Nares Montero (Madrid, 1982) es poeta, agente cultural y artista visual. Ha escrito varias plaquettes y poemarios entre los que destacan Para enfrentar batallas que me alejen (Ruleta Rusa, 2015), Abejas en las lindes (accésit del IX Premio de Poesía Joven “Pablo García Baena”; La Bella Varsovia, 2017) y Venero (RIL Editores, 2023). En 2022 se le concede la Subvención Extraordinaria para el Fomento de la Movilidad de autores con la que reside dos meses en México trabajando con la artista visual Mercedes Bautista en el proyecto El Corazón de la Tribu. Ha aparecido en diversas antologías como Poetastros (LVR, 2011), Último ahora (Izana, 2013), Insumisas. Poesía crítica contemporánea de mujeres (Baile del Sol, 2019), El futuro (La bella Varsovia, 2020), o Rojo Dolor: Antología de mujeres poetas en torno al dolor (Renacimiento, 2021), Naturaleza poética. Antología de ecopoesía y poemas de naturaleza (La Imprenta, 2022), además de en diversas revistas literarias. Fue co-creadora y responsable del proyecto audiovisual La venganza de Maruja Mallo (Premio MAV Proyecto <35, 2018). Dirigió el ciclo de lecturas La Habitación de las Mujeres (2016-2019). Participa en exposiciones de collage tanto de manera individual como colectiva y realiza trabajos de ilustración de libros y otras publicaciones. Desde 2020 es presidenta y responsable de la Asociación Cultural Ediciones Deliciosas donde, entre otras cosas, coordina el Obrador de Poesía y Collage.
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Uno de los hilos conductores de tu libro Venero (RIL Editores, 2023) es la figura de la madre. ¿Qué se aprende sobre la maternidad a través de la escritura y, en especial, a través de la poesía?
—Nares Montero: La escritura permite una toma de conciencia. Traslada los significantes de sitio y posibilita una nueva forma de observar. En mi escritura aparece, como una constante, la relación maternofilial, no de manera premeditada sino inconsciente, intuitiva, como algo que tienes enganchado a la fibra emocional. Esas apariciones no buscadas me ofrecen la posibilidad de mirar aquello sin cuerpo como algo verdaderamente matérico. En lo personal supone un completar ciertas ideas o desterrar otras que tengo asociadas de manera automática y aprendida al concepto de lo materno o a ese concepto, no tan usado, que es la hijidad. Por que no todas las personas son madres, pero sin duda todas somos hijas.
La palabra «venero» apela a cuerpos de agua, a la fluidez y al origen de las cosas. También se refiere al acto de venerar desde el yo. Gastón Bachelard estudió mucho la relación entre el agua, los sueños y la poesía, llegando a hablar incluso de una «metapoética del agua». ¿Qué significa el agua para ti y por qué la elegiste como elemento representativo de tu libro?
—NM: Me encanta la aproximación de Bachelard al tema del agua. Yo conocí esa referencia después de haber compuesto el libro, sin embargo siento que hay muchas conexiones sorprendentes entre lo que él escribió y cómo se concibió Venero. Aunque probablemente mis razones, para titular así el poemario, son más prosaicas, ya que parten de mi propio nombre.
Todos tenemos una historia sobre nuestro nombre y a esa historia la acompaña la historia de los nombres que nunca nos pusieron. Desde que nací he contestado al diminutivo de mi nombre, Nares, ya fuera con la mirada o con la boca. Sin embargo, mi madre contaba que desde que se quedó embarazada, antes de cualquier posibilidad de ecografías, para ella yo era su María. Nací el día de Santa Clara y el nombre de la santa sobrevoló como una posibilidad en el cuarto de aquella clínica de maternidad, pero hay un misterio en que yo me llame como me llamo. Contaba mi madre que habían dejado en aquella habitación el papel de registro civil para que lo rellenara, y que fue uno de sus hermanos quien se dispuso a hacerlo. Le preguntó cuál sería mi nombre y ella contestó María, pero a él no le debió parecer suficiente y lo completó con el nombre de una de las vírgenes del pueblo, Hontanares. El misterio reside en que todos los hermanos de mi madre siguen vivos y ninguno recuerda ser el escriba de tal registro. Así que me quedé con ese Hontanares de nombre. Una palabra grave, que casi reverbera y significa “Lugar donde nacen fuentes y manantiales”.
