«Exilio», un cuento de Tomás Eloy Martínez (Tucumán, 1934 – Buenos Aires, 2010) ~

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Tomás Eloy Martínez (Tucumán, 1934 – Buenos Aires, 2010). Escritor, periodista, guionista de cine y ensayista argentino. Se graduó como licenciado en Literatura Española y Latinoamericana en la Universidad Nacional de Tucumán. En 1970, obtuvo una Maestría en Literatura en la Universidad de París VII. Trabajó como crítico de cine para el diario La Nación entre 1957 y 1961 y fue jefe de redacción del semanario Primera Plana hasta 1969. Posteriormente fue director del semanario Panorama y dirigió el suplemento cultural del diario La Opinión hasta 1975, año en que tuvo que partir al exilio en Caracas, Venezuela. En Venezuela, continuó su labor periodística como editor. Fue fundador de El Diario de Caracas, del que fue director de redacción. Más adelante regresó a Buenos Aires donde continuó con su intensa vida profesional, sus colaboraciones iban desde formar parte de la Cooperativa de Periodistas Independientes que editaba la revista El Porteño hasta la creación del suplemento literario Primer Plano del diario Página/12 de Buenos Aires, que dirigió hasta agosto de 1995. También fue columnista permanente de La Nación de Buenos Aires, El País de Madrid yThe New York Times Syndicate.

«Exilio» forma parte del libro «Tinieblas para mirar», libro publicado de forma póstuma y compuesto por textos seleccionados por su hijo.

***

Una tarde, en plena calle, mi hermano Máximo perdió su lugar sin darse cuenta. Caminó desorientado por parques y estaciones de ferrocarril que jamás había visto, y ya entrada la noche pudo llegar a casa solo porque la buena suerte lo puso en ella. Al día siguiente, cuando estábamos en la escuela, le sucedió otra vez.

       Sus grandes ojos amarillos se nublaron. «No he hecho nada para perder mi lugar», nos dijo. «¿Por qué tengo que perderlo, entonces?». Lo ayudamos a buscar entre los bancos, en el patio y hasta en los huecos que la intemperie había cavado dentro de los árboles. Pero no encontramos nada y lo único que pudimos hacer fue quedarnos allí con él, para que se le olvidara la tristeza.

       Cuanto más pasaba el tiempo, más tardaba Máximo en llegar a su lugar. Nosotros, en cambio, nos instalábamos sin ningún esfuerzo: íbamos y nos dejábamos estar. Eso era todo. «Los lugares no tienen por qué ser como uno», solía enseñarnos Madre. «Uno tiene también que esforzarse y ser un poquito como ellos». A Máximo le entristecía que Madre hablara de ese modo, y lo único que atinaba a replicarle era un monótono: «Yo soy yo, qué otra cosa puedo ser si yo soy yo».

       Todos sufrimos a nuestro tiempo los malestares del crecimiento, pero no Máximo. Tuvo años de retardo, y cuando Madre, alarmadísima, ya estaba a punto de consultar con el médico, él creció tanto que pasó de largo. Su cuerpo empezó a dar la sensación de que estaba en otro lado. Se puso pálido, ceniciento, y cuando la luz de la tarde le caía encima, el cuerpo se quedaba mirándonos con sorpresa, como si no le gustara sentir que se volvía visible tan de repente. «Máximo no es de este mundo», decía nuestra abuela, que dormía con él en la misma cama. Pero Madre decía que la abuela tampoco era.

       Hubo un día en que Máximo ya no pudo parar. Allí donde todos dábamos las cosas por terminadas, él seguía haciéndolas, ya fuera porque estiraba y estiraba el fin, o porque cuando llegaba al fin no lo reconocía. Según el médico, tenía los movimientos enfermos de inercia. Pero no: eran movimientos completamente sanos de una inercia maravillosa.

       Cierta vez presentaron en el acuario de Tucumán a una manada de ballenas (o de algo que anunciaban como ballenas), y aunque no eran demasiadas, quizás dos o muchas menos, Máximo pasó un día entero contándolas y solo se detuvo cuando cerraron el acuario. A la mañana siguiente regresó para ponerles nombre, y en eso estuvo hasta que se le agotaron las palabras que conocía: Tótem, Cuerpo, Sepulcro / Vela, Botella, Mundo / Urna, Ojo, Sudario. A las ballenas debieron de pesarles tanto los nombres que cuando nuestra abuela nos llevó a visitar el acuario, ya todas parecían marchitas y apenas movían las alas.

       Perdíamos de vista a Máximo durante meses o tal vez semanas, y eso nunca nos inquietaba. Pero cuando algunas personas empezaron a desaparecer de Tucumán o a explotar en mil pedazos, preferimos olvidarlo por completo para no tener que sufrir.

