Pedro Carreño con Ken Kesey: la disidencia como locura en el discurso político, por Maikel Ramírez ~

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Diego Max

“Creonte: De estas dos muchachas digo que la una
se ha vuelto loca desde hace poco; la otra lo está desde que nació”

(Sófocles: Antigona)

“The head of the KGB, their chief saint
Leads protesters to prison under escort
Don’t upset His Saintship, ladies
Stick to making love and babies”

(Pussy Riot: Punk Prayer)

Cuando aún los años 60 no alcanzaban su punto de inflamabilidad con la contracultura norteamericana ni París se sacudía con las revueltas del mayo del 68, el escritor norteamericano Ken Kesey, quien se encontraba: “muy joven para ser un beatnik y muy viejo para ser un hippie”, según sus propias palabras, escribió una de las novelas que, a mi entender,  captura con precisión quirúrgica el malestar social de su época y, mejor aún, la dinámica del poder que desde entonces daría pie a un agudo cuerpo teórico sobre la cultura: Alguien voló sobre el nido del Cuco, o Atrapado sin salida, título con el que se conoció la adaptación cinematográfica de 1975, que a la sazón le granjería el premio Oscar a su director Milos Forman y a sus dos actores nucleares, Jack Nicholson y Louise Fletcher.

Nacida de experiencias personales cuando su autor laboraba en un instituto mental, esta novela nos muestra desde la perspectiva del indio ‘jefe’ Bromden la llegada del divertido y entrañable Randel McMurphy al hospital psiquiátrico donde se encuentra recluido. A diferencia del resto de los internados, McMurphy finge trastornos mentales para no cumplir una pena ordinaria por los delitos de los que se le acusa. Los problemas irán en aumento a medida que McMurphy se rebele contra los métodos de la enfermera Mildred Ratched, también llamada ‘Big nurse’, y el resto del equipo médico, pues, como nos resulta obvio, estos practican tratos tan crueles contra los enfermos, que, ya lo han observado algunos críticos, es al personal del instituto que terminamos calificando de verdaderos enfermos mentales. Infortunadamente, la tiranía de Ratched acabará  con la insurrección de los internados y convertirá a McMurphy en un ser vegetal tras aplicarle una lobotomía. Antes de huir, el jefe hará el último acto de ternura y compasión hacia su amigo ahogándolo con su propia almohada.

Razonablemente, algunos estudiosos de la novela han establecido paralelismos entre Alguien voló sobre el nido del Cuco y la clásica distopía de George Orwell 1984, en tanto en cuanto ambas obras se ambientan en lugares en los que los individuos sufren un poder coercitivo que, al término de la historia, destruye cualquier resabio de libertad y produce cuerpos dóciles aprovechables para la reterritorialización y la proyección temporal del poder. Por lo demás, que el apodo de Ratched sea ‘Gran enfermera’, como un ‘Gran hermano’ orwelliano, apunta a consolidar el argumento en cuestión.

Por los mismos años en que Kesey contaba sobre la atroz corrección de McMurphy, Michel Foucault escribía en Francia uno de sus libros capitales: Historia de la locura en la época clásica. Empleando una de sus habituales genealogías, Foucault demostraba que lo que conocemos como locura no siempre ha sido concebida de la manera como lo hacemos. Antes, la locura es una construcción cultural intervenida por un poder que administra los dispositivos normalizadores. En resumen, apenas se extinguió la lepra de Europa se buscó en el loco la nueva figura para estigmatizar. La sociedad industrial confinará a los locos en asilos por cuanto no cumplen con la uniformidad productiva y moral de la sociedad burguesa creciente. Para Foucault, estos asilos funcionaban como una estructura policial que aplicaba los más brutales castigos a los locos para que asimilaran el orden social.

Conviene retener el hecho de que el orden, la autoridad y el castigo que regían tales lugares  procedían de la metáfora de la familia, en la que los locos corresponden a los niños y los médicos al padre del clan, quienes así están autorizados para usar castigos extremos con objeto de disciplinar al hijo que se encuentra fuera de sí y que con ello causa un afrenta a la sociedad. Por esta razón, debía llegar el momento en que con una simple mirada fría el loco infantilizado desistiera de continuar con cualquier impulso irracional. Contemplado bajo la lupa foucaultiana, el manicomio es un espacio donde opera la microfísica del poder, lo que, a su vez, implica una reproducción a menor escala de la amplia estructura de la sociedad, tanto como esta maximiza el panóptico de la cárcel, como lo anota en su fundamental ensayo Vigilar y castigar.