Muchas de las apariciones Marianas suceden en manantiales de agua clara y su devoción se remonta a los cultos paganos. Esa relación entre el propio nombre, lo que significó en plena infancia que fuera tan poco habitual y tan sonoro. Ese habitar algo que percibes más grande que tú misma, esa agua siempre ligada a la emoción ha sido algo que me ha acompañado en el transcurso de la vida, así que no sé si lo elegí pero cuando me topé con esa preciosa palabra que es Venero, supe que debía ser el título del poemario.
En Venero, algo que me llama mucho la atención es que hablas del origen y del nacimiento a través de unos ojos que se conjugan tanto en presente como en pasado. ¿Qué aprendiste de tu infancia (y sobre cómo se mira a la infancia) al escribir este libro?
—NM: Lo que sigo aprendiendo es que la infancia no termina. Es un territorio que se clausura en lo social pero que sigue creciendo dentro. La infancia es el dominio del asombro y de las primeras veces, y aunque estamos convencidos de haberlo abandonado se hace presente en cada nuevo día, en cada nueva edad, en cada nueva experiencia y relación. Y con este libro aprendí a ver a la infancia como ese hilo de Ariadna, que siguiéndolo te ayuda a salir del laberinto. Volver a aquellos ojos, a aquella percepción como algo vivo, no perdido, robado o mutilado. Como algo que te pertenece y has de alimentar.
Hay un poema que empieza diciendo «no quiero decir nada/ que te duela debajo de las uñas» (36). ¿Se puede contener el dolor al escribir poesía o es todo acto poético un asunto aunado al dolor?
—NM: Supongo que se puede hacer, aunque no cualquiera ni en cualquier momento pueda hacerlo. En otra parte del poemario recojo una cita de Rosa Chacel que dice “El cuerpo humano en el dolor tiene su forma”. El dolor es un gran motor creativo para muchas de las personas que escriben. Al escribir sobre él podemos tratar de contenerlo generando una tensión necesaria y también es posible desbordarse. No sé si su uso es un acto poético per se, porque es uno de tantos temas y herramientas a nuestra disposición, pero estoy segura de que es un acto político. Tiene que ver con cómo está configurada nuestra existencia en la sociedad y en el planeta. El dolor es el gran terreno de lo incómodo, cómo se trata, desde dónde, con qué objetivo o cuál es su forma es importante en lo poético, pero también es importante en las relaciones y el entorno. En lo social es habitual eludirlo, limitar su expresión o incluso censurarlo, sin embargo considero que las manifestaciones expresivas del dolor aportan información muy valiosa acerca de cómo están las cosas a nuestro alrededor, desde el estado y las necesidades personales de nuestra gente más cercana hasta cómo está configurado y gestionado el sistema sanitario, cuáles son sus carencias y donde falla estrepitosamente a quienes están más vulnerables. La poesía otorga una especie de zona franca donde hablar del dolor, o desde el dolor, no es interpretado como queja, aunque también es cierto que a ese terreno no se acerca todo el mundo. Todos sentimos dolor y todos queremos protegernos de él.

En el 2016 obtuviste el accésit del IX Premio de Poesía Joven «Pablo García Baena» por tu libro Abejas en las lindes (La Bella Varsovia, 2017). ¿Qué significó para ti haber obtenido ese reconocimiento?
—NM: Supuso una mezcla de emociones que me llevó a una reflexión profunda que aún no ha concluido. Por un lado, el reconocimiento de la escritura por parte de pares supone un orgullo y, como mínimo, diluye en algo eso del síndrome de la impostora. En mi caso, además, lo otorgaba una de las editoriales de poesía con mejor catálogo y trayectoria, y con un jurado exclusivamente femenino de probada solvencia, como se suele decir.
En todo caso, al recibir un premio, casi siempre, aumenta el capital simbólico de quien lo gana. Esto también ocurre cuando en vez de autopublicarte comienza a editarte otra persona o editorial. En casi todos los campos culturales, artísticos y académicos se reproduce una estructura por niveles, en ocasiones poco diferenciados y difusos pero apreciables, en los que los premios son una herramienta más para obtener un nuevo estatus. La mayor parte de los premios otorgan prestigio y emolumentos. En ocasiones esas retribuciones pueden suponer el único ingreso por un trabajo de años, o un ingreso que jamás dan los derechos de autor por las ventas del libro.
En mi caso, la retribución no era dineraria, sino que consistía en la publicación del poemario. Y digo que para mí supuso una mezcla de emociones porque yo gané un accésit y eso me puso frente a una palabra con la que nunca había mantenido una conversación. Accésit. Según la Rae “recompensa inferior inmediata al premio”. Para alguien con el síndrome de la impostora y las inseguridades a flor de piel ese “inferior” puede resultar casi una condena, más aún en un sistema que reproduce los conceptos de individualidad y competencia tan ferozmente. Aunque ahora se hacen elocuentes alegatos para priorizar la salud mental y relativizar ese afán competitivo, no se usa esa elocuencia ni se invierte suficiente energía en cambiar el sistema en el que participamos, ni el cómo participamos en él.