       Algunas voces malignas nos llamaban a la madrugada por teléfono para insinuarnos que a Máximo estaban amasijándolo: «Asómense a las ventanas», nos ordenaban, «dentro de cinco minutos lo verán pasar colgado de las bolas a las patas de un helicóptero». O bien: «¿Oyen esto?». Y alguien soltaba un bramido terrible al otro lado de la línea. «Es Máximo. Estamos friéndolo en una parrilla». Solíamos correr al cuarto de Madre para contarle lo que ocurría, y ella nos aquietaba siempre con la misma frase: «Las personas razonables deben dudar de todas las cosas que oyen, y más cuando las cosas que oyen parecen razonables».

       Un día, Máximo nos anunció que iba a casarse. La novia era de otra parte y eso les había facilitado los encuentros. Tenía una cabellera larga que ensombrecía aún más su cara de ceniza y cualquiera fuese el tema que le tocáramos no conseguíamos arrancarle una sola palabra. Estaba allí, detenida en un solo lugar, en oposición constante a sus propios movimientos y dejando que Máximo lo hiciera todo por ella. La víspera del matrimonio, Madre la llevó aparte y le explicó que cuando nuestro hermano empezaba una cosa ya no podía parar. «O aprendes a sosegarlo o lo perderás pronto», dijo. La novia se ruborizó.

       Pasó tanto tiempo sin que tuviéramos noticias de ellos que a lo mejor —nos dijimos— las agorerías del teléfono se habían vuelto ciertas. «¿No habrán matado a Máximo?», le pregunté a Madre una tarde. «Vaya a saber», respondió ella. «A uno lo matan o lo desaparecen y nadie quiere decir nada. Al fin de cuentas, ¿eso no es igual que irse?».

       La abuela estaba muy enferma por aquellos meses y no se quería morir hasta que Máximo no viniera a calentarle la cama. Pero qué va, tardaba demasiado. La noche en que murió, la recién casada apareció por sorpresa para ofrecernos el pésame. Estábamos velando el cuerpo de la abuela en la capilla ardiente cuando un mayordomo de las pompas fúnebres nos avisó que la mujer estaba afuera, en un coche de plaza del que no podía bajar. 

       «Averigüe qué melindres son esos», dijo Madre. «Si quiere ver a la abuela, que venga. No esperará que salgamos con el ataúd a la calle». El mayordomo respondió que no eran melindres sino la gordura nunca vista de un embarazo.
Tal cual. Desde la esquina divisamos una barriga tan grande que la confundimos con la capota del coche. Madre no pudo reprimir una exclamación. La esposa bajó los ojos y se disculpó: «¡Este Máximo! Qué cosas tiene, ¿no?». Aun en las peores tormentas de la familia, Madre conservaba su presencia de ánimo y tenía siempre una frase de consuelo para los demás. «No culpes a Máximo», le dijo. «Una persona es a veces inverosímil. Los actos de esa persona, jamás».

       Al poco tiempo, la esposa parió unos gemelos esmirriados y cenicientos que lloraban hasta cuando estaban amamantándose. Atraída por esos nietos horribles, Madre la visitaba casi a diario. Pero se distanció cuando la mujer empezó a parir más gemelos, infatigablemente, aún después que Máximo, contratado por una compañía mercante, partió en un barco que daba una y otra vez la vuelta al mundo, sin anclar jamás en el mismo puerto.

       También nosotros nos casamos y nos fuimos dispersando. La luz de la tarde ya no caía del mismo modo sobre nuestras cabezas, y al anochecer las personas se veían pesadas, como si anduvieran vestidas con todos los recuerdos del día.

       Yo solía creer que Máximo se había marchado de Tucumán por liviandad, y que así deberíamos hacer los demás: marcharnos a cualquier lugar remoto cuando ya no cabíamos dentro de nuestro cuerpo. Pero yo estaba seguro de que si Máximo no volvía era porque, viajando en aquel barco, fatalmente pasaba de largo cuando llegaba a su lugar. Y era mejor así, que no volviera. A nuestro alrededor desaparecía mucha gente y las radios avisaban que seguirían desapareciendo todos aquellos que cometieran la misma locura de Máximo: situarse en el centro y caminar por los extremos.

       Un domingo, años después, la esposa de Máximo nos invitó a ver los huevos que nuestro hermano solía pintar en el altillo con témperas y acuarelas. Estaban dispuestos sobre los muros en pequeñas celdas, como un panal, y eran tantos que nadie había sabido contarlos. Con orgullo, la esposa nos mostró un huevo donde se veían los canales de Marte tal como los describían las últimas fotos de la nave Mariner, y otro huevo que anticipaba el curso de los huracanes de la próxima primavera. Vimos un ejemplar pequeño, como de golondrina, que reflejaba galaxias de planetas gemelos, y un enorme huevo de avestruz donde Máximo había juntado las medianoches de verano en el Polo Sur con las mangas de langostas en los mediodías del Mato Grosso. Contemplando al trasluz un huevo de gorrión en el que miles de gorriones aparecían empollando huevos pintados con miles de gorriones, Madre preguntó —como sin querer— cuándo se daba tiempo Máximo para hacer esas maravillas, ya que jamás lo veíamos. La esposa se dio cuenta de que Madre quería saber, en verdad, de dónde habían salido los últimos gemelos, y sin mirarla a los ojos le respondió: «Los hombres pasan por los lugares. Con Máximo no es así: son los lugares los que pasan por él. Cierta vez que fui a visitarlo no pude entrar, porque los canales de Marte estaban visitándolo en ese momento».

