Primer día de clases, por Naida Saavedra (Venezuela, 1979) ~

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Sara Soderholm

Llegaste sudando. Aunque a este semestre se le llamaba otoño, hacía un calor de madre. Muchacho, ¡en Florida uno suda todo el año!, decía Leti una y otra vez. Te bajaste del bus y caminaste tres cuadras como siempre. Estabas pensando en comprarte una bicicleta porque eso de caminar tanto no te daba nota. La verdad es que llegar a clase con las sisas sudadas no se ve muy profesional. Ahora eras profesor. Ya no eras un estudiante cualquiera. Leti siempre te decía que te pusieras doble franela pero no le hacías caso; decías que te daba más calor. En el fondo, estoy de acuerdo contigo. Entraste al edificio y sentiste el aire acondicionado inmediatamente. Te gustó tanto que te detuviste unos segundos y cerraste los ojos. Agarraste el ascensor para el tercer piso; todavía no se te pasaba el vaporón y no querías agitarte más subiendo las escaleras.

Llevabas la laptop, un flash drive y además te habías enviado a ti mismo el PowerPoint por email. Por si acaso, le repetiste a Leti, por si acaso. Abriste la puerta del salón doce minutos antes de que empezara la clase y entraste. Todavía no había nadie. La universidad era una algarabía el primer día del semestre. La gente andaba como loca, los freshmen estaban perdidos, y tú, tú estabas nervioso. Era la primera vez que ibas a dar una clase. Solo. El año anterior habías sido research assistant pero ahora te tocaba ser profesor. Recordaste los besos de Leti cuando estabas a punto de bajarte del bus. Habían quedado en verse para almorzar en el comedor del campus. Recordaste su sonrisa y su emoción.

Te dirigiste a la computadora del salón y moviste el mouse. La pantalla se encendió y pedía el usuario y la clave. Pusiste los que siempre usas y no pasó nada. Te desesperaste. Casi gritaste del terror. Comenzaste a sudar de nuevo y pensaste que quizás no era mala idea llevar doble franela. Volviste a meter los datos y como por arte de magia la computadora empezó a cargar. ¡Qué estrés! De una vez conectaste el flash drive y buscaste el PowerPoint. Abriste el YouTube para poner los tres videos que tenías preparados. Después de leer el syllabus, les hablarías a los muchachos sobre música. Querías preguntarles qué era la música. El problema, el pequeñísimo problema, era que tenías que dar una clase tipo lecture y que además era requisito para muchos estudiantes, por lo que se habían inscrito ciento cuarenta ocho. En ese momento te diste cuenta que doscientos noventa y seis ojos estarían mirándote en poco menos de diez minutos y casi te caíste. Las piernas te flaquearon. Escuchaste un ruido muy fuerte que venía de tus tripas y te quedaste paralizado. ¡Ahora no puedes cagarte, carajo!, te gritaste en silencio.

Empezaste a oír flip, flop, flip, flop, e inmediatamente comprendiste por qué a las chancletas les decían flip flops en inglés. ¡En Florida nadie usa medias!, se quejaba Leti siempre que veía a los estudiantes con los pies sucios. Te sonreíste y volviste en ti. Ya habían cargado los tres videos y todo estaba perfecto. También te acordaste de abrir el syllabus para proyectarlo y que todos lo pudieran ver. El departamento no estaba dispuesto a hacer fotocopias para tanta gente. Eso no te incomodaba. Realmente usar tanto papel es un desperdicio. Además, ahora todo el mundo usa el celular. De tu misma materia había ocho secciones. ¡Ocho! ¡Qué cantidad de estudiantes hay aquí, mi madre! No parabas de oír el chancleteo y cuando subiste la mirada viste la mitad del auditorio lleno.

Las clases grandes como esta se dan en salones tipo auditorio; en esos donde dan conciertos. Claro, si esto hubiera sido un concierto te habrías sentido como pez en el agua. Eso era lo que siempre habías hecho. Pero dar clase, enseñar, eso no. ¡Eso no! ¡¿Quién me mandó a meterme en esto, coño?! La assistanship, ¡la beca! Volviste a recordar la sonrisa de Leti. Y su emoción. La envidiaste por unos segundos pensando en el carácter de docente que a ella le salía por los poros. Good morning, professor, escuchaste y te quedaste inmóvil. Alguien te había dado los buenos días, pero no sabías quién. La ola de estudiantes no paraba de moverse. Faltaban dos minutos.