Va haciéndose comprensible, entonces, que el diputado para la Asamblea Nacional por el oficialismo Pedro Carreño declare lo siguiente sobre la fiscal Luisa Ortega Díaz, quien, a contravía del gobierno nacional, ha actuado apegada a la Constitución de 1999 y al estado de derecho: “nosotros vamos al Tribunal Supremo de Justicia a solicitarle, como no sabemos cuál es la patología que tiene esa señora en su conducta. Sí sabemos que tiene una insania mental”. Carreño, por las razones que esgrime, propone que el TSJ conforme un equipo de psicólogos y psiquiatras para determinar, léase bien,  de qué tipo de patología padece la fiscal de la república, puesto que, según lo ve, es un hecho que la fiscal tiene un trastorno psicológico.

No puede sorprendernos la reacción virulenta de Carreño si tenemos en cuenta las recientes declaraciones de personeros del gobierno en las que ha salido a la superficie la metaforización de Nicolás Maduro como el típico padre que, verdaderamente, es la única persona con la capacidad de saber lo que nosotros queremos y necesitamos, incluso, por encima de lo que nosotros mismos llegaríamos a saber. Desde tal óptica, Maduro es el sujeto supuesto saber al que le debemos conceder todas nuestras decisiones y, como resulta en este tipo de mecanismos del pensamiento, está obligado a castigarnos cuando nos portamos indebidamente y, por supuesto, cuando es severo lo hace por nuestro bien, con lo que, ni más faltaba,  sufre más que nosotros, pues a nadie le duele castigarnos más que a él. Se le encogería el corazón mientras nos tortura para que no seamos desobedientes.

Sea de manera ordinaria, elegante o soez, los representantes del gobierno no disimulan su concepción paternal. Hace poco, por ejemplo, la rectora del CNE Socorro Hernández afirmó en el canal Globovisión que: “El Estado es como una familia y Maduro es el papá”. Hermánn Escarrá, más curtido para las engañifas en estos menesteres, expresó la misma idea, pero en latín: “pater familias”. Al desdichado y burdo criterio de Óscar Schemel, por implicación: “Venezuela es como una mujer desorientada que necesita un hombre fuerte”. Sobra decir que tenemos al frente un caso en el que la metáfora paternal, o familiar, no corresponde y, por tanto, debemos rechazar categóricamente la lógica del pensamiento que intenta imponer.

Para los totalitarios del siglo XXI, está fuera de duda, solo la locura puede explicar que la fiscal Luisa Ortega Díaz se desligue de las decisiones  del gobierno nacional y desobedezca los dictámenes de Maduro, cuyos decretos ya caben ser categorizados de obsesivos-compulsivos.  A fin de cuentas, si el loco es un cuerpo alienado que ha perdido cualquier capacidad de comunicación con el resto de la sociedad, la patología explicaría que la fiscal no  pueda reconocer que Maduro tenga la razón y nos conduzca a un estadio de felicidad superior en la historia de la humanidad.

Hacia finales de los años 70, la lingüista norteamericana Robin Lakoff presentó en la universidad de Berkeley un trabajo sobre cortesía verbal con el que refutaba la aplicabilidad de la sintaxis chomskiana por no poder develar la estructura profunda de un enunciado irónico. Para tal propósito, se ciñó el conocido principio de cooperación formulado por H. P. Grice según el cual todo intercambio comunicacional sigue cuatro máximas: a) no digas lo que creas que es falso, ni digas algo sobre lo que no puedes mostrar pruebas; b) evita ser oscuro, no sea ambiguo; c) no diga más de lo que se espera que usted diga; d) adhiera lo que es pertinente a la conversación. Ejemplares de estas en la literatura son, pongamos: a) las adivinanzas sin solución que el sombrerero loco le pregunta a Alicia (“¿en qué se parece un cuervo a un escritorio?”); b) las enigmáticas frases que Hamlet constantemente suelta; c) la información sobre la casa de la abuela que la caperucita le suministra al lobo feroz; d) las órdenes que el rey espera que el principito acate aunque no sea su súbdito o a pesar de que son posteriores a la acción (“-entonces-le dijo el rey, te ordeno bostezar”). Acaso uno de los ejemplos más iluminadores de todas estas transgresiones sea Don Quijote, personaje que, entre otras cosas, dice que hay gigantes donde solo hay molinos de viento o intenta comunicarse con fórmulas que ya son arcaicas.

