La pregunta, por Emilio Quintero (Venezuela, 1982) ~

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Xuan loc Xuan

De los individuos que fueron a buscarme, solo uno estaba autorizado para hablar. Me dijo que el éxito de la iniciación dependía de mi respuesta a la Pregunta. Ellos la desconocían, dado que solo eran empleados del Templo. Todo parecía indicar que nada más quedaba un Iniciado: el que formulaba el acertijo. De ahí que lo conocieran como el Interrogador. El haber superado inenarrables pruebas de valor y sacrificio solo me garantizaba llegar hasta el umbral de la interrogante. De ahí en adelante, las posibilidades de perder eran las mismas que al principio.

La Hermandad era tan secreta como estricta. Ya hacía varias generaciones que ningún hombre había podido salir victorioso de la Cámara del Interrogatorio. Todos y cada uno de los candidatos anteriores corrieron con un destino peor que la muerte: fueron olvidados. Muchas leyendas circulaban en relación a la Pregunta. Se especulaba acerca de su naturaleza paradójica. Algunos exégetas sostenían la teoría de que constaba de un enunciado inconcebiblemente simple que demandaba una respuesta inconcebiblemente compleja. Tal vez era una adivinanza como la de la Esfinge. Quizás había claves diseminadas a lo largo y ancho de todo el Conocimiento, lo cual, de ser cierto, exigiría una memoria y una capacidad de relación muy por encima de las más altas expectativas de la mente humana. Y yo estaba ahí, a punto de averiguarlo. Nada tenía que perder. Todo lo que conocía o creía conocer había quedado atrás. La vigilia mortal, la suerte escrita en la arena y una cadena de incesantes déjà vu me habían conducido hasta ahí. Los rostros, los días y los sabores que ahora quedaban a mis espaldas comenzaban a desvanecerse.

El que estaba parado a mi derecha me cubrió el rostro con una especie de bolsa de suave tela negra. No sentí temor, sino cierta incomodidad de pensar que podía tropezarme al caminar. Me tomaron con firmeza de los brazos y me condujeron hasta el lugar donde se produciría el interrogatorio. El trayecto no fue demasiado largo. Los giros y azarosos escalones que iban apareciendo me daban la impresión de que era conducido en círculos para intentar desorientarme. Presentí que, al descubrir mi rostro, me encontraría en la misma habitación de la que me habían sacado. Cuando en efecto ocurrió, me sentí previsiblemente confundido. No podía afirmar que no fuese la misma habitación, ya que, si bien había frente a mí un altar con un pequeño reloj de arena que no había notado antes, algo en el aire del lugar me resultaba familiar. Se lo adjudiqué a uno de esos episodios de paramnesia a los que ya estaba empezando a acostumbrarme.

Los empleados se retiraron. Antes, el que estaba autorizado para hablar me dijo que a partir de ahí ya no tenían ningún tipo de responsabilidad. Quedaba a merced del Interrogador. Salieron cerrando tras de sí las pesadas puertas de madera. La habitación era oscura y tenía un eco muy profundo. Unos bulbos incandescentes de color ámbar pendían del techo y lograban iluminar con precariedad ciertas zonas, lo suficiente como para intuir el altar y los objetos ceremoniales, pero la mayor parte del espacio permanecía en la penumbra. Estuve parado ahí unos instantes, en silencio, esperando. Entonces, una figura con una especie de capucha o velo sobre el rostro surgió de la oscuridad, tras el altar. Me resultaba imposible entrever los detalles de sus facciones. Estuvo un rato en silencio. Sentí que me escrutaba con la mirada. Yo intentaba permanecer en calma y atento ante cualquier señal. Luego de una eternidad empezó a hablar, por fin, con una voz muy diferente a la que había imaginado

—Vengo de muy lejos. Estoy viejo y cansado. En mi momento pude responder a la Pregunta. La Hermandad, eterna, inabarcable y sabia, me encomendó entonces la tarea de formularla. No somos dignos de entender sus motivos. Solo nos corresponde ser humildes y acatar sus designios. Es preciso que comprendas que la cantidad de hombres que han fallado en este punto es equivalente a los granos de arena en este reloj— dijo, tomándolo con su mano derecha. Acto seguido, lo volteó y el tiempo que estaba diseñado para cronometrar empezó a correr.

—Si fallas, serás uno con el olvido. Piensa bien lo que vas a responder— me dijo, e hizo una breve pausa. Luego, continuó— Si pudieses desplazarte en el tiempo, ¿a dónde irías?

Me quedé en silencio. Pensé en los toros alados de Nínive y en las calzadas de Tenochtitlán. Imaginé a los caraqueños huyendo aterrados a Oriente para escapar de las sanguinarias huestes del asturiano Boves. Sentí un extraño regocijo de pensarme garabateando palabras en un papel, una madrugada de sabor metálico, sangre seca y barro en alguna trinchera de Verdun… Entonces, no sé qué hilo del mecanismo que controla el Universo se movió, pero de golpe olvidé todas mis imaginaciones. Y como si estuviese pronunciando las palabras secretas de un poderoso conjuro, respondí con una serenidad que no me pertenecía

—Vendría al presente para encontrarme y advertirme sobre el futuro.

En ese momento, la arena del reloj cesó de caer. El Interrogador permaneció en silencio. La sensación de que mi existencia anterior se desvanecía tras de mí se hizo más vívida que nunca. Estaba convencido de que, pasara lo que pasara, al menos mi conciencia quedaría absuelta. La calma con la que respondí ya no me abandonó. En mi alma estaba preparado para triunfar o disolverme con la arena. Y como si hubiese estado esperando la oportunidad desde siempre, el Interrogador, con sus manos, se descubrió el rostro con lentitud. Sentí que ese sencillo movimiento le tomó el mismo tiempo que a la tierra le ocupa el levantar una montaña. Cuando por fin vi su cara no lo dudé un instante: era la mía, con los inexorables pliegues de una vejez avanzada. Me dirigió una mirada, y dijo con una voz tan inesperada como propia, al tiempo que esbozaba una sonrisa solo imaginable en la paz de la muerte

—Has acertado.

~

Emilio Quintero (Caracas, 1982). Cursó estudios en la Universidad Central de Venezuela, en la mención cinematografía de la Escuela de Artes. Ha trabajado en el ámbito de la producción audiovisual, con experiencia en la escritura de guiones y la evaluación de contenido de proyectos para producción independiente.

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