Sara Casado (Barcelona, 1995). Esteta compulsiva, editora de la revista Zéjel y promotora fiel de la difusión cultural, amante de la literatura y la fotografía, y sobre todo de la intermedialidad y fusión de los medios artísticos. Graduada en gestión y organización de eventos. En la actualidad, estudia Comunicación Audiovisual y Psicología en la Universidad Abierta de Cataluña (UOC). Ha organizado eventos de divulgación artística como Punto de Arte (2020) y dirigido las performances En la punta de los dedos (2022) y Signos de vida (2023). Además colabora, crea, edita y divulga el contenido en las redes sociales de la revista Aullido.
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Mi madre y yo nos hemos ido de vacaciones. Esto no es ninguna novedad, es algo que hacemos casi todos los años desde que murió mi padre, aunque creo que esta es la primera vez que nos observo desde un lugar distinto.
Han sido días amables, hemos disfrutado del mar desde la calma y la sombra, de conversaciones ligeras sobre banalidades en las que no reparas, pero sí requieren ser nombradas cuando convives. Esas son las que continúan nutriendo el vínculo.
De vez en cuando el exnovio de mi madre llamaba, un hombre al que detesto por tantos motivos que no merecen ser nombrados. Intenté no focalizar mis pensamientos en esos intervalos de tiempo, para que los días en los que mi madre y yo habíamos conseguido estar juntas y solas no fuesen días para el dolor. Sin embargo, todo lo que pesaba se abría paso desde mi centro hacia fuera, justo donde no quieres detenerte. Hay un instante preciso en la que por fin comprendes que una madre es una mujer dependiente.
Lo voy a escribir otra vez: mi madre es una mujer dependiente. Dependiente de amor, una mujer que pasó una infancia llena de soledad, con apenas resquicios de cariño y un gran anhelo de validación. Una madre, que no es más que una mujer con una autoestima minúscula con respecto a su imagen, que apenas ha logrado construir un recodo de amor propio basado en una familia desmembrada a la que ni se puede aferrar por las noches.
Mi madre, como tantas otras madres, jamás logró comprender su deseo. Y yo, consciente de su hambre, reconozco que he llegado a sentir vergüenza. Una vergüenza que no ha sido más que mi forma de negar la pena de saber que siendo suyo otro contexto, ella podría estar con cualquier otra persona. O mejor sola. O mejor con muchos. O mejor con alguien que jamás la hubiera hecho sentir indefensa o sumisa incluso menos digna de reclamar una vida mejor.
Me hubiera gustado cederle la oportunidad de nuestros tiempos, crueles, aunque también abiertos a la experimentación, a la posibilidad de no tener que resignarse a un hombre que al menos no es demasiado hostil. Es buena persona, tiene un trabajo y cuida a sus hijos dos veces al mes, dirías. ¿Qué más podría pedir una mujer de la edad de nuestras madres a los hombres de su generación? Si nosotras no queremos hijos, evitamos hablar del compromiso para no tener que justificar que aquel que duerme a nuestro lado tal vez sea otro disfuncional más que se levanta, busca un trabajo, finge saber de cuidados y comunicación y nos quiere bien, al menos, dos veces al mes.
Escribo mientras la miro dándose un baño, comer o prestarme con cariño una de sus prendas para que no me sienta insegura con mi cuerpo, porque hasta eso también he heredado. Pienso que solo puedo acompañarla, quererla y aceptar que ella ama desde lo que conoce y yo tristemente la amo desde un lugar al que ella con sus cincuenta y siete años, jamás podrá llegar.