       Pero también la esposa se cansó de que Máximo la dejara tan sola y ordenó a los gemelos mayores que salieran a buscarlo. Les preparó ropa de invierno y les entregó una cesta de huevos pintados para los gastos de la travesía. Los gemelos temían no reconocer al padre, al que jamás habían visto, y tuvieron que llevar una fotografía. Al cabo de un tiempo mandaron una carta en la que en vez de una foto había tres. En una se veía a Máximo muy turbado, en un paisaje de glaciares y cabañas de madera. Los gemelos la habían descubierto sobre el pecho de una madre de la Plaza de Mayo, entre otras decenas de fotos que la gente dejaba allí prendidas antes de emigrar. En otra, Máximo, vestido con ropas de turco, aparecía rodeado de muchísimos hijos, todos gemelos, en un zoco de Trípoli. Estaba expuesta en el escaparate de un cuartel militar, para demostrar que quienes desaparecían o explotaban por los aires no llevaban tan mala vida ni, por consiguiente, debían de tener tan mala muerte. La última foto era la misma con que habían salido. Los gemelos la devolvían, un poco más amarillenta y manchada por la acuarela de los huevos, porque, al cabo de tantas búsquedas sin premio, ya habían olvidado quién era aquel hombre y qué ganarían si lo recordaban.

       La esposa envió a los segundos gemelos y luego a los más jóvenes, par tras par, cada uno con la correspondiente cesta de huevos y la fotografía que el correo iba devolviendo, invariablemente, más que borrosa y manchada. A Madre le dio tanta lástima todo aquello que, aun cuando ya estaba tan vieja que la mera decisión de moverse le atormentaba los huesos, resolvió visitar a la esposa para darle aliento. La encontró durmiendo en una enorme hamaca, a punto de parir los últimos gemelos, y tuvo que batirle palmas encima de las orejas para despertarla. «Ah, madama», sollozó la esposa. «Todavía no me acostumbro a vivir sin Máximo». Madre la recriminó: «En estos tiempos, mijita, las personas tienen la obligación de acostumbrarse a todo: a lo que pueden y a lo que no pueden».

       Muchos años después, cuando yo también empecé a tener las primeras ilusiones de morirme, uno de los pasquines que por entonces se leían en Tucumán contó el asombroso caso de unos gemelos que andaban preguntando por su padre en los arrabales de Calcuta y Melbourne, y que mostraban en Barranquilla y en Badajoz la fotografía de un hombre que había perdido las facciones entre colorinches de témpera y lunares de acuarelas. «No puede ser otro que Máximo», comentó Madre en su cama de agonía. «Un hombre que desaparece tanto, es mejor que se quede en el exilio».

       «Al revés», me atreví a replicarle. «Un hombre que se ha exiliado tanto es mejor que se quede desaparecido».

       Una tarde, los últimos gemelos llevaron a casa un papel de bordes festoneados que les había llegado desde un país cuyo nombre no supieron descifrar. Era lustroso, como una fotografía lavada muchas veces, pero no había en él sino unas vagas huellas que no querían decir nada. Exponiéndolo a la plena luz, creía reconocer en el papel un remoto dibujo de los canales de Marte, tal como los había visto la nave Mariner, y el reflejo de las medianoches en el Polo Sur y una manada de ballenas que navegaban con sus nombres a cuestas. Y más allá, en la oscuridad o en la blancura del papel, me pareció distinguir el brillo de los ojos de Máximo, aunque —como siempre— no pude saber si estaban de ida o de regreso.

*

«Exilio» forma parte del libro
«Tinieblas para mirar» (Alfaguara, 2014)
ISBN: 9788420418001

Un comentario en “«Exilio», un cuento de Tomás Eloy Martínez (Tucumán, 1934 – Buenos Aires, 2010) ~

  1. Estimada Oriette, no sé por qué, tal vez si lo se, éste cuento me ha llegado tan hondo. Siempre admiré a Tomás Eloy, y lo nombro así, porque siempre me pareció cercano. Por estos días, en Venezuela, he revivido las pesadillas de todos los relatos de atroces torturas y de desapariciones como las vivieron en Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay en los años 70. Este cuento, de exilio y desaparición, me hizo reafirmar la noche oscura que vivimos. Gracias por compartirlo. Gracias por tomarte el tiempo de seleccionar todo éste material. Yo lo agradezco infinitamente. Leer ha sido mi manera de sobrellevar tanto. Un abrazo.

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