Sabbatical, por Verónica Albornoz (Venezuela, 1996)

Verónica Albornoz (Caracas, Venezuela, 1996). A sus 17 años, comenzó como asistente de producción en la estación radial La Mega 107.3, en Caracas. Un año después, ascendió a la producción y trabajó allí hasta mudarse a Buenos Aires para completar su licenciatura en Comunicación Audiovisual. Durante su residencia en Buenos Aires, estuvo bajo la dirección, producción y guionado de varios proyectos audiovisuales como La Rutina de los Parques (2018), Isabella Despujols, Artista plástico (2019), Quiebres Mentales (2020), El Don de la Ubicuidad (2020) y Ahogar el Nombre (2021), cortometraje seleccionado para la Beca del Fondo Nacional de las Artes, Argentina (2021). En el 2021, se publicó en digital e impreso su cuento Luces Nocturnas en la revista Ubicuo por la editorial Arraigo, ubicada en Madrid, España. También ha trabajado como creadora de marca y copywriter en Estados Unidos, como creativa para videoclips de artistas como Lasso, Kimberly Loaiza, Chayanne y Corina Smith, en la postproducción de la serie para Netflix, Rebelde (2022) y con el Chef Yisus para su show de cocina en VIX, en la CDMX, México.

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Sabbatical

Mis piernas están frías. Otra vez me quité el pantalón del pijama mientras dormía. Sin embargo, mi pecho está empapado, supongo que volví a tener pesadillas.

No sé si es por el alba y su brillo pero, para mí, despertar requiere el esfuerzo de un puje intenso y doloroso, como dar a luz y renacer al mismo tiempo. No soy madre, pero supongo que entiendo el dolor, suelo tener cólicos agudos y una menstruación que, por lo menos recientemente, tiene más de diez días atormentándome. No debí coger sin condón, pero pareciera que a esta edad a los tipos ya ni se les para. “Uy, es que si lo uso no siento nada”. Quizá no es la edad, quizá siempre ha sido así y yo no me enteré sino hasta hace poco. Abandoné las pastillas anticonceptivas cuando Julián me dejó. Treinta y ocho, digo, treinta y nueve años de mi vida y ahora es que vengo a tomar la pastilla del día después.

Termino de abrir los ojos. Ya está por acabarse el azul oscuro. Retiro la mirada de la ventana y observo la almohada vacía con manchas amarillas al pie de la cama. Cierro los ojos otra vez, cambio el movimiento de negación de mi cuello y finjo que me estoy estirando. No puedo perder tiempo lamentando la muerte del perro.

Pongo los pies en el piso, tengo medias, no estoy segura de si está frío. El siguiente paso es frustrado por un juguete del animal y compruebo con mis nalgas que el piso está helado.

Me arrastro hasta mi peinadora, abro la gaveta y saco mi cajita especial. Me queda poca yerba, vuelvo a ver hacia la ventana. Son tres horas para llegar al dispensario. Mejor ponerse manos a la obra. Me armo dos porros. Prendo uno mientras me visto, quemo otro suéter, ja.

Voy al baño. Otra pantaleta que ensucio. Pensé que la gloria de la independencia de comprar mi primera casa traería consigo el éxito del amor propio, en cambio, aquí estoy, dos semanas desangrándome, ya no uso la copa y hace siglos que no compro toallas sanitarias, ¿cuánto hace que no como? No importa, igual estoy gorda. Y esta diarrea que tengo solo me puede ayudar a no estar obesa, así que no, no iré al médico.

Me cepillo los dientes, sin apagar el porro. Luego tomo mi celular, el gas pimienta, los lentes de sol y la cartera. Palpo el bolsillo de mi jean buscando el cuchillo. Tengo dos mensajes de Sheila, la chica que me ayuda con la página web y, ahora, con lo de los rompecabezas, pero es domingo, creo, así que lo revisaré en unas horas, cuando vuelva.

El asfalto sigue fresco y húmedo. Sin montarme en el carro, abro Spotify. Creo que ya es hora de oír otra cosa. Tengo que dejar de escuchar El triste, en todas sus versiones posibles, desde una con Marc Anthony hasta otra buenísima de la Venegas. Esas fueron las dos últimas versiones que escuché en la ¿semana?

Me meto en la lista de reproducción que dice: Discover Weekly, y la dejo rodar. Sale una canción de Radiohead, ya no escuchaba esa banda pero, bueno, supongo que el algoritmo sabe. Me estoy congelando, no entiendo por qué no me metí en el carro antes.

Ya en la ruta noto que me estoy quedando sin gasolina, así que pongo la luz para cruzar a la derecha y meterme en una estación de servicio. Olvidé mi agua así que también compro una botella.

