Cinco poemas de Robert Abrahan (Venezuela, 1995)

Robert Abrahan (Venezuela, 1995). Estudió psicología en la UBV. Se instruyó en los talleres de poesía y narrativa en la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello. Participó en la antología poética “Nueva Poesía Erótica Venezolana”, antología poética “Poesía a la Carta” y en la 8ª edición de la Antología de Poesía Inédita Venezolana: fanzine de la Flia Caracas (2017). Ha participado en diversos recitales como: Festival de Poesía Internacional “Palabra en el Mundo” (2014, 2016), 11ª Feria Internacional del Libro de Venezuela (FILVEN 2015), 12vo Festival Mundial de Poesía Venezuela (2015). Obtuvo el 2do lugar en el II Concurso Physis para Jóvenes UCAB (2018). Sus textos han sido publicados en revistas digitales como: Digo Palabra TXT y Guayoyo en Letras. Participó en el Slam Nacional de México (2019) representando al Ciencia Slam del estado Cuernavaca, con el seudónimo L.S.D (lunes, sábado y domingo). Actualmente reside en el estado de Aguascalientes, México; y estudia la licenciatura en Artes Visuales.

~

 

Por estas calles…

Por estas calles
el amaranto nos ampara del mal augurio
y las cayenas nos reivindica los amores,
el Waraira Repano nos acurruca
ante los engendros de la cripta
mientras que el Río Guaire
sueña todas las noches
con el celeste cromático.

Por estas calles
las camioneticas se persignan rotulados como:
«Los problemas son pasajeros».
La economía informal
es una selfie de Washington con Bolívar,
las leyes de la física
es Newton en moto por la Francisco Fajardo.

Por estas calles
somos muy creyentes:
Apologías a Ismael o San Miguel Arcángel
a Krishna o tambor de San Benito.
Estas calles se despiertan con los redobles del timbal
y descansan con el sereno de Pacheco,
aquí la sonrisa ocular es guamazo con María
entre el gambeteo en los altares del sonido.

Estas calles
tienen algo de «A cuerpo cobarde»
trazos de Reverón y Contramaestre por doquier.
Por estas calles
andamos de camaleón
dispersando rencores para matricular,
andamos con el amor ahumado ante las atrocidades
para respirar folklore en vez de municiones.

Estas calles
hablan otro idioma;
aquí las palabras se desbordan de polisemia
y la RAE lo desconoce.
Por eso, que va a saber el Museo Met de New York
sobre el vanguardismo de nuestras santamarías
que va a saber Las Vegas de partidas de truco y domino.

Tal vez Lewis Carroll
no sabía que Alicia deambulaba por Caracas,
tal vez Alejandro Humboldt
no exploró el barrio,
o tal vez a Jesús
le faltó caminar sobre las aguas del Río Orinoco,
pero aun así convivimos todos panitas
por estas calles.

 

 

«Pero, hola vale…»
«¿A qué horas sales?»

por el pan
que se multiplica con los peces
y sacia lo Tchaikovsky de nuestras tripas,
por las caricias del sol matutino
y los arrullos de tus sueños.

¿Y si coincidimos en Tierra de Nadie?
para charlar sobre la Caracas de los Techos Rojos
o debatir sobre tus corrientes pedagógicas
y mis dudas epistemológicas.
¿Y si le sacamos dos?
para despojarnos de toda moralina
¿Y si nos echamos un guamazo?
para bendecirnos la superstición
hasta tatuarnos con los ojos
don’t worry, be happy“.

Te convido
a deambular por transversales y avenidas
de esta ciudad en contingencia romántica.
No temas cariño,
tírate un paso subversivo
y entrégate
al soul de un instrumento empedernido.
Llevaré un paraguas
para cubrirnos del aguacero balístico
de los periódicos amarillistas
y acurrucados como el beso de Klimt
seremos un manifiesto por leerse.

Vayamos
hasta los confines del Casco Histórico
donde se camufla la guarapita
y si preguntan es chicha.
Comamos conserva de coco
mientras averiguamos
lo errante de los gorriones,
entremos a una librería
para cuestionar el robo erudito;
luego jugaremos sobre el tablero peatonal:
Mueve este peón hasta el final mi reina
para coronarme y poner en hacker
la estrategia que nos oprime.

Regresemos en bici
fantaseando que es el Tour de Francia:
pedalea, pedalea
para romper el oleaje del viento
y trazar coloritmos en el camino.
Pasemos por Los Caobos
cuando el cielo se cubra de lechozas
nademos sobre la hojarasca
hasta llegar a La Previsora.

