Detrás de cámara, por Fernando Marin (Argentina, 1998)

Fernando Marin (Buenos Aires, 1998). Graduado de ingeniería. Actualmente estudia filosofía en la UNED y es parte del conjunto musical Bidet. Publicó poemas en las revistas Flor de Ave y Nefelismos. Participó en la antología de cuentos Encuentro en la distancia. Se encuentra trabajando en su primer libro.

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Detrás de cámara

El cuento trataría de una conversación, así como la nuestra ahora, marido y mujer en un bar, pero con la relación un poco más tensionada o deteriorada por el tiempo. La prosa transpiraría esa distancia entre ellos. Aunque conocemos la conversación solo por parte de la protagonista, como reflejo de su ensimismamiento, ocurren intercambios que desvían el hilo narrativo, por ciertos momentos, permitiendo al lector contextualizar la historia principal. Eso es lo que voy a intentar, por lo menos.

La historia principal sería esta: la mujer, yo, escritora, explicándole a su marido un cuento que tiene entre manos. Paralelamente, corren las vidas de dos seres humanos, tal como nosotros, lidiando con sus problemas conyugales. La protagonista va a estar basada en mí, obviamente moldeada a partir de lo que la historia requiera, y vos serías la figura ausente que se huele entre líneas. Ya me agarraron muchas ganas de escribirlo; lo siento en la punta de mi lengua.

No, no. ¿Cuál es la necesidad de bautizar siempre a los personajes? Si el noventa por ciento de las veces no es más que un arquetipo genérico. Un nombre no hace la historia más o menos verosímil. El lector es más inteligente que eso. Nombre y palabra son sinónimos; si les pongo nuestros nombres no lograría nada más que rebajarlo a anécdota.

Exacto. Igualmente, hay un aspecto muy self-indulgent en esta trama, me estoy dando cuenta, con el que voy a tener que lidiar. Porque la protagonista, para que el relato sea, justamente, verosímil, va a tener que hacer todas estas digresiones técnicas o, por lo menos, explicativas. Nunca te conté la idea de un cuento nuevo sin justificarme o darle vueltas en voz alta mientras lo hacía. Aparte, vos también me preguntás algunas cosas. Quizás lo solucione haciéndote completamente indiferente a lo que te estoy contando.

Sabés que no sé. Eso es lo único más o menos fundamental que todavía me queda por decidir. Puedo hacer que ella tampoco lo sepa. Lo que estuve pensando es que también podría tratar de ellos dos hablando en un bar, generando una especie de loop. Qué fetiche el de la literatura con el infinito, ¿no? En fin, que el cuento que ella está ideando sea el mismo que escribo podría ser interesante, pero la imagino agregándole más matices. Me gustaría que su conversación o la trama de su cuento tenga alguna dolorosa similitud con el bajón que ellos están pasando como pareja y que, a través de revelarle la idea del cuento, pretenda conseguir alguna reacción de su marido. Podría pensar que la está cagando, por ejemplo.

Gracias, amor, a mí también me gusta. Y cuando me gusta una idea no puedo leer hasta que la escribo, así que estaré trabajando mucho las próximas semanas. Pero lo más difícil ya está hecho. «El principio es más de la mitad de todo», Hesíodo. Por suerte, puedo figurarme menos pedante en el cuento.

¿Cómo? Ah, bueno, entonces quizás cuando vuelvas ya lo habré terminado. Pensé que te ibas menos tiempo. Está bien. ¿Vas solo? ¿Y te cae bien? Te voy a extrañar. No seas malo; voy a estar escribiendo esto, pero te puedo extrañar igual.

No te prometo nada, aunque, si exceptuamos esto último que te contaba, ya está muy claro en mi cabeza; es posible que lo tenga terminado cuando vuelvas. Voy a ponerme de objetivo poder leértelo esa noche, al menos un borrador, pero nunca se sabe. «Lo bello es difícil», Platón.

No lo dije por nada en especial. ¿No puedo tener ganas de leerle un cuento recién terminado a mi marido después de no verlo por quince días?

