Dispositivo de observación, por Jocelyn Zavala Alegría (Chile, 1984)

Jocelyn Zavala Alegría (Santiago de Chile, Chile, 1984). Profesora. Co-Fundadora de Editorial La Secta. Publicó Margen de error, una recopilación de textos breves que se movilizan entre la narrativa y la columna.

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Dispositivo de observación

*CATALEJO

  1. Anteojo portátil y extensible
  2. Instrumento óptico monocular para ver cerca aquello que se encuentra lejos

Fácil de confeccionar. Bastaba unir cilindros de papel higiénico con ayuda de cinta adhesiva y una lente. Destacaba en el inventario de juguetes como aparato sofisticado, porque sí, todo el mundo necesita un accesorio especializado, así sucedía con los periodista que cargaban una credencial que nadie leía, que podría decir cualquier cosa, Detective de juguetes perdidos, por ejemplo, quién la leería. La libertad de entrar y salir a los espacios estaba determinada por cargar con una grabadora y un micrófono, a veces una cámara. O como los doctores, quién dudaría de un hombre de bata blanca ingresando apurado a la sala de urgencias, acaso alguien le diría ¿es usted médico? Era el poder del dispositivo que les colgaba del cuello. Así era el catalejo, aunque artesanal, simulaba perfecto la superficie cromada.

 Permiso

Y la masa se abría para dejar mirar la ciudad desde las alturas. Permiso. Bastaba con señalar el objeto y lograban entender que allí había algo más que ojos.

Pase, por favor

Catalejo en mano, colarse en los espacios se hizo natural, primero, entrometiéndose en la vida secreta de insectos como las abejas y su deliciosa forma de organización. Nunca se vio a una de ellas quejarse de la mirada impertinente del apicultor, por eso pareció correcto ir un poco más allá e involucrar a otros en el juego de explorar texturas.

 Háceme cariñito aquí

Solo por el placer de la mirada telescópica. Curiosidad por contemplar en gigante la activación de los receptores cutáneos en esa danza graciosa de vellos chapoteando en sudor. No fue suficiente. Siempre se puede ir más allá si se cuenta con el artefacto adecuado. Se volvió habitual perderse en la rutina de los edificios cercanos.

Allá otra vez esa pareja peleando por cualquier cosa. Qué pena ese niño mirando del otro lado de la pared, se da cuenta de todo, acurrucado, solito.

Cada ventana era un mundo distinto a la colmena. Interesante. Tocó entender que la representación gráfica de la soledad no es la imagen de un hombre realizando una caminata espacial, sino algo más cotidiano que flotar en la negrura. Es el trayecto del humano resignado que avanza con los pantalones abajo, iba torpe de una habitación a otra porque no hubo quien le acercara papel de baño. No dio risa, sino pena. Por eso a veces es mejor desviar la vista, y mirar para arriba puede ser una forma de hacerse la tonta, también para elevar un poco las expectativas hacia donde todo debería ser hermoso. Eso requería de algo más moderno, con tornillos reales, piezas y focos, un sistema óptico más complejo que permitiría enfocar con facilidad lo que se encontraba a años luz.

Dispositivos para observar y observarse

Incluso una lámpara es pura nostalgia de luna y sol. Las tiendas de moda se esfuerzan por conseguir una réplica fiel de lo que arriba es gratis. Pero es distinto, no hay cómo imitarles. Allá cada cosa tiene un nombre, incluso las que son casi imperceptibles. Gracias a su mecanismo, el telescopio dejaba ver con claridad que eso parecido a una mancha era en realidad un puñado de estrellas, un camino mucho más extenso y expedito que la más ancha de las autopistas concesionadas. Bellísimo. Podrías pasar horas contemplando toda la geografía lunar, pero hay que tener cuidado, pues hay cosas que nadie desea ver con tanto detalle. Todo aparato de observación tensionará con la realidad del paisaje, de la misma forma en que desde una aeronave se intuyen los basurales y casuchas miserables que abundan a medida que se desciende de la cordillera.

Empezó a ocurrir con los espejos y las salas bien iluminadas, la panorámica general solía ser alentadora, pero el efecto de la luz fría terminó dejando al descubierto la carne en su inevitable deterioro. Luego la luna. Observar sus detalles puede convertirse en algo tan aterrador como someterse a ese test de manchas que hacen los psicólogos. En un principio será fácil dejarse cautivar por la suntuosidad de sus valles y cráteres, pero hay un extraño efecto visual no documentado en que de pronto el satélite terminará pareciéndose a la cara de un hombre muy viejo, similar a un pirata lleno de cicatrices. Entonces la noche nunca volverá a ser lo mismo porque el satélite no es más que otro hombre de mirada lasciva, siempre al acecho, siempre respirando agitado sobre ti.

Queda la esperanza de que con un dispositivo sofisticado se conoce con gran precisión hacia dónde dirigir la mira, observarle de vuelta, porque podría ser al revés y que desde sus miles de kilómetros eso que parece un hombre de rostro fisurado podría gritar a los otros cuerpos,

allá abajo, esa mujer llena de cordilleras, mares y grietas, no deja jamás de vigilarme.  

Piensa que de seguro se dispone a disparar. Imposible, pero termina siendo algo todavía más poderoso, una mujer a quien le basta una perspectiva monocular para localizar a todas los monstruos que se ocultan en el universo.

 

 

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