Esperemos la hora de las epifanías [4:20]
para pactar como niños
enamorados durante el recreo.
Ya estamos claros,
que no habrá alcabala
ante el kilometraje de nuestros corazones
pero antes de concedernos
entre la fermentación del sereno
antes de ser un destello apasional
antes de ser ecos en turbulencia…
Dime, muchachita strawberry
¿A qué hora sales?

 

 

Sagitario y Capricornio

El corazón tiene más cuartos que un hotel de putas.
Gabriel García Márquez

Se conocieron en lo esotérico de sus dicotomías
y en la terquedad de renegarse,
jugaron en la gramática de sus gestos
libando la mamajuana.
Sobre el cuestionamiento curdo
se presentaron en anonimato como:
“Sagitario y Capricornio”.

Accedieron al exilio del frenesí
para peregrinar en un mar de navajas
buscando tierras que ofrenden depurativos espirituales
y tallar en un árbol otoñal:
“Bajo los efectos trifásicos no precede el peligro”.

Se alojaron en las orillas del neón
y bailaron al son de lo que no sabían,
se observaron en los espejos de sus travesías
para impregnar en sus ojos apodos de cursíleria.
Los corazones andrajosos de Sagitario y Capricornio
se apuñalearon en el beso esporádico
bajo la noche entonada por Barry White.

Perduraron
como la caña clara de madrugada
sobre las azoteas de Parque Central
mientras entrelazaban sus dedos
y oscilaban en la palabra intima.

Sagitario y Capricornio fueron fruit punch y anís
destilando discursos que interpreten su mimetismo idílico.
No hubo traducción de la lengua
sobre sombras anatómicas,
les sobraron augurios
concebidos en el enigma del deseo,
hasta que pronunciaron sus nombres
ante el rasgo de sus horizontes.

Sagitario tejió en sus querencias
Love is real, real is love
desprendiendo la soberbia del poliamor.
Capricornio sabía que era una woman del callao
Guasipati tomorrow night
escondiendo en sus caderas
un altar con tambores a San Juan.

Despertaron herméticamente
entregados al temor de la memoria
de reconocerse sólo como
Sagitario y Capricornio.

 

 

Mi novia anís con jugo de naranja

Mi novia anís con jugo de naranja
desciende a la hora de las angustias
y amansa las alimañas,
levita por el ajetreo
despeinándome los escrúpulos
para que me reía de las introspecciones.
Mi novia anís con jugo de naranja
me salva de la vacuidad del discurso
y me sugiere ahondar en los estereotipos;
ella me habla de emancipación y reivindicaciones
pues, ha sido victimizada por su procedencia
y su jerga de escaleras del cerro.

Mi novia anís con jugo de naranja
ve las cuerdas del Metrocable como un violonchelo;
ella cree en el Nazareno de Ismael Rivera
y se identifica con «Imagine» de John Lennon,
ella teoriza en los matinée sin perder el tumbao
y habla con su organopónico en la platabanda.

Mi novia anís con jugo de naranja
vende barriletes en el metro:
su corazón acaramelado
recorre los vagones con la educación por delante,
recorre las camioneticas con su cuatro colmado de tonadas
y canta como si estuviera en el Festival de Woodstock.

Mi novia anís con jugo de naranja
sabe de paradigmas científicos como de bebidas
y de corrientes filosóficas como de labias del hombre,
sabe trucos de Houdini para escapar del choro
y de cómo cruzar la calle en el último segundo del semáforo.
Su olor a orquídeas y condimentos
la convierte en María Lionza
para espantarme el Leviatán que me carcome.

Mi novia anís con jugo de naranja
danza por las aceras con su tarareo
y se achanta en el crepúsculo pavimentado
para contarme la autopsia de una calle.
Mi novia anís con jugo de naranja
tiene una bondad tan amplia
que fue pintada por Botero,
sus noches caraqueñas
fueron pintadas por Picasso.

Esa chamita me perturba los arcanos
y me hace cuestionar el chanceo.
Ciertamente, ella es variopinta.
Algunos la llaman tuky, otros poeta;
ella no sabe que es mi novia
pero siempre me invita
anís con jugo de naranja.

 

 

Delirio de un motorizado

Sumergido en el mar del monóxido
surcados por barcos de caucho
donde el silencio es efímero,
desde la chamba contemplo la plaza de toros
al son del jazz desafinado,
desde esta esquina caliente
se oyen los semáforos llorar el multicolor irrespeto.
Habito debajo de los paraguas de concreto
cuando el aguacero irrumpe la jornada,
esquivo la rabia de vehículos y el matraqueo de quincena.