Resumiendo, para mí el premio fue significativo en lo personal por lo que tuvo de validación y catarsis pero sobre todo me abrió la puerta a reflexionar sobre cómo se articula el mundo literario, la necesidad de desmitificar casi todo y plantearme cómo me posiciono a cada paso. No te voy a mentir, no lo tengo claro casi nunca.
Abejas en las lindes es un libro duro y voraz sobre el acto de crecer siendo mujer. «Para contener el sangrado/ conviene no subirse a los columpios» (31), dices en uno de tus poemas. ¿Qué descubriste sobre tu identidad a partir de la escritura de este libro?
—NM: Descubrí que uno no es lo que le ha pasado ni la narración que hace de sí mismo. Que es necesario soltar y des-identificarse del relato que creemos que nos vertebra irreversiblemente. Que no hay una sucesión de acontecimientos que puedan encapsular el devenir que somos. Que es bueno desaprenderse cada cierto tiempo para conocer a la criatura mudable (y vulnerable) que somos. Que la constante es el cambio, no la identidad. Que no soy ni el reflejo ni en lo que me reflejo. Y que hacen falta menos etiquetas y más aceptación.
También es un libro que reflexiona constantemente sobre el acto de recordar: «Esto es la nostalgia, dice: el abandono.» (30); «La memoria también se elige.» (39) ¿Por qué quisiste/quieres trabajar la permanencia de ciertos recuerdos a través de la poesía?
—NM: La nostalgia se entrega a lo que ya no es, es decir, desampara el presente, lo deja sin posibilidades. Freud ya decía que “la memoria no existe de manera simple, sino múltiple, registrada en diferentes variedades de signos” y en la actualidad la ciencia sabe que la memoria humana cambia cada vez que recordamos, porque los recuerdos se re-crean, se re-hacen. Volvemos a inscribir una huella donde ya hubo huella. No sé si he querido trabajar sobre la permanencia de los recuerdos, pero me atrae la idea de insistencia. La fijación. Siento mucha curiosidad sobre la necesidad de concretar la historia, individual y colectiva, como una sola línea marcada muchas veces. Negando cualquier posibilidad distinta a través de la afirmación repetida de una sola dirección de avance, un solo destino y verdad. Me parece una idea terriblemente tirana a la que estar sometido. A la vez y conectándolo con lo que decía antes, para soltar resulta necesario reconocer aquello a lo que te sientes unido. Nos vinculamos a nuestras vivencias y a nuestra creencias y articulamos relatos para contarnos la historia de lo que somos.
De qué relatos desprenderse, cuánto tardamos en hacerlo o cómo no identificarse con el exoesqueleto que nos sostuvo es para mí un misterio con un poder de atracción inmenso.
¿Cómo percibes la evolución de tu voz literaria?
—NM: Sinceramente, no la percibo demasiado. Quiero decir, trato de no pensar demasiado en eso. Confío en que lo que hago, los libros que leo, los textos que escribo pasan por una serie de filtros inconscientes que van conformando eso que es mi criterio. Pongo atención y cuidado en cómo escojo las palabras, en cómo construyo el sonido de las frases. Escribo en voz alta y repaso. Corrijo y vuelvo a empezar. Soy tan exigente y perfeccionista como cualquier impostora.
Sí siento que el cambio más grande que se ha producido en mi escritura se está dando de unos años a esta parte con material que aún está por publicar.
Abejas en las lindes y Venero proceden, en esencia, de una misma época y responden a necesidades y objetivos comunes. Empecé a escribir Venero antes que Abejas, cuando Venero tenía otro nombre. Venero tuvo varios nombres y diferentes estructuras. Y Abejas se coló en medio de esa escritura sin avisar, por lo que hay poemas de ambos que se hicieron a la vez y hablan de cosas que se tocan entre sí.
En cualquier caso, como decía, en este momento trato de no pensar mucho en la propia voz y sí en usarla, en generar espacios para que escribir sea una actividad que disfrute y en la que ejerza mi autonomía y libertad. Esa es la evolución que más me interesa ahora.
Desde 2014 llevas el proyecto Ediciones Deliciosas, una asociación cultural que busca difundir la obra de escritoras “del pasado y del presente”, como dice en su página web. ¿Cuál es el origen de este proyecto? ¿Qué te llevó a fundarlo?
