Cinco poemas de Ricardo Suárez (Venezuela, 2000)

Ricardo Suárez (Maturín, Venezuela, 2000). Desde 2018 vive en Buenos Aires, donde estudia Letras en la UCA. Estudia el taller de poesía con Eleonora Requena, y dos poemas suyos aparecieron en la revista UBICUO, editada por Lecturas de Arraigo en 2021. La revista Temporales (del MFA de Escritura Creativa en español de la NYU) le publicó cuatro poemas en su último número, en octubre de este año.
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El adiós, o de la entomología

allá con los insectos con forma de despedida,
allá donde se tranca la hora,
cuando el aire repta en mis fosas nasales
con el dolor de una pregunta
que no se termina de hacer,
con la cascada en alrededor
y cayendo en ella con lo que apenas,
con costras que brotan
antes que la herida,
y la tarde como fósil o fisura
en donde se espera lo que ya sucedió
pero nunca pasa,
dentro de un ayer
en el que estaré mañana

 

 

Frutos / abominaciones

a Eleonora Requena

«El filo de la obsesión es un rostro»

Rafael Cadenas

Las caras / cataratas sean simiente o paraván / qué alumbran o escrutan / si no se ven o no se tañe con parpadeo / o se encalla en qué penumbra y se finge todo hálito / ya se sabe la sombra / el pan no se niega / si se parte y para qué relumbra / si no lo traigo a la boca y solo nombro / nombro / nombro como dándole la mano a quién sabe qué / a cero cumbres de cualquier adiós / que no se compra / lo sabemos bajo tierra / un solo grito sin hundir oído / cundiendo lo callado cual cucharada o esclusa / pálpito como ala o viruta/ fibra tácita del desvelo / tronco de árbol que no se apaga / pero tan oscuro que puedo ver / aquel eco en la mañana / un pausado incendio / que pavimenta / con esclavos / piedras / palabras /
esclavos / piedras / palabras

 

 

Aqueles

ENTONCES bendecía la nada de mis parajes.
Cruzaba mi sinsabor con los hábitos de una llaga que me fue prometida.
Hendía clavos en los escombros para fijarlos en el momento exacto de su venirse abajo.
Un solo nervio tañía el eco de ninguna campana:
su prurito era una hora sin hora por la que pronunciarla.

Exhalaba lápidas con ínfulas de llaves,
rasguñaba la sombra que algún ancestro dejó tirada en la esquina de mi espalda.
Rumiaba el lívido grumo que cuajó de mi aliento.

Así hasta mirar con rabia por los candados y sus saludos cosidos a puro luto.

 

 

Fósiles

Con cuál vocal pisaba los terrenos del humo. De qué clamor me vestía para limosnear los rostros percudidos de los transeúntes, los botones con los que ceñían sus gargantas todas las mañanas, los colores con los que planchaban el peso del trasnocho en sus pupilas y todo aquello que me sirviera para calmar las pústulas que el oxígeno infiltraba en mi nombre, ciego de tantas ayunas.

Yo quería olvidar lo que todavía no había vivido, desandar por mis ojeras y comerme crudos los recuerdos, coagular el ayer en un solo átomo, darle un indulto al delito que me cometo.

No escudarme en más rencor. Erigir mis labios como dos columnas.
Que me fueras una astilla de sol en el mar, mirada.

 

 

Del alfeizar,
¿En qué momento se trasunta la herida
de lo que se nombra en la dádiva
de lo que no se dice?
me hallo en plena boca
como en la costra que se pudo remendar
del cóncavo atrás
que no circunda sino en la
cruz que no le calza
en el mandato que nos lleva la contraria
como un secreto que mejor se guarda
mientras más se esparce
hacia un firmamento sin noche
a la que estar fijado,
a través de un filamento de luz
descosido por las motas de polvo
que guinda en su duración,
color mediante, por paredes que sí dicen
pero no nombran
el espacio que escanden al ocultar,
la grieta que les falta como el único
lugar en el que habitan,
su concreto deterioro
en el lenguaje de señas de lo exacto,
en el mudo archivo de su materia bruta,
allí trastabilla en la afasia de lo que viéndose
tan claro no se ve,
allí opaca el esplendor lo contingente,
allí confisca las líneas de sus manos
para la vigente carencia
de lo que se apaga
con lo que solo es.

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