A punto de pagar noto que un tipo me está mirando. Yo he leído cómo terminan estas cosas en los cuentos de Carver, lo miro a los ojos con mi mejor cara de ano y me dispongo a pagar. Me voy apurada.

Ya con el tanque recargado, arranco pero enseguida freno para darle paso a, por supuesto, una familia. Por los globos y la sonrisa que lleva la señora es día de la madre. Quizá debería llamar a mi padre… Luego. Después de que pasan las dos hijas con un perro, avanzo, y me incorporo a la interestatal 25.

Nunca entendí la fascinación por estos dos seres, bebés y perros, es todo sumamente inconveniente, inclusive cuando los abortas es un estorbo para toda la vida, y esto sí lo digo desde la experiencia.

Tuve que pagarle a un entrenador para que le enseñara al perro a seguir órdenes. Ponerle un arnés, cual esclavo, a un ser al que también le tenía que recoger la mierda me parecía incoherente. Al animal le costó porque ya estaba medio viejo pero aprendió. Nuestro último año en Nueva York fue mucho más ameno, quizá se tenía que ir mi esposo, ex esposo, para que nos calmáramos los otros dos habitantes del departamento.

Más montañas nevadas pasan frente a mis ojos hostiles hasta que bajo la mirada, paso a la siguiente canción y advierto que, para mi descontento, es de los Beatles. Cuando alguien ponía esta banda, si podía, le pedía que por favor la escuchara con auriculares. Siempre me ha parecido tediosa la intensidad con los Beatles de parte de todos, en especial de mi madre y de Julián. Lo iba a cambiar, pero tuve que prestar atención a la ruta ya que estoy un 90% segura de que casi atropello a ¿algo?

Al fijar los dos ojos en la línea que divide el suelo gris del amarillo y azul celeste, empiezo a escuchar un solo de guitarra acústica, y una voz nostálgica, una voz melancólica, luego, empieza un cuarteto de cuerdas. Nada parecido a lo poco, debo admitir, que de verdad había escuchado de la banda antes.

Recuerdo que en el último viaje de la orquesta con mi madre, un día antes de su accidente, pusieron esta canción en el autobús y yo simplemente la ignoré, me puse los audífonos y a responder correos, mientras mamá y Julián cantaban.

Why she had to go, I don’t know, she wouldn’t say…

Se me erizan los vellos. Tiene que pasar, o sea, tengo esta menstruación eterna, la piel de gallina… Tiene que suceder.

Nada recorriendo mi mejilla, solo un rostro miserable en el espejo retrovisor. Detengo la canción, y estaciono al costado de la ruta, me prendo el segundo porro y marco el teléfono de Julián. Borré su número dizque para no escribirle, pero me lo sé de memoria. Redacto: hola, espero estés bien, te quería comentar que Angus murió hace unos días, y escuchando a los Beatles, me di cuenta de que no te había dicho. Luego, borro eso último de los Beatles y lo envío. No quiero mentir, sería ridículo fingir que no he pensado incesantemente en cómo decirle a él la noticia de que su perro murió.

Digo su perro porque fue idea de él, al segundo año de vivir juntos, tener un animal en un departamento chiquito en Harlem. Y luego, once años después, también fue idea de él dejarlo a mi cargo mientras él se iba de gira con la orquesta de mamá que, desde la parálisis, Julián dirigía.

En pleno viaje y sin volver a casa me pidió el divorcio. Como dicen aquí “I was served”. Hace apenas seis meses que estamos separados oficialmente pero no vivimos juntos desde hace dieciocho.

Nos vimos hace un año, él llegó a la casa nueva aquí en Santa Fe, medio de sorpresa, o sea, me preguntó un día mi dirección exacta y luego no respondió más, hasta que me preguntó si estaba ocupada y, ahí estaba, en la puerta, no pude evitar sonreírle, pero no lo iba a dejar pasar. El perro lo escuchó y con un vigor atolondrado, poco común en el animal, al menos para conmigo, salió corriendo al pecho de Julián que ya estaba agachado y listo para recibirlo. Le dije que si quería me podía acompañar a pasear a Angus, y aceptó.

Mientras él volteaba constantemente a verme la cara, yo solo podía contar las líneas de la vereda. Se disculpó por todo, breve y conciso sin mucho énfasis en la palabra perdón, pero lo hizo, para mi sorpresa. Yo no me disculpé por nada. Aunque lo del divorcio no fue solo culpa de él, lo sé. Después de que declararon que mamá no sería capaz de recuperar sus capacidades motoras, las pocas ganas que me quedaban de tener hijos se fueron con las habilidades de mi madre.