Grice, asimismo, descubrió que hay violaciones a estas máximas, que, sin embargo, siguen comportando una comunicación efectiva entre los hablantes, pues, para precisarlo de una vez, estos cooperan. Pongamos un par de adultos que quiere hablar del pene y la vagina delante de un niño y recurre a una serie de metáforas noveles para referirse a ellos. Acá, es notorio que hay poca claridad, pero ambos cooperan para alcanzar una comunicación efectiva. Un ejemplo adicional: A le dice a B, quien siempre llega tarde a cualquier lugar, que ama su puntualidad. En este caso, la no correspondencia de A con la verdad persigue una acusación razonable. El asunto es que una persona con reiteradas violaciones a estas máximas conversacionales y cuyas implicaturas nos impiden descubrir motivos racionales ulteriores sería alguien que padece trastornos psicológicos, alguien con quien cualquier intento de comunicación fallaría.

Dicho lo anterior, al igual que el diputado Pedro Carreño con lo único que contamos para detectar la supuesta insania de la fiscal Luisa Ortega Díaz son las declaraciones que ha realizado en los últimos dos meses. El 31 de marzo pasado, observemos, señaló que las sentencias 155 y 156, emitidas por el TSJ, rompían el hilo constitucional. Así pues, si su pronunciamiento se hubiese basado en consideraciones falsas o de locura, el TSJ no habría sacado rápidamente las sentencias 157 y 158 como corrección del entuerto anterior. Al menos desde este ángulo lingüístico, no se evidencia por ninguna parte que la fiscal sufra de locura, pero sí que, como en la novela de Kesey, los locos son los otros.

Apartando lo absurdo y falaz que estos argumentos se nos antojen, me temo que hay una dimensión real que nos obliga a mantenernos alerta, pues la locura como descalificativo de la disidencia no siempre se constriñe al plano retórico. Es conocido, por ejemplo, el caso de Mikhail Kosenko, un  activista ruso anti-Putin que en 2012 fue enviado a una clínica psiquiátrica luego de que lo detuvieran y diagnosticaran que representaba un peligro para la sociedad y para sí mismo (véase el minuto 29: 47 del siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=RpnbWKrrMQc, donde Carreño, sonrisa ladeada por demás,  insinúa  que la fiscal podría suicidarse). Lo cierto es que para los críticos de Putin el caso de Kosenko reactivaba el uso de la psiquiatría como instrumento contra la disidencia que operó durante la era soviética. Ser disidente se convirtió en la era comunista en el equivalente a tener una patología mental.

La focalización de la novela de Kesey desde la perspectiva del jefe nos impide contemplar lo que McMurphy ve tras la lobotomía, lo que al mismo tiempo no nos permite tener una clave sobre los propósitos de los totalitarios. Sin embargo, una distopía clásica nos puede ayudar respecto a esto. Me refiero al filme Brazil, de Terry Gilliam, cuyo héroe trágico, Sam (Jonathan Pryce), es rescatado justo antes de que lo torturen en una práctica médica. A pocos minutos del final,  vemos a Sam huyendo con su amada mientras el paisaje que recorre es animado con las notas del popular tema musical Brasil. Pero un repentino plano desde una óptica objetiva nos muestra que nunca escapó y que todo el mundo ideal solo se encuentra en su cabeza. No podría ser más clara la cacareada cura que pregonan los totalitarios.

Nota final: el 14 de junio, Nicolás Maduro anunció la creación del “Laboratorio de paz” (véase en el siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=RpnbWKrrMQc), lo que refrenda la instalación de la locura como un mecanismo descalificador y coercitivo de la disidencia contra su gestión.  Incapaz de dar respuestas a las demandas constitucionales que hace el país, Maduro enmarca las protestas como un asunto de enfermedad, cuyo aquejados, a saber, los manifestantes, serán curados en un laboratorio.  

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