Me llaman por mensajero y no como Hermes
me llaman por mototaxista y no como piloto de ninfas.
Evito silbarles en plena pista
para no darme un leñazo; pese a que,
las he visto cruzando súbitamente el crujiente asfalto
tocando notas sobre el paso peatonal,
las he visto montarse en los buses Mercedes Benz del centro
macerando con sinfonía el afligir,
las he visto entrar al metro
cargando el sol de nuestras manos y el pan de nuestra frente.

Fue un viernes de aroma
mientras se hacía la vaca pa’ el despojo,
cuando en medio del cantar de pasos
apareció esa chamita vislumbrando;
paralizaba el mirar de transeúntes y dispersaba contaminaciones.
Tal belleza perfilada de rastro perenne floral
hacía del sudor agua manantial templada en las manos.
Cautivado, aturdido por el meneo de esa jevita,
expuesto estaba mi corazón
al paradigma de su síntesis y a la figura de su sombra.

Ella es una nota,
sus pies de ballet danzan sobre la utopía
y sus manos juegan con los demonios invisibles.
Ella saca un trozo de cielo de su cartera
y cubre su rostro con neblina de Galipán,
se pinta aves crepusculares
mientras sonríe más que un comercial de Colgate.

Yo, desde mi morada
boletamente asumí postura,
me llené de disposiciones
y tomé la decisión de acércame a ella soltándole mi lírica
– ¡Qué bandera es la cursilería! –
me dije a mí mismo;
los convives me recomendaban ponerle un casco a mis palabras
pero no hice caso y me fui con mil expectativas.
Llegué al borde de su umbral
y sin creer en nadie exclamé:

«Primero que nada
te doy las buenas tardes que me has robado,
Sé que te dirás si estoy loco
pero mi demencia es causal
de percibir el antídoto en tu atmósfera.
Mami, mi intención no es de vacilar
ni mis pensamientos de cuajar queso.
Desconozco tu nombre, pero seguramente
rima con todas las cosas inefables.

En esta instancia improvisada
me dirijo a ti mi amor libre de curdas y de Dionisio,
libre de fantasmas enrolados,
de champeta y salseo nocturno
(aunque me sea imprescindible)
Sé que te preguntaras quién soy,
yo te responderé que soy jinete de caballos de hierro,
no precisamente es un Pegaso, pero sí de marca Bera
con el que existo en la velocidad de la luz.

Y aunque tu prefieras la bici
yo pudiera quitarle el motor a mi caballo
para que no sea tan hierro.
En fin, pa’ hablarte cloro
sólo quiero decirte que desde hace rato
llevo el pensar de revolver para existir en el detonante,
ando de bala perdida sobre el techo de zing
de tu corazón enardecido.
Y aunque no somos nada
deja que me enamore solo por un instante
para decirte que nuestro amor son vainas infernales,
que el juego en el que andamos
es hermético, es caleta ante la multitud
por qué quiero desmoñar
el verde que te quiero burda.

Finjamos pasiones
hasta que el deseo nos vuele los tímpanos,
seamos un amor entre comillas
con un esporádico y vivieron felices por siempre.
Amar es un beta
odiar una excusa,
después nos daremos cuenta que el mejor sexo es verbal
porque el amor se hace al escribir.

Y aunque te impregnes de no decir nada
y tan solo pienses en repudiarme,
permíteme decirte que estaré aquí
esperando por estas calles;
esperándote en la noria de Bimbolandia
entre los carritos chocones que imitan el tráfico de Caracas,
esperándote en el andén desbordado de bululú
o en los torniquetes donde pasan dos al mismo tiempo.

Antes de pirarme
quiero decirte que me han acusado
de delincuente, de marginal, de infractor de canales,
de culpable de la posmodernidad, de toda vaina…
Por lo que acurro a la poesía
con mi pecho fosforescente
y mi sombrero de resina sintética
para escribir estos versos cargados de calle.
Vivo en el viento, dependo de cambios,
mi cerebro es un tubo de escape
que no ve la reminiscencia por retrovisores,
soy un péndulo en la carretera.

Me despido ante tus curvas que desconoce mi geometría,
ansiando volvernos a ver como extraños amantes de mentira.
Estaré dispuesto a llevarte a tu castillo de arena
en mi corcel metalizado donde podríamos tatuarle
un corazón atravesado por una flecha.
Eres y serás la que tal,
serás combustible para mi mecánica inepta.
Sin más paja que decir,
cuídate el dulce bebé,
hasta pronto».

~

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