Le pregunté si se se llevaría a su perro pero me dijo que no podía. Hombre inmundo. Se fue a un hotel que le conseguí desde el celular, él pretendía quedarse con nostros y no, pues.

Horas más tarde, mientras miraba por la ventana, en medio del silencio solté un suspiro seguido de un “vamos perro”, no podía creer que esas palabras estuvieran saliendo de mi boca porque sabía lo que significaba. Nos montamos en la camioneta y fui al hotel donde dormía mi ex. Y me lo cogí. Angus, como siempre, estorbando en la punta de la cama.

No lo volví a ver después de eso. Y ya no hablamos, sé que está con otra mujer o niña, debería decir.

Espero que sea en serio para que finalmente él pueda obtener lo que siempre ha querido.

En verdad creo que después de ese encuentro no sé qué hubiera hecho de estar sola en la casa, cuando menos el perro estaba ahí.

Para la mudanza de la costa este a la casi oeste me ayudó Sheila y no recuerdo bien cómo fue. Sheila entró a trabajar en la página web dos meses antes de que me pidieran el divorcio, cuando me interesé por lo del cripto arte. Ya estaba exhausta de hacerlo todo yo y de aprender todo yo, así que la contraté. Ella fue la que me dijo que debería hacer algo con todos esos rompecabezas viejos que acumulo en la otra habitación. En Nueva York, durante la relación los tenía en un maletero, a Julián no le encantaba lo mucho que ocupaban. Cuando se fue agarré mis rompecabezas, los llevé y los puse en lo que era la oficina.

Uno de esos clásicos jueves de ácidos me puse a jugar con los rompecabezas y los mezclé. Aparentemente, lo que hice no lo odié. Sheila lo vio y me dijo que por qué no vender esto. Arte psicodélica e intervenciones, fueron las categorías en las que colgamos los cuadros en la página.

Yo ya había intentado vender en el sitio web otro tipo de arte que había hecho a lo largo de mi vida, es más, por eso lo empecé, aunque nunca me fue del todo bien y decidí solo administrar la página y las redes. Para mi asombro, estos rompecabezas se empezaron a vender como obras a precios que me permitieron moverme.

Quizá no era necesario irme al otro lado del país pero, en este punto, lo único rescatable de Nueva York, para mí, era no tener que moverme manejando e igual ya no se podía salir casi, yo no quería salir casi.

Mudarme significó seguir creando y esta vez en una casa con patio. Al perro creo que le gustó, a mí también. Era una casa en medio de la nada a las afueras de Santa Fe.

Le adjudiqué mi mudanza a las ganas de tener más espacio y por ende más inspiración para crear piezas nuevas, ya que, debo admitir pensé que mi creatividad era fruto de la continua ingesta de LSD, no obstante, la última vez que consumí, estuve tres días sin salir del apartamento de Harlem. No sé si le di de comer al perro en esos días pero sí sé que, cuando Sheila subió a mi piso, no la reconocí cuando la vi parada en el portal, así que la intente atacar con un cartón de huevos vacío. No le hice daño pero eso fue suficiente como para darme cuenta de que necesitaba salir corriendo de Manhattan para detener el consumo excesivo de drogas. Por ahora, solo marihuana.

Después de ese evento decidí que era hora de aprender defensa personal. No podía seguir defendiéndome a punta de cartones, pantuflas, reglas de plástico, macetas o lo que sea que se manifestara en medio de mi desastre, tenía que estar prevenida.

La ruta se hace repetitiva. Tomo agua constantemente, no he comido nada. Veo el letrero del negocio.

Finalmente.

Entro a la tienda saludando lacónicamente. El chico, ¿Camilo? Que normalmente me atiende pareciera estar asombrado de verme.

—¿Viene por comestibles?― me pregunta.

―Por eso y más, no quiero volver en otro mes ―respondo un tanto inquieta por la sorpresa del chico pero igual prosigo― O sea, dame todo lo que tengas nuevo, recargas, flores, gomitas.

―Entiendo, lo de siempre, solo que usted vino hace dos semanas apenas, así que no ha entrado casi nada— me comenta mientras trato de hacer memoria.

―Han sido días difíciles— contesto después de una pausa, con una sonrisa torcida, mientras veo cuáles porros ya armados llevarme.

Silencio hasta que la curiosidad le gana y me pregunta si todo está bien. Pensé en decirle que era personal pero le termino diciendo lo del perro. Nos quedamos unos segundos en silencio ambos mirando a la vitrina del mostrador.

―¿Sabe que la tienda es petfriendly, no?― me dice, en un esfuerzo torpe de ser empático y romper la tensión.