No le des tantas vueltas. No lo dije con ningún tono y me río porque esto es buen material para la historia, nada más. Sí, jodete, todo es material; no lo puedo evitar. Me estaba riendo porque se me ocurrió que esto puede ir en el cuento y no puedo evitar pensar de esta manera. Lo bueno es que podés quedarte tranquilo de que te estoy escuchando atentamente para no olvidarme ni una frase. Te estoy jodiendo. No estropeemos esta noche, mañana te vas. No me quiero quedar con un gusto amargo porque se me harían demasiado largos los quince días y quince días ya es bastante como para darnos ese lujo. ¿Tenés ganas de irte?

Ojalá, es una linda oportunidad. Mientras hablabas me di cuenta de que la ausencia de tu diálogo puede interpretarse como que no te estoy escuchando. Si yo te hago una pregunta como la de recién y al lector no se le da una respuesta, eso podría interpretarse como que a mí no me importa lo que estás diciendo.

¡Obvio que eso no es así! Te puedo repetir todo lo que dijiste. No necesito la escritura para eso. La puedo necesitar para todo lo demás, pero no la necesito para que me enseñe a quererte, principalmente, porque no puede hacerlo.

¿De verdad lo decís? Sé claro. ¿No querés que lo escriba? ¿Qué creés que puede pasar?

Si no voy a escribir nuestros nombres, ni busco llegar a ninguna conclusión definitiva de la relación, y, sobre todo: ¡si es sólo un cuento! ¿A qué le tenés miedo?

¿En serio creés que nos puede afectar que ficcionalice nuestra relación? Ni yo creo que la ficción sea tan poderosa. Aparte, te vas dos semanas, ¿cómo pensás evitarlo?

Me encantaría poder agregar esto al cuento, pero nunca lograría hacerlo creíble. Debería haber puesto a grabar esta conversación; ya tendría el cuento hecho.

Te juro que no entiendo. ¿Cómo creés que funciona esto de descubrir algo mediante un cuento? ¿Qué es lo que puedo descubrir? ¿Voy a estar corrigiendo el primer borrador y, en un golpe de inspiración, voy a decir «¡Eureka!, este tipo me está cagando?» Ahora ya sé con qué te puedo amenazar; cuando estés misterioso como ahora, te voy a decir que estoy planeando escribir un cuento sobre eso y ya está.

No me hago la graciosa. Te detallo la idea de un cuento que me interesa mucho y te ponés raro. No me seas un traba más, con todas las que ya tiene el simple acto de escribir. No tenés de qué preocuparte. Escribir es escapar, para mí por lo menos, y escapar es una de las tantas formas de lidiar con la realidad. Vos tenés tus salidas con amigos, yo tengo mis cuentos. Lo voy a escribir, Fernando; no es decisión tuya.

Yo también te quiero. De verdad, no sé qué te asusta tanto. Si yo te asusto, sos un boludo. Ahora quiero contarte lo que se me ocurrió y no sé si puedo. Se me empieza a mostrar la trama en su forma definitiva. ¿Puedo?… Ella va a querer descubrir algo que sospecha del marido, contándole su nuevo cuento que trata de eso mismo, insistiendo e insistiendo en que, en su cuento, el marido de la protagonista oculta algo. Es loco cómo, a cada segundo, siento a ella cada vez más real.

¿Te referís a si el marido confiesa? Eso lo dictará la prosa, supongo. Lo veré llegado el momento. Si confiesa, tendría que ver cómo revelarlo sin el diálogo. Yo debería reaccionar de alguna manera especial. Yo no, la protagonista, claro.

Detrás de Cámara en un cuento que da lugar al lector a completar su propia historia y lo invita a hacerlo no en tanto a su metaliterariedad evidente, sino a lo que la subyace. A pesar de la claridad con la que el cuento muestra sus trucos está el silencio del marido que genera el vértigo que quizás también sufren los protagonistas. Vallejo dijo “Hay golpes en la vida tan fuertes… ¡Yo no sé!” y en esos tres puntos se ha dicho que radica la poesía. El silencio es un recurso que nunca sobra.

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