La sangre o la barba, por Andrea Abreu López (España, 1995) ~

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Stepha Lawson

En el momento de mi nacimiento, mi padre no estaba allí. Tal vez porque temía que la sangre que me trajo al mundo le saltase directo a la cara. Como cuando se aprieta demasiado el bote de kétchup y ya luego no hay remedio que sirva. O puede que porque tenía demasiada barba y no se hallaba presentable para recibirme, por lo que, mientras yo lloraba para avisar que estaba viva, él se estaba acicalando.

Para ser fiel al desarrollo de los acontecimientos, debo tener en cuenta ambas posibilidades. Desde hace años, en mi casa, conviven dos historias oficiales de lo que pasó el 10 de enero de 1995 en el Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria, en Santa Cruz de Tenerife. Sin embargo, hay un punto común entre ambos relatos: mientras mi cabecita se abría paso al espacio de este universo, como una semilla que revienta la tierra, mi padre estaba ausente.

Todo empezó cuando, a las 12 de la noche del 9 de enero de 1995, mi madre sintió unos dolores muy fuertes a causa de las contracciones. En ese momento, mi abuela, mi abuelo y mi padre decidieron pedir una ambulancia por si se me ocurría escurrirme por el orificio de entrada al mundo antes de llegar a la camilla del hospital que el destino me había reservado.

Mi madre fue sola en la ambulancia hasta el hospital, trayecto que dura alrededor de una hora. Al llegar allí, no nací directamente ni mucho menos. Se pasó toda la noche y la mañana del día siguiente, hasta las doce y media del mediodía, apretando manos, soportando dolores profundos como estacas en el costado y sudando a mares. Hasta aquí la historia coincide. Sin embargo, cuando entra en juego la figura de mi padre, se bifurca y, lo mismo que en Rayuela, según se tome uno u otro camino, la historia es distinta.

—¿Yo era guapa al nacer, mamá?
—Claro que eras guapa.
—No, no. Digo justo en el momento en el que nací.
—Bueno… ahora que lo dices, eras más bien morada, medio negra. Como una papita azucena.

Si hay algo que mi madre recuerda del día de mi nacimiento es la manita de la enfermera que la acompañó durante el parto. Ella escuchaba a las otras mujeres de las habitaciones contiguas gritando como enormes vacas que mugen en sus establos. Ella no gritaba, avanzaba por las horas en silencio, disimulando el sufrimiento. Sin decir gran cosa. Tal vez por no contribuir con más ruido al estruendo que supone la llegada de una vida, tal vez porque mi madre siempre tuvo miedo de molestar demasiado.

—¿Por qué papá no entró a la habitación?
—Porque dice que se caía redondo. Le daba mucho miedo la sangre.

Cuando yo nací me tomaron directamente para bañarme y hacerme todas las cosas que se le hacen a los bebés morados y redondos que acaban de salir de la barriga y mi madre se sumió en un plácido sueño. La imagino con los ricitos negros pegados a la frente y la bata blanca que te deja el culo al aire.

En el momento en que la nueva madre despertó del sueño, ya habían pasado varias horas y me devolvieron a sus brazos. 3 kilos con 200 gramos de masa rosada y sarpullida y una férula blanca en las caderas, que me daba el aspecto de una niña del siglo XXII. Todos coinciden en que era fea y daba miedo verme con ese aparatejo.

El 10 de enero de 1995, el expresidente de los EE.UU. Jimmy Carter y el rey Juan Carlos I obtenían el Premio de la Paz de la Unesco y mi padre tenía una barba de días y días.

—Recuerdo que mamá tenía una carita de dolor, la pobre. Yo le dejaba que me apretase la mano lo que quisiera —me explica mi padre.

18 años y una melena rubia. Su esqueleto era prominente. Tenía poca carne, mi padre. Mi padre era inexperto y sentía miedo.

—Como tú no venías al mundo, hacia las nueve de la mañana, abuela nos dijo que volviésemos a casa, que nos duchásemos y nos afeitásemos y, así, podríamos recibirte bien, porque ibas a tardar en nacer.

—Mamá dice que no estabas allí porque te daba miedo la sangre.
—Qué va, me estaba afeitando.

La vuelta a casa, al igual que la ida, duraba una hora. Mi padre regresó al hospital media hora después de que yo naciese y, cuando por fin tuvo la oportunidad de verme, me encontró con esa férula blanca que parecía sacada del equipo de trabajo de los cazafantasmas. La enfermera me acercó a sus manos, pero él comenzó a temblar con violencia.

—No puedo —dijo.

En el libro de familia, en la primera página, que corresponde al primer hijo, aparezco yo: Andrea Abreu López. «Hijo [sic] de Juan José y de Noelia. Nació el día 10 de enero de 1995. Santa Cruz de Tenerife Santa Cruz de Tenerife (sí, lo repite dos veces para que no haya duda). Registro Civil de Icod de los Vinos. Tomo 114. Página 467». ¿114? ¿467? ¿Encerrarán estas cifras algún inusitado evento del futuro? ¿Debería tenerlas en consideración para comprar la lotería del próximo año?

La enfermera me entregó a mi tía y mi padre se echó a llorar. Respiró profundo y decidió que había llegado su turno: me agarró con fuerza.

—Andrea, tú eras media feíta.
—Lo sé, pá. Mamá me dijo que era como morada.
—Sí, ya luego cuando fuiste más grande eras más bonita. Me dio miedo lo de la férula. Después, cuando te veía correr raro, más de mayor, me daba penita.
—Yo siempre he corrido raro, pá.
—Es verdad.

~

Andrea Abreu López nació en 1995 (Tenerife, España). Vive en Madrid, donde cursa un Máster en Periodismo Cultural y Nuevas Tendencias en la Universidad Rey Juan Carlos. Es periodista y fanzinera, escribe poesía y hace collages. Escribe para Liberoamérica y es coordinadora de la revista en Madrid. Sus textos han sido incluidos en varias revistas digitales y en papel. También en antologías como “Macaronesia” de La Galla Ciencia, “Los muchachos ebrios, antología de poesía jovencísima transoceánica” de La Tribu, “Muestra de poesía canaria” en Círculo de Poesía o “Perdone que no me calle. 62 autoras canarias denuncian la violencia contra las mujeres”. Es autora del fanzine “Primavera que sangra” (2017) y del libro, recientemente publicado, “Mujer sin párpados” (Versátiles Editorial, 2017).

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