La verdad es que ya estaba enterada, pero creo que es suficiente la tortura de manejar tres horas hasta acá para agregarle a la ecuación un perro, igual, ya no importa. Digo todo eso y luego noto que esta es la primera vez que hablamos tanto. Quizá es por la marihuana o porque es un marihuanero de veintidós años, como mucho, y me enternece pero, por primera vez, siento complicidad con alguien en semanas. Escojo varios porros y comestibles.

Bajo la mirada porque me vibra el celular, le digo al niño que espere un momento, es una nota de voz de Julián. Solo tres segundos. Seguro está escribiendo algo más, tiene que estar escribiendo algo más. Voy a la caja ignorando el celular. Camilo comienza a cobrarme. Pero yo no me aguanto, tengo que escuchar la nota de voz. “Lo siento”, me dice.

Nada más.

Me quedo callada, ya no tengo más energías. Camilo lo nota así que me deja de hablar. Siento mis orejas calientes y las manos sudadas pero congeladas. Lanzo un suspiro que es casi un grito, haciendo que el niño se alarme. No dice nada y termina de cobrar.

Respirando hondo busco fuerzas para levantar la mano y prender la camioneta. Ya en la ruta miro varias veces una de las bolsas del dispensario hasta que finalmente estiro el brazo, tanteo dentro de la bolsa con la mano y consigo lo que, creo, es un brownie. Perfecto, el desayuno está servido. Después de comer, tomo varios sorbos de agua, hay que mantenerse hidratados, la salud ante todo.

Tengo la mirada puesta al frente, y me hallo con la sensación de que los vidrios se empañan, o que quizá el horizonte se desenfoca. Mis oídos se sienten como ahogados, no sé si estoy escuchando distorsionado, pero en este punto solo puedo distinguir a lo lejos mi voz mentando madres.

¿Cómo es posible que me haga esto otra vez? Yo nunca quise tener un animal o una responsabilidad de esta magnitud, y ahora soy yo la que tiene que lidiar con esto, sola. “Lo siento”, como si no fuera su pérdida también. Él era quien quería todo esto.

El celular vibra y me saca del espiral de aullidos. Julián me textea que si necesito dinero para la cremación o algo por el estilo. Exhalo y entiendo que es mejor dejar el celular en el puesto del copiloto, así que lo hago. No pasaron tres segundos sin que decidiera prender un porro de esos que ya vienen enrolados.

Lo prendo y, por inercia, le doy al botón de play del carro. Seguía puesta la canción de los Beatles. Vacilo en si hacerlo pero igual la repito. Voy a sacarle la cuarta o quinta pitada al porro, pero detengo la inhalación justo con el filtro entre mis labios, paralizada. Ahora es que estoy escuchando de verdad la letra.

Now I need a place to hide away…

 

Mi mamá era cellista y una hábil músico en general, era creativa e intuitiva y, eventualmente, pudo dirigir su propia orquesta. En sus últimos años estuvo reiteradas veces de gira. Después de graduarme trabajé con ellos como asistente en la producción. Mi exesposo era de los violinistas más jóvenes de la orquesta, y mi madre era su mentora. Yo aprendí a tocar el piano, pero no lo continué de manera profesional.

Suddenly, I’m not half the man I used to be, there’s a shadow hanging over me…

Con el blunt aún encendido repito la canción unas tres veces más, la letra es sencilla y ya me la empiezo a aprender. Es bella pero corta, apenas dos minutos y pico de duración.

Julián siempre me pedía que le diera una oportunidad a los Beatles. A veces decía cosas como “hazlo por tu mamá”. Eso solo me jodía, y obvio no les daba chance alguno.

¡La desfachatez de Julián! Asumiendo que todavía necesito algo de él. Como si no supiera dónde estoy y cómo me está yendo. O como si fuera una respuesta en automático de hace cinco años atrás, cuando ya la desidia empezó a asomarse en el matrimonio, en el departamento de Harlem. Cuando era él quien cargaba con los mayores gastos de la casa. Julián de mierda.

Vibra una vez más el celular, esta vez en un patrón de llamada. Respiro hondo, estoy segura de que es él. Tomo el celular, pero no, es Sheila. Se me hunde el pecho de decepción y contesto. Sheila se disculpa pero me dice que es urgente.

Resulta que ahora lo de los rompecabezas lo quieren exponer en Japón. Es una galería que está haciendo una exhibición de artistas contemporáneos hispanos. Esto lo consiguió seguro Sheila, quizá por lástima o remordimiento, aunque nunca me lo dirá, es imposible que alguien haya querido lo que yo hago sin un lobby previo. Creo que somos amigas, no le pago lo suficiente para todo lo que hace. O quizá solo quiere un aumento o redención, pese a que nada de lo que pasó fue su culpa.

