Oxígeno, por Anamaría Aguirre Chourio (Venezuela, 1986)

Anamaría Aguirre Chourio (Mérida, Venezuela, 1986). Licenciada en Medios Audiovisuales con especialización en guión. Sus crónicas han sido publicada en medios digitales como Prodavinci, Cinco8. También ha publicado relatos de ficción en plataformas digitales como Brevelectric. Actualmente forma parte del Writing Staff de Atypical Pictures, productora audiovisual con sede en NY.

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Oxígeno

Una bocanada de oxígeno demostraba que todo estaba bien. Primero él y luego ella. Lucas y Estér. El sol de la mañana iluminaba todo excepto el fondo del mar.

Estér no era la primera opción de Lucas para ese día. En la vida, sí. Cada vez que la veía, sus ojos se iluminaban como los de un cachorro cuando come carne por primera vez. Siempre igual desde el primer día. Pero, para bucear, no era su primera opción. Estér era nerviosa y un tanto dependiente, necesitaba sentirse reafirmada con frecuencia, sentir que alguien estaba allí para ella siempre. Los resabios de tener un padre intermitente.

Lucas tampoco era el sujeto más seguro, ni en esa playa ni en esa lancha, pero, cuando lo necesitaba, sabía fingirlo muy bien. Lucas notaba a Estér un poco intranquila y, por el bien de ambos, le aseguró: —Todo está bajo control—. Tomó la mano de Estér al borde de la lancha y ella sonrió. Cuando Estér giró su cabeza pensando encontrar la mirada de Lucas, solo encontró su perfecta y definida oreja con el lóbulo adherido al cuerpo. Cuando lo conoció, ese detalle le recordó el término “gen recesivo” de biología de octavo grado y desde ese momento, ese término tan mundano se convirtió en un sinónimo de afecto.

Todo lo que veía Lucas era la inmensidad del azul en el horizonte. A pesar de tener un tono tan parecido, entre el mar y el cielo había una línea precisa y delgada que los separaba. Con un poco más de esfuerzo, hubiese podido definir si la línea era blanca o negra, pero no hubo tiempo: —¿Listos?—, preguntó el instructor de buceo.

Estér exhaló con fuerza al tiempo que se hacía un rollito en su cabello para esconderlo bajo el gorro de neopreno. Lucas miraba con fascinación el agua: era cristalina y se podían ver los corales y peces a pesar del movimiento del agua. El sol, cercano a su cénit no dejaba ya nada oculto en el piso del mar.

Primero entró Lucas y luego Estér. El miedo de Estér se disipó inmediatamente, como si el agua salada lo disolviera, despojándola por primera vez en mucho tiempo de la estática que erizaba su piel al sentirse sola en medio de cualquier situación. Lo mismo pasó con la seguridad de Lucas. Estér nadaba reconociendo la fauna marina que había visto tantas veces en la pantalla de su celular, ese cosmos que antes cabía en la palma de su mano, ahora la envolvía. Estaba fascinada y en paz, por primera vez sentía que el mundo estaba abierto para ella. Un mundo abierto con oxígeno limitado y artificial.

Lucas, que se había acostumbrado durante meses a sostener la mano de Estér en cada salto y cada caída, sintió la ansiedad invadir su cuerpo al no tenerla cerca, al verla libre y lejana. Esta vez, no temía por ella, temía por él al verse lejos de ella. Lucas comprendió en ese momento que sostener la mano de Estér era también un aliciente para él.

El instructor se acercó a Lucas haciendo un círculo con sus dedos índice y pulgar. Lucas pensó en responder que quería ascender pero prefirió repetir el gesto: todo estaba O.K. Luego, señaló a Estér y el instructor confirmó que ella también estaba O.K.

Estér, como una niña, jugaba con los peces que parecían seguirla a donde fuera. En esa felicidad que experimentaba por primera vez, el tiempo parecía infinito. Corales, peces, algas, azules, amarillos, rojos, porosidades, cavernas, burbujas, ojos, aletas, espinas, arena, agua… Desde allí, el sol no era más el círculo definido que se veía desde la superficie sino una mancha blancuzca y deforme, irradiante de luz y calor que resaltaba cada color y textura para la mirada de Estér. El instructor se acercó haciendo la señal de que era momento de ascender. En ese momento, para Estér, el tiempo se convirtió en un microsegundo.

