[#22] Doce poemas de María Calcaño (Maracaibo, 1906 – 1956) ~

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María Calcaño (Maracaibo, 1906-1956). Desde muy joven se enfrenta a una vida difícil y a los 14 años se vio obligada a abandonar la escuela primaria para contraer matrimonio. Estudió de forma autodidacta. Publicó tres libros, Alas fatales (1935), Canciones que oyeron mis últimas muñecas (1956) y Entre la luna y los hombres (1961). En 1996 se publicaron sus Obras completas. Luego, en el año 2008, Monte Ávila Editores las reedita e incluye dos libros: Anotaciones (1940) y La hermética maravillada (1938). Su poesía, de tono erótico y confesional, estuvo olvidada e ignorada durante mucho tiempo. Murió de cáncer pulmonar en 1956. 

*

De Alas fatales (1935)

Cosmos

Una gran desnudez:
mi cuerpo
y la noche…

¡Pero sueño en el alba!

Alba:
abertura de sangre
y de alas.

Y el pájaro
dueño del bosque
con un trino…

¡La vida
es este montón de tierra fértil!

El hombre
y yo
somos la quimera.

Dios
en su grave verdad.

Y sobre nosotros
como una maldición
esta sombra monstruosa…

***

El sueño vivo

¡Hombre! ¿Qué me has hecho?
¿Qué me diste de beber en un beso
que tengo en el pecho
alegría y dolor?

Soñar y solar…;
pero estar despierta
y aturdida
de este hondo placer doloroso.

Y estoy de rodillas
con llanto
sobre las mejillas.
Salobre,
como un puerto nuevo
que golpea el mar!

***

Grito indomable

Cómo van a verme buena
si me truena
la vida en las venas.
¡Si toda canción
se me enreda como una llamarada!
y vengo sin Dios
y sin miedo…

¡Si tengo sangre insubordinada!
Y no puedo mostrarme
dócil como una criada,
mientras tenga
un recuerdo de horizonte,
un retazo de cielo
y una cresta de monte!

Ni tú, ni el cielo
ni nada
podrán con mi grito indomable.

***

Cuando me muera
Cuando me muera,
di, madrecita: ¿será en la tierra
del cementerio
donde me pudra?
¡Qué horror me diera

crecer en esos sepulcros tristes!

Bajo los árboles,
en la sombra que tú conoces
bien puedo, madre,
quedarme siempre…
Tú que eres santa,
tú que eres buena,
tú que eres todo para mi vida,
dame ese hueco donde repose
libre de verjas,
libre de cruces!

Cuando me muera
di, madrecita: ¿será en la tierra
del cementerio
donde me pudra?

***

De Canciones que oyeron mis últimas muñecas (1956)
1
Había olvidado las muñecas

por venirme con él.

De puntillas,
conteniendo el aliento
me alejé de mis niñas de trapo
por no despertarlas…

Ya me iba a colgar de su brazo,
a cantar y bailar
y a sentirme ceñida con él:
como si a la vida
le nacieran ensueños!

Yo no llevaba corona,
pero iban mis manos colmadas
de bejucos floridos de campo,
de alegría, de amor, de fragancias.

Muchas noches pasaron encima
de aquella honda pureza sagrada.
Todo el cielo volcado en nosotros!

Había olvidado las muñecas.
Ahora él se ha ido:
lo mismo.
Despacito, por no despertarme…

***
16
Hacíamos los dos
una sombra pequeña.
Pequeña y suave
de rama menuda,
de pájaro… 

Llevábamos la boca nueva,
las manos locas
como canción. 

Pero una amargura
fina como una lágrima,
se nos metió por la risa. 

Hacíamos los dos
una sombra pequeña…
Y el amor un día
nos hizo una seña torva.

***

De Entre la luna y los hombres (1961)

Poema para una joven judía
La lluvia ha abierto la ventana
frente al retrato de ella. 