Tengo ganas de llamar a Julián y restregárselo en la cara, burlarme de él. Que ahora que todo lo suyo es mucho más complicado de coordinar; mi página, mi arte, es la que está dando vueltas por el mundo. O, bueno, es una exhibición nada más, pero he vendido muchos cuadros y no solo dentro del país. Ush.

Aún me queda una hora de ruta, y ya no puedo seguir entrando en estas dinámicas. Tomo más agua y me concentro en omitir los rugidos de mi estómago y la alarmante ligereza de mi cabeza.

Cincuenta y tres arduos minutos después llego a casa. Me como la última tapa de pan que queda, con una crema de leche light que tenía abierta en la nevera desde hace unos cinco días pero, bueno, no olía terrible. Tomo más agua y agarro, de una pila de libros, uno para picar la marihuana sobre la tapa. Son como veinte copias del libro que mi padre publicó el año pasado. Es un libro de sexto grado de biología, pero igual era uno de sus últimos trabajos como profesor antes de retirarse. Así que compré varios de manera anónima. También debería llamarlo por eso, para felicitarlo, me refiero.

Voy al cuarto a cambiarme, me quito el sujetador deportivo y puedo jurar que vi mis tetas caer hasta mis rodillas cada una por su lado. Jamás pensé que llegaría a un momento de mi vida donde tuviera que considerar operarme. Mis tetas siempre fueron mi punto fuerte y ahora son solo un tejido fibroso y grasa, considerablemente afectados por la gravedad. Cierro los ojos, me pongo la camiseta y salgo de la habitación a la sala.

Prendo un porro y me derrito en el mueble, veo en dirección a la puerta de vidrio corrediza que da hacia el patio trasero. Un halo de luz me toca el ojo derecho. La sombra va empujando la dirección de la luz hasta que me pega del lado izquierdo de la cara. Tomo las tres envolturas de los blunts que me he fumado y como la inanición no es una opción, decido ir a la cocina, pero no hay nada. Hace como dos semanas que no cocino de verdad. Extraño mi comida pero por ahora no puedo hacer otra cosa sino ir al bar. Tomo el vaporizador de thc, mi cartera y me voy.

Llego al único sitio que tiene alcohol y comida, que no queda a más de media hora de distancia. Me acomodo lo más apartada posible, quiero ver el último capítulo de la segunda temporada de Gilmore Girls en mi celular.

Después de pedir mi segundo trago, comerme mi sándwich y sacarle unas cuantas caladas al vaporizador, se acaba la temporada y me quedo meditando al respecto. ¿Cómo es posible que Christopher haya abandonado de esa forma a Lorelai solo por enterarse de que la otra tipa esta había quedado embarazada? Me atormenta.

Salgo de mi ensimismamiento cuando noto que alguien me está mirando, tapo la parte superior de mi vaso con la mano y miro directo a los ojos del tipo. Es el mismo de la gasolinera, y justo ahora se me olvidó el gas pimienta. El tipo se empieza a acercar.

Debería huir, pero no he terminado mi trago, si me lo tomo como un shot no voy a poder manejar… Tampoco puedo dejar el trago, ya lo pagué, ¿corro? Muy tarde, ya está aquí. Pongo una mueca que mezcla sonrisa con cejas a la defensiva, el tipo va a hablar pero le interrumpo exclamando un ¿¡Qué quieres!? Como si pudiera entender español este gringo.

Resulta que sí, sí habla español, y con un acento asombrosamente dócil me pregunta:

—¿Tú eres Julia Marcano?― Marcano es el apellido de mi padre, se escucha raro, estoy tan acostumbrada a usar el de mi madre que no me reconozco en esa pregunta.

―Mmm…. No― ¿Miento?

―Ah, bueno, es que creo haberte visto esta mañana y se te cayó esto, ¿una licencia?― dice mientras se saca el documento de la billetera.

—Es una cédula― le corrijo, mientras la tomo con un poco de violencia.

—Exactly― dice.

Me vale y continúo en español.

—Y, ¿por qué no la dejaste en el sitio con la cajera?

―No sé, no tenías cara de que recordarías dónde la perdiste, sobre todo porque no es tu licencia americana. Tienes licencia americana, ¿no?

—¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Eres policía o qué? ―arrugando mi entreceja.

Se ríe y dice que es broma, yo sonrío, quito la mano de encima del vaso y tomo un sorbo, luego prosigo con mis preguntas, puesto que aún no decido si este tipo es un violador o qué. Más joven que yo es, eso seguro, solo espero que no mucho.

—¿Cómo sabías que estaría aquí?― le pregunto, en serio.