—NM: Aquel año me invitaron a participar en una feria de edición independiente que se celebraba en La Latina, en Madrid. Era algo casual en un espacio al aire libre que, si no recuerdo mal, en ese momento era autogestionado. A mí se me ocurrió autopublicarme un par de plaquettes con unos poemas que había escrito y que no encajaban en ningún proyecto que tuviera abierto. Yo compartía casa en el Paseo de las Delicias y allí llevé a cabo aquellas primeras ediciones artesanales en las que cada ejemplar era único. La feria funcionó bien y me animé a proponer a algunas amigas que también escribían publicarles de la misma manera. Ese fue el disparadero de Ediciones Deliciosas. Al cabo de dos años llegué a la conclusión de que ese modelo era muy bonito pero del todo insostenible y, como tenía experiencia en la organización de eventos, hice un ciclo de recitales que llamé La habitación de las mujeres donde compartir poemas de mujeres desde el siglo X a la actualidad. Y eso me llevó a convertirlo en un ciclo regular en el que contaba con escritoras que venían a hablar de otras escritoras y referentes. Cada cierto tiempo el proyecto muta manteniendo ciertos elementos fundamentales como el arte, la literatura, el feminismo y la divulgación.
¿Cómo ves el panorama literario-poético actual en España?
—NM: Lo veo vivo, en movimiento, con iniciativas y entusiasmo, pero en general es precario, y no dispone de apoyo institucional ni económico fuera de los grandes grupos editoriales. Ni los autores, ni los editores, ni los promotores culturales independientes tienen un apoyo efectivo, y aunque no faltan iniciativas suelen ser insuficientes o están mal gestionadas. El panorama literario es una muestra de cómo se configura la sociedad y creo que vivimos momentos complicados que no se pueden ni se deben explicar con eslóganes ni soflamas. La comprensión lectora ha caído en picado en España y eso no hay élite cultural que lo solucione por sí sola. Sería bueno volver a tomar conciencia de lo colectivo, mirar a los lados para ver qué podemos hacer juntos más que para criticar si lo que escribe el otro es bueno, malo, regular o peor que lo mío.
¿Recuerdas cuándo quisiste dedicarte a la escritura y a la promoción cultural? ¿Cuáles fueron tus primeras referencias?
—NM: No recuerdo haberme querido dedicar a la escritura, sí quería ser artista y la escritura era una de las herramientas que una artista posee. Fui una niña muy soñadora y pasaba mucho tiempo sola por lo que me ensimismaba fácilmente en fantasías de posibles futuros creativos. Me soñé actuando, y esos fueron mis primeros estudios, pero también me soñé dando grandes conciertos y nunca he tenido ni el talento ni el entrenamiento para entonar dos notas seguidas. La vida me hizo dar muchos tumbos y aunque empecé a escribir en la adolescencia no fue hasta pasados los 25 que empecé a comprometerme más con la idea. Pero el camino hasta este momento ha sido muy progresivo, de escribir muy mal a ir haciéndolo cada vez con más cuidado y atención. Con suerte, todavía me queda mucho por desarrollar. Solo espero no cansarme demasiado pronto.
En cuanto a la promoción cultural, también nació de ahí. Cuando estudiaba arte dramático trabajé mucho en fiestas, premieres, estrenos, cabalgatas, animación, producción y organización de eventos de todo tipo, siempre he tenido energía y desparpajo para solucionar lo que surgiera o para aportar ideas. Organizar eventos culturales y ofrecer talleres fue un resultado natural de aquello.
En cuanto a referencias, recuerdo perfectamente el día en el que hice que mi madre me regalara El amor, las mujeres y la vida de Mario Benedetti. Ahora muchos de esos textos se me caen porque esa época pasó, pero fue mi libro favorito durante varios años. También recuerdo casi como si acabara de suceder la sensación que me dejó en el cuerpo leer Algún amor que no mate de Dulce Chacón. Luego llegaron más, y ahora me resulta dificilísimo elegir o hacer un mínimo podio de favoritas. En lo literario, como decía Benedetti, “tengo una soledad tan concurrida…”. Aunque me es imprescindible volver a mencionar a Rosa Chacel porque leer Memorias de Leticia Valle fue, y sigue siendo, una revolución para mí.
¿Qué consejo tienes para alguien que está empezando a escribir poesía?
—NM: Que siga, que no pare. Lee mucho y escribe. Si te agobias, atraviesa el agobio y sigue escribiendo. Y si te dicen, que te dizan. Pero sigue escribiendo. La única persona que tiene autoridad para permitirte qué hacer o escribir eres tú. Un camino se irá abriendo a base de seguir.
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