Habías pedido un micrófono para el salón pero no había ninguno. No eras cantante, eras músico, y hablar alto no era lo que precisamente hacías frecuentemente. Era la hora de comenzar la clase. Prendiste el proyector del salón y el syllabus apareció en la pantalla gigante. Captaste la atención de los estudiantes. El silencio llenó la habitación. Solo se oyó un clop; alguien acababa de explotar una bomba de chicle. Good morning, everybody, atinaste a decir y arrancaste. Sentías la lengua pesada y seca. Era como un bloque entre los dientes. El inglés te salía con un fuerte acento y decías las oraciones de forma accidentada. El sudor te caía por el torso y tratabas de no pegar los brazos al cuerpo para no hacer las manchas más grandes. El tiempo se pasó rápido y en media hora habías terminado de hablar de los objetivos de la clase, los trabajos, las tareas y los exámenes. Te habían hecho preguntas puntuales y las habías contestado bien. Cuando ya casi ibas a fomentar la conversación sobre el concepto de música, viste que un estudiante alzó la mano. It is hot in here. Can I open the windows? Le respondiste que por supuesto y esperaste unos segundos mientras el muchacho abría las ventanas. Ya relajado les dijiste que iban a ver un video y que luego les harías una pregunta. En el momento en que ibas a apretar el botón del mouse, se escuchó un oh, shit! Seguidamente se oyó un alarido. Te congelaste. No sabías qué hacer. No podías identificar de dónde había venido el grito. De repente viste a una muchacha pararse y gritar desesperada que una abeja la había picado. Mala suerte que aquí el otoño no era otoño y que las abejas se la pasaban por los jardines de la universidad. Subiste varios peldaños rápidamente y te acercaste a la estudiante. Estaba roja. I’m allergic to bees! Viste que sacaba una jeringa de su mochila. ¡Una jeringa! Iba a inyectarse allí, el primer día del semestre, en tu clase, ¡en tu primera clase! Call nine one one! Call nine one one!, te suplicó la muchacha. I. Can’t. Breathe.

Llegaron los paramédicos poco después de que los llamaste. La estudiante se había desvanecido en el segundo que ellos entraban por la puerta. Miraste al techo. Diste gracias. Diste gracias por haber tenido el celular a mano. Diste gracias por no haberte desmayado. Diste gracias por haberte acordado de la palabra bee cuando te respondieron en el nine one one. Tras sentir una palmada en el hombro y escuchar un You did a good job, los paramédicos se llevaron a la muchacha en camilla y cerraron la puerta del salón. Te volteaste a ver a la audiencia y te diste cuenta que el mismo estudiante que antes había abierto las ventanas ahora las cerraba. Te dio pena. Miraste el reloj. Faltaban cinco minutos para que acabara la clase. Guys, we are going to stop here. Les dijiste que este sería un semestre lleno de sorpresas.

Mientras veías a todas esas personas saliendo por la puerta del salón sentiste de nuevo el sudor. Las manchas ya no eran dos, eran una. Toda tu camisa estaba mojada. Apagaste el proyector, metiste todo en tu mochila y saliste de último. Llamaste a Leti. Le dijiste que mañana te pondrías doble franela.

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Naida Saavedra (Venezuela, 1979). Obtuvo con Vos no viste que no lloré por vos el premio Historias de Barrio Adentro 2009 de la editorial El Perro y la Rana. Su cuento “Vestier” ganó el premio Victoria Urbano de Narrativa 2010 de la Asociación Internacional de Literatura Femenina Hispánica. En 2013 fueron publicados Hábitat, Última inocencia y En esta tierra maldita y en 2015 su primer libro de cuentos, Vestier y otras miserias. Saavedra posee un Ph.D. en Literatura Latinoamericana de la Florida State University y su investigación se centra en la Latina/o Literature, centrándose en los temas del (des)arraigo y la posmodernidad. Reside en Estados Unidos, donde es investigadora y docente de la Worcester State University.

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