—No lo sabía.

—Y, entonces, ¿cómo es que me conseguiste?― continúo con el interrogatorio.

—Es el único bar en la zona…― comienza a responder.

—A menos de treinta minutos de distancia― decimos los dos al mismo tiempo.

Me quedo viendo la cédula. La verdad es que me alegro. Él tiene razón, no me hubiera dado cuenta de que la perdí sino hasta semanas después y ya para ese tiempo cualquier información relacionada con pagos o cuentas hubiera sido eliminada de mi cerebro.

— Bueno, gracias, ¿quieres esto de lo que estoy tomando?― le digo después de un último silencio de escrutinio.

—¿Qué es?

— Bornbon― digo mal pronunciado.

—¿Qué?

—Odio pronunciarlo, a estas alturas ya da pena.

—Come on, say it, Bour – bon― dice.

—Burbun― pronuncio mientras me río.

—Come on… Now you’re just joking― dice mientras se incorpora a mis carcajadas.

Termino mi trago y pronuncio, casi de manera aceptable, Bourbon.

—Okay, ahora sí estás lista para pedir una ronda para los dos― ¿Me ordena? Subo una ceja y él se ríe.

—Please― dice.

Entonces lo hago y le vuelvo a dar las gracias. Nos tomamos el trago, hablamos y luego con la mano siento el bolsillo del jean, al menos tengo el cuchillo, bien.

Vamos al estacionamiento y le digo que me siga a la casa. Cada uno se monta en su carro y arrancamos. Al estacionar en el garaje de mi hogar abro la guantera, veo mi S&W Bodyguard 380 y mi Sig Sauer P290. Opto por la primera, la guardo en mi otro bolsillo y me bajo del vehículo.

Lo miro de arriba abajo mientras él se baja de su carro. Parece inofensivo aunque, claro, yo mido apenas 1.56.

Lo hago pasar delante de mí.

Me pide el baño y le digo dónde está. A su regreso mantengo el arma cerca, uno nunca sabe. Solo se sienta y sigue tomando su whiskey. Yo, bajo la guardia y me fumo un porro.

Salimos al patio. Está frío pero él quiere fumar, yo no probaba tabaco como en dieciocho meses.

Enciende un cigarro y me lo pasa, luego se prende uno para él. Fumamos en silencio.

El azul claro con el amarillo-naranja le ilumina la cara al gringo, haciendo más evidente el humo que salía de su boca y sus ojos miel. Me acerco y le paso dos dedos por la clavícula, él me mira con recelo.

Me había intentado besar en algún punto de la madrugada, yo lo reboté y me reí, pero a él no pareció importarle y siguió hablando. Creo que disfruté y aborrecí su indiferencia a mi rechazo.

Le quito el cigarro de la boca con la mano disponible y me pongo de cuclillas para poder alcanzar sus labios.

Me acuesta en la tumbona y, sin dejar de mirarme los ojos, me quita los jeans. No puedo evitar reírme, es decir, tengo dos cigarros, uno en cada mano, estoy tiritando de frío y la verdad es que el jean me queda apretado. Por suerte él también se ríe. Por tres segundos pensé que eso me haría llorar, pero no, en apariencia ya nada me conmueve.

Deja de mirarme para dirigir su atención a mi vagina, con cero mantenimiento y mentruación, pero al gringo pareciera no molestarle su estado decadente cuando la ve, yo solo quiero sus labios tocando los míos.

Dios lo bendiga.

Terminamos muertos en la cama no sé cuantas horas después. Él me pregunta si se puede quedar, me quedo callada en parte por lo cansada, en parte porque no quiero que duerma aquí. No tengo energías para decirle que no, y no tengo otra cama, además creo que el mueble de la sala lo rompimos, o lo mojamos, o los dos, no sé. En menos de dos minutos me duermo. Jamás me había dormido tan rápido.

Cuando vuelvo a abrir los ojos él ya no está. Me desinflo. Bajo la mirada a la almohada con manchas amarillas, la cama del perro, cierro los ojos para tomar el impulso necesario y así incorporarme. Respiro. Y me dispongo a sacudir la cama.

Me tardo como siete minutos haciendo la maldita cama california king size porque, claro, tenía que llevarme el colchón de Nueva York a Nuevo México, porque en mi estupidez quise pelear por una colchoneta gigante, “yo lo compré, es mío”. Era de las pocas cosas del apartamento que habíamos adquirido con mi plata y él no se la iba a quedar, no.

Se nota que medité bastante sobre esto. Pensé que solo Sheila sería la que tendría que cargar con el enigma de movilizar esta cama, pero es que el transporte no es el unico problema. Esta cama gigante está diseñada para ser arreglada por más de una persona.

