurados, del territorio de los grandes hacedores del fuego y que retornarán envanecidas y desgastadas por la molicie. Escucha siempre el ruido que dejó mi locura sobre las calles; atiende a esos silbos que brotaban de un hombre cuyo espíritu había crecido a punto de volcán. 

Vive de forma que los muertos de infancia te sobrecojan. Vive, pero mira tu país, quémalo, arrásalo con los ojos. 

***

De Arte de anochecer (1975)

Arte de anochecer

Hay un arte de anochecer.
De la entrada del cuerpo al alma,
de la niebla a la redondez
y del círculo al cielo;
hay un arte de luz,
un campo donde anochecer
es mirar la vida
con el cuerpo cerrado.
Hay un arte de anochecer,
un descenso en la entrada del día
a la completa oscuridad.
Un intermedio donde es necesario
recibir y saber todo sin estremecimiento.
Hay un arte,
un paisaje a veces amable,
a veces torvo,
donde ascenso y descenso son accesorios
de la materia limpia.
Hay un arte de anochecer.
Quien haya vivido o soñado con bosques,
luces y demonios,
lo sabe.

***

Rita Valdivia

Has debido quedarte en el aire.
A los veinte años tus formas eran las
del fin.
Nuestros calores
de poetas conocidos seis años atrás,
míseros y ebrios,
triunfantes solo porque nos eras viva
no podían salvar.
Era,
tú lo sabes desde la tierra muerta,
la época del gran miedo
donde todo fue alcohol de infancia.
Y huimos sin saber de ti ni de nosotros,
asombrados,
sin melancolía porque queríamos algo de la vida.
Tú sabías entonces cómo se debía hacer,
reñías el entusiasmo de mi oficio inútil,
el fasto de los otros,
las pobres ojeras de nuestra bohemia.
Tú sabías entonces cómo se debía hacer,
llorabas muy adentro de las rosas que Camilo
nos compraba en enero;
nos amabas demasiado vivos como para no haberte hallado
con la muerte.
Tú sí que estabas con los miserables, alpaca,
bebiendo agua de lluvia bajo cualquier monte
o en las ciudades, sentada, como solías para encantarnos,
arriba de todo lo que fuera basura. 

***

De Fuerza del día (1985)

De fluir y de utopía

Cómo volverá la palabra ignorada
al pecho de la noche.
Un día marcho con mis vestigios,
ato piedras en el amanecer.
Confiado en la utopía me harto como
relámpago,
me hago dueño de nervios incesantes
que no prometen quietud al porvenir.
Me convierto en vasallo de lo oscuro
de fluir que baña dos veces mi cielo
y que perturba la tarde en que te quiero
tanto.

***

De Culpas de juglar (1996)

Qué decir

Entre mi verdad y mi pavor iluminado
soy una casa.
Estoy atado al cuerpo y a las sillas
de sus tejas terribles.
Con el tiempo verde, con el verde coraje de
memoria
asalto el pretil de los gallos y el sapo blanco
de mi mujer cuando se va.
Me visto mirando la puerta grande
del fracaso
el olor marrón de la ventana
ajusticia mi momento de partir.
Soy un cuerpo que da vueltas en su celda
de mapamundi
con ganas de ser piedra quebrada por la sequía.

***

Canto a mí mismo

Yo era el poeta de mi tierra
y de toda la tierra.
Adentro de mí llovía y relampagueaba
y sentía siempre unas inmensas ganas
de llorar.
Yo me reía de las frutas que caen en los
tinglados y asustan el silencio
y hablaba con los muertos y con los animales
que pasan por la miseria vestidos de capitanes
largos.

Yo era un gran poeta de los muertos
como jamás hubo otro en la comarca
y me asustaba de ver subir las flores
hacia la cal ambigua de las tumbas.
Soñaba
cantaba por las noches una desgarrada melodía
y volvía a soñar entre muros y ciudades perdidas
persiguiendo sombras halladas entre el porfiado
frenesí de ausentes y de borrachos insondables.

Yo era un poeta
y me enamoraba de mí y de ti y de todas las miradas
que vienen desde lejanos pueblos a la imaginada mesa
del ecuador
a buscar estrellas y panes de cobre para maldecir
hombres                        
                                   en el centro del mundo.    

Comía sobras
robaba
leía el amanecer
bebía y fumaba hasta sentir un agradable
golpe en los pulmones.
Creía en la muerte y me aprestaba
a tomar el poder de mi país.
Confiaba en un grupo de poetas locos
que fueron apareciendo de puntos cardinales
distantes
incapaces de apagar sus deseos detrás de una
música rota por el olor de las botellas
y del encanto miserable.

Yo me cantaba y me celebraba a mí mismo
ganaba la vida sin hacer
buscaba que mi razón perdiera
y salía conmigo y contigo a buscar campos y ciudades
para soñar y matar a los padres de mis padres
quemar el mundo
y pagar algún día con mi cuerpo en la hoguera
el desenfreno de mi vaga ilusión.

Caía sobre mí mismo
y amaba mis fracasos.
Sentía el placer de ser otro
que escribe un poema sin principio ni fin
alerta por si viene la muerte y revienta
mi pobre y útil reino del cuerpo.

***

De Elegías y olvidos (2006)

Hábitos

Mi oficio
regentar el vacío
Sólo tengo un pequeño estudio en arriendo
en Mérida
Mis tres hijas hacen y caminan sus sendas
ausentes de mí en eso de sabernos
con hábitos de familia.
Mi hijo muerto yace bajo una lápida
bajo prohibición de que grabe en ella
los epitafios que para él soñé
Mis libros formaron un pobre y curvo lomo
de estantería
que algunas veces entre emoción y tragos
salen del escondrijo
y leo perturbado poemas de muerte
amor paisajes y melancolía
Regento un vacío insoportable
doloroso
esperando que mi mujer se acueste
                  a mi lado
                  recién bañada
                          o
                         diga
Vamos a bailar que salieron las vacas
                  y las
                 estrellas.

*

Poemas seleccionados del libro Todos han muerto. Poesía completa (1971-2006),  
Editorial Candaya, 2006
ISBN-13: 978-84-934923-1-1

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