Llueve distinto,
delante del silencio que le pasa por la cara.
Como frente a una casa
donde hubiera una niña
muerta entre espejos.
Como si con los pies desnudos ella viniera
y la castigara el polvo de muchos caminos… 

También la lluvia trae
la misma voz del agua.
Vejez del agua pintada en el recuerdo.
Tiempo de la ola.
¡Inmensidad del mar
a espaldas de la ola! 

¡Qué poca cosa es esta casa
cuando miro sus ojos! 

¡Ya no llueve!
Pero ella sigue viendo llover. 

¡Debió ser media noche
cuando partió a la lejanía!

 ***
Primer espanto de la niña con luna
Miro esto que brota dentro de mí,
y me arrodillo.
Y casi digo oraciones,
nombrando al padre muerto
con un gesto largo y extraño… 

Como de lejanos países
vienen sonando piedras.
Y arañas menudísimas
por los rumores de las uvas.
¡Y explosiones de minas!
También niños
adentro de mi corazón… 

Mi falda se arremolina,
se levanta como un barco,
haciendo señales
de alegría en la noche.
Mientras sigo llorando…,
alzando los brazos tanto,
que desaparecen los senos
en el viento. 

En mis hombros
tiembla la noche;
una horca
que moviera en el aire
dos lunas.
Me acerca un miedo extraño.
Y me siento mujer,
¡deliciosamente mujer!

***
Tercera vigilia
Ahora son otros días.
Y el amor serpenteando la orilla de mi falda. 

Si esto fuera después…
cuando la tierra ciña mis caderas sin brillo;
y dentro de la noche
yo sea otra noche. 

Hoy tengo angustia y pena linda. 

Mientras, cierro los ojos
y te pienso otra vez. 

Queriendo tus manos plácidas
y tu boca sin besos
he vuelto a ser tuya,
como otra mujer
sobre esta que tú conociste:
de placeres antiguos
y borrados en furiosas estrías… 

¡Cómo espero tus noches!
Ahora sueño:
cuentos y lagunas,
y focas persiguiendo la ternura del viento… 

Para saber que existo
quiéreme alguna noche.
Sin voces, sin estrellas,
pero juntos y hundidos
como tierra en la tierra… 

***
El otro rostro
Me ha besado.

Era la misma noche de antes.
El rumor de las hojas conocido.
Las manos iguales…
No distinguía el color de sus ojos;
pero brillaban
como todos los ojos
prendidos de deseos. 

El viento daba sobre el rostro,
y la noche era un pozo de ternura.
Como por alegres palmas protegidos,
nos hundimos en la tierra
con temor y con júbilo. 

Incliné la cabeza
y la escondí en su pecho.
Seguramente reímos juntos
cuando empezó a llover.
Cerré los ojos
y se me fue el mundo… 

¡Y no era él! 

***
De La hermética maravillada (1938)
Poesía inédita
Contigo grito libertad,
y tus caricias no me dejan ver.
Eres antorcha azul que me mueve,
desolada. 

Yo tan pequeña y tan tuya
¿podría sentir dolor sin ti? 

Eres esencia y regazo
donde se puede morir sin agonía. 

Tú eres Dios, amor.
Eres el descanso…
¡Oh silencio, tu respuesta llega al mar
y tú estás en la única puerta!
Si alguien nos oye:
saldré a soltarte las culebras. 

El universo de mi sangre se desploma.
Todos los sabores llenando el recinto,
a merced de un apasionado,
estremecido
impulso.

***
Busco la palabra sueño.
Tú la llevarás
en la sombra de tus niños ciegos,
errando contigo. 

¡Tus pies amados!
La lluvia sube de color,
mirando tus pies.
Contigo es suave la sombra… 

Si te nombro:
¡pequeño corazón,
daré placer
hasta ahogarte
en mi pequeño mundo!


*
Estos poemas fueron seleccionados del libro
Obra poética completa de María Calcaño
(Monte Ávila Editores, 2008)
ISBN 980-01-1485-8

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