En medio del silencio, pego un salto de emoción al escuchar el celular.

Es Sheila, y le contesto con inusitada alegría, mientras tomo un porro de la mesa y lo prendo. Ella nota mi alegría y se ríe, no sé si de mí, pero me da igual. Me dice que ya nos dieron la fecha exacta de la inauguración, es en mes y medio. Me empieza a hablar de precios de boletos, de aquí a Los Ángeles y luego a Tokio, me ahogo con el humo. Sheila se escucha preocupada. Todo bien.

Al colgar veo que tengo un mensaje del gringo, y me emociono, una vez más.

La última vez que sentí esta misma sensación de euforia, fue con un niño que me gustaba mucho de la universidad, pero abandoné esos sentimientos ya que a los dos meses Julián me dijo que quería estar conmigo. Hoy en día estoy casi segura de que lo que quería era estar con mi madre, cuando no era paralítica, claro.

Acuerdo con el gringo para vernos el siguiente martes. Después de ese día yo seguí hundiéndome en un espiral, pero al menos este hueco requería cardio y facilitaba orgasmos.

Estaba por prender un porro pero Sheila me llama para recordarme que debería ir haciendo la maleta y, ¿pensar cómo me voy a vestir para el evento? Agotador.

Le cuento al gringo que está ahí al lado el terror que me causa ir a este viaje. Él se ofrece a ir conmigo como si eso no fuera ridículamente invasivo.

—What?― Pregunta.

Le digo lo precipitado que me parecía todo, nos conocemos desde hace un mes, él responde que estaríamos haciendo básicamente lo mismo que ya estamos haciendo aquí. Sí es cierto que desde aquel martes es como si se hubiera mudado a mi casa, ¿o yo a la suya?

No le contesto nada, él me sostiene la mirada hasta que se la aparto. Suspira exasperado, pero luego se vuelve a acostar en la cama y me dice que si quiero terminar de ver la serie esa que estábamos viendo. Yo le dije que la verdad me debería poner a hacer la maleta. El ignorándome me dispara:

—¿Sabes que el día que te conocí sí supuse que irías esa noche al bar? Te veías como alguien que iría al único bar del pueblo un domingo.

—¿¡Me mentiste!?― digo con una indignación un tanto descomedida. Él se ríe― En serio creo que te deberías ir, no me interesa estar con gente que me miente― prosigo.

—Come on! Really?

—Y decídete, me hablas en español o en inglés― digo, dándome cuenta enseguida de la estupidez de mi reclamo. Pero sin retractarme.

—And what does that have to do with anything!?― dice, lo más alterado que lo he visto jamás.

Supongo que mi silencio fue suficiente porque se levanta de la cama, esta vez sin hacer contacto visual. Se pone la camisa, busca sus pantalones debajo de la cama. Se incorpora y antes de ponérselos me dice que me estoy comportando de una manera infantil, yo me doy la vuelta para buscar el porro.

—You can’t even… I know it has been hard for you but… Agh, never mind.

Prendo el porro sin voltearme a verlo, no sé qué está esperando de mí pero suena a que se está poniendo los jeans de una vez por todas.

—Okay, fine. I’m out― dice seguido de un chirrido de hule. Es uno de los juguetes del perro.

En los milisegundos que tardo en voltearme, también escucho un suspiro ahogado, y en seguida un golpe fuerte contra la mesa de noche, siguiéndole otro contra el piso. Termino de girar y el gringo está inconsciente en el suelo. La aureola de sangre que bordea su cráneo transmite un aura de gélida calma, el porro se me consume entre los dedos mientras empiezo a sentir un frío intenso que comienza en mi coxis y, en contraste, el calor más agotador en mi estómago.

Hace como dos meses, la semana previa a mi cumpleaños, organicé un viaje a Filadelfia, solo quería ir a ver a Dorothea. El museo de arte de Filadelfia es mi museo favorito de este país, y ahí hay un cuadro que mi madre y yo amamos, se llama “cumpleaños”, un autorretrato de Tanning, con una especie de esfinge negra a su izquierda y a su derecha un sin fin de puertas abiertas. Su falda se convierte en raíces que quieren tocar el piso, aunque ahora lo que creo es que se quedaron pasmadas ahí.

No podía llevar al perro tantas horas en la camioneta y evito montarme en aviones, nunca he sido fan de ningún medio de transporte que no sean mis piernas. Sheila se ofreció a cuidarlo, yo se lo agradecí infinitamente, sé que irse seis días a Nuevo México teniendo una familia en Williamsburg no tiene sentido, pero ella insistió. Yo le agradecí y pagué, aunque ella insistía en que no me preocupara, creo que sí somos amigas después de todo.