En la lancha, de regreso a la orilla, Estér sonreía y miraba con cierta nostalgia el mar, su estómago le decía que tenía que volver allí nuevamente. Lucas, más tranquilo en el borde de la lancha se acercó a Estér para preguntarle si lo había disfrutado. Ella, distraída, le señaló su propia oreja, indicándole que por el ruido del motor no podía oírle. Lucas después del segundo intento, desistió.

Luego de comer e hidratarse, Lucas quiso tomar la mano de Estér pero ella lo evitó suavemente: – Voy a nadar un poco, ¿quieres venir?- dijo al tiempo que se levantaba de su silla. Lucas solo hizo un gesto, prefería esperar a que pasara su digestión. Las huellas de Estér quedaron en la arena mientras se sumergía nuevamente en el mar. Lucas miró el rastro de sus pies que poco a poco, gracias al viento, se confundía con otros surcos. Lucas sintió de nuevo la ansiedad y se fue al mar con ella.

Estér nadaba, plena y atlética sin dejarse revolcar por ninguna ola. A Lucas le parecía una mujer distinta; aunque era la misma, era otra. Suelta, libre y desenfadada. Este pensamiento lo agobió por unos segundos hasta que sintió una quemadura en una de sus piernas. Al oír los gritos de Lucas, Estér se acercó y lo ayudó a salir del agua. En la orilla, un par de personas se acercaron, asegurando que lo que le había pasado a Lucas era una picada de aguamala.

—¿Recuerdas esa vez cuando te pregunté: “qué harías si te pidiera que me hicieras pipí encima”?— dijo Lucas con una risa en medio de su dolor.

Estér se rió. Recordó perfectamente el momento de esa conversación telefónica: vivían en ciudades distintas y en una de sus habituales llamadas nocturnas, ella le dijo a Lucas que debía hacer pipí, que la esperara un momento. Él le dijo que no tenía problema en acompañarla por teléfono pues así se sentía como si en realidad estuvieran juntos en el mismo lugar.

Ambos se miraron, sonriendo a pesar de la gravedad de la situación.

—Aparentemente ha llegado el momento…— dijo Estér.

Lucas se hizo consciente nuevamente de su dolor y su cara se arrugó. Una de las personas allí dijo que orinar no servía de nada mientras que otra dijo que era el mejor remedio.

Estér y Lucas dieron unos pasos hasta una zona con palmeras que bordeaba la playa, allí Estér se quitó su traje de baño y a pesar de sentir mucha vergüenza, orinó sobre la pierna de Lucas.

—¿Mejor?— preguntó ella.

Lucas no sabía qué sentir o decir: la vio desnuda, vulnerable, sonriente y no sabía si el dolor de su pierna se había irradiado a su cuerpo o si algo más estaba sucediendo.

—Creo que un poco mejor— musitó.

—Voy a buscar agua para limpiarte, ya vuelvo.

Estér caminó hasta la sombrilla donde tenían sus cosas para buscar una botella de agua. A medida que Estér se alejaba de Lucas, el dolor en el cuerpo de él cambiaba, no era ya el dolor punzante del aguamala en su pierna sino una estática espicnosa en toda su piel, como si fuese un trozo de velcro que se separaba dolorosamente de su otra mitad.

Estér encontró la botella de agua pero se tomó unos segundos antes de volver a Lucas. No estaba segura de qué era pero algo en su interior se había abierto. No era una herida. Era esa sensación del mundo abierto pero, esta vez dentro de ella. Una perforación sin lugar preciso pero que contenía al mismo tiempo, todo el peso y toda la levedad del mundo. Sin oxígeno artificial ni limitado.

De regreso a la ciudad, Lucas y Estér viajaron sin hablar, acompañados solo por la música del carro que se reproducía aleatoriamente sin que ninguno de los dos se atreviera a tomar ninguna decisión sobre ella. Mientras tanto, en la orilla de la playa, el agua del mar borraba las huellas que hacía unos minutos habían dejado ambos.

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