A Julián nunca le gustó el cuadro, cuando lo llevé la primera vez me dijo: “ajá es una mujer con las tetas al aire y unas raíces le cuelgan”. No entiendo cómo alguien con esa sensibilidad musical puede carecer tanto de los otros sentidos. Nunca le dije que era el favorito de mamá también, seguro que si lo hacía cambiaría de opinión repentinamente.

Cuando estaba de regreso a casa, Sheila me llama para preguntarme cuánto me tardaría en llegar, ella tiene una hija pequeña, y me dijo algo relacionado con su salud o quizá era que tenía un recital, no sé. Le dije que llegaba como en tres o cuatro horas, ella dijo que entonces se iba en dos horas para poder alcanzar el último avión a La Guardia de ese día.

Faltando dos horas para llegar a Santa Fe, tuve que detener el vehículo, no sé si fue la nostalgia o las treinta horas en la ruta pero mis ojos ya no aguantaban más, fue como abrir la puerta de un sótano que estaba hasta el tope de betún negro, esa fue la última vez que lloré. Me acosté en el capó de la camioneta y solo tomé sorbos de una botellita de tequila que tenía mientras lloraba y me fumaba otro porro. Ningún policía me detuvo, pero igual dije que esa fue la razón por la cual llegué doce horas más tarde de lo acordado.

El perro había muerto de un infarto, la casa estaba demasiado fría y Sheila había dejado programada la calefacción de la sala para que estuviera prendida 4 horas más y ya.

No contesté el teléfono más nunca como en un mes o tres días, no sé. Sheila, lógicamente, llamó a la policía y vinieron a la casa, olía a putrefacción, aparentemente, yo la verdad ya no podía oler nada. Al principio la policía pensó que había cometido alguna especie de crimen, pero rápidamente se dieron cuenta de lo que estaba pasando.

Se llevaron el cuerpo de Angus, y yo me quedé acostada en el mueble o en la cama, hasta que me di cuenta de que me estaba quedando sin marihuana. Al día siguiente conocí al gringo y no tuve que pensar más en el perro por un rato, aunque sí me dije a mi misma que recogería y donaría todas las pertenencias del animal, pero entre tanto sexo no conseguí nunca el momento.

Estaba negada a llamar a la policía porque con lo del perro y, ahora, con lo del gringo, van a pensar que soy una psicópata. Sigo inmóvil frente al tipo y el charco de sangre que está por llegar a las puntas de mis pies, fumo del porro, suspiro, tomo el celular y marco 911.

No entiendo cómo es que los cadáveres me siguen persiguiendo.

No pude ir a la inauguración de mis tres piezas. Sheila fue en mi lugar y me excusó. No sé cómo logró quedar en buenos términos con la galería porque le pedí expresamente que evitara decir lo del gringo, ella prometió que no lo mencionaría, quién sabe si cumplió su promesa, pero le dupliqué el sueldo.

Me tardo como una hora en hacerlo pero logro cortar en dos el colchón california king size de mierda. Y lo tiro al lado de la basura, después vuelvo a la casa por la almohada del perro, salgo de vuelta, le doy un beso, y la tiro encima de lo que quedaba del colchón.

Recojo todos los juguetes, los que no se mancharon de sangre al menos, y me monto en la camioneta con ellos. Manejo hasta un refugio de animales para donarlos, junto con la casi inexistente comida que me sobraba.
Entro al refugio y sueltos por el espacio habían como cinco gatos. Entrego las cosas a la chica que trabaja ahí y nos sonreímos mutuamente, en ese momento me pasa un gato negro por la pierna, muy lindo, aunque con la cola rota, la muchacha me comenta que la maltrataron cuando nació, la rescataron moribunda, y que es raro que se acerque a humanos nuevos. Se me dibuja una mueca en la cara que claramente la mujer no sabe identificar si es buena o mala. Yo tampoco lo sé.

Me vibra el celular, es Julián. No recuerdo la última vez que no le contesté, creo que nunca. Pero esta vez, sin dudarlo tanto, le colgué.

Guardo el celular y esta vez le sonrío de verdad a la gata negra. Pregunto y la empleada me dice que tiene alrededor de dos meses y que su nombre es Yesterday.

Al escuchar lo último, por mis mejillas contraídas se desliza, finalmente, una lágrima.

2 thoughts on “Sabbatical, por Verónica Albornoz (Venezuela, 1996)

  1. Muy interesante y opresivo el ambiente recreado, en especial lo que le tomó a la protagonista de la historia, finalmente, admitir su dolor y expresarlo en lágrimas.

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