Star Gate (1979) de Edwin Morgan
Cuando el astronauta observa las estrellas, siente vértigo al saber que la altura del cielo es infinita, siente claustrofobia al darse cuenta de que nuestro planeta es pequeño, pero sobre todas las cosas, se siente solo. Se trata de una toma de conciencia: saber que pertenecemos, sin remedio, a la Tierra, y que dejarla atrás generaría en nosotros un desarraigo intolerable. Es lo que Eugenio Montejo denominó terredad. A diferencia de las identidades nacionales y étnicas, la terredad no se construye frente a un otro identificable (a pesar de que podamos soñar con invasiones extraterrestres o contactos inter-dimensionales), ni como un título de propiedad (la Tierra no nos pertenece, nosotros le pertenecemos a ella), sino como la consecuencia lógica de la vastedad y el vacío del universo. La terredad es una extraña nostalgia del presente, de lo real, frente a un hipotético futuro en el que la Tierra ya no estará, o en el que aun estando, no seremos nosotros sus habitantes. Eso es lo que se siente al imaginar a los humanos lejos de casa, flotando en el espacio, tal como los retrató Edwin Morgan, poeta escocés, en Star Gate, un poemario especulativo publicado en 1979.
Dice Morgan en Amaltea, una de las partes que componen su poema Las lunas de Júpiter: «Llevé un libro a Amaltea, / pero nunca pasé de la primera página. Pesaba como plomo.» La imagen de un astronauta leyendo en una luna de Júpiter es para mí insoportable; me hace querer regresar allí donde ya tengo los pies plantados. Por eso, pienso que Star Gate no es una épica de la exploración espacial, sino una elegía. Porque la conquista del cosmos es, en el fondo, la pérdida del hogar.
El periódico escocés The Herald llamó a Morgan «el bardo galáctico de Glasgow», destacando su perspicacia gramatical y sus juegos de palabras. Brian J. McAllister, hizo notar, además, como su sintaxis dislocada tiene como finalidad desorientar al lector, quien intenta construir en su imaginación un nuevo mundo.[1] El lenguaje es la herramienta de extrañamiento que utiliza la literatura de ciencia ficción. Desarmando ligeramente el lenguaje, la ciencia ficción le ofrece al lector un universo posible, hipotéticamente alejado del nuestro, y, sin embargo, anclado a la realidad. Por eso, Brian McHale, dice que la ciencia ficción es el «género ontológico por excelencia»,[2] pues el hecho de crear una realidad distinta a la nuestra, pero siempre posible, esconde una pregunta esencial: ¿qué es? ¿Qué es el tiempo? ¿Qué es la vida? ¿Qué es lo humano?
A veces, la ciencia ficción nos lleva a mundos muy distantes, otras veces, construye una realidad que es casi indistinguible de la nuestra. Pareciera (aunque aquí quizá estoy ventilando mi propia experiencia como lector) que mientras más cercano es el mundo imaginario, más ansiedad nos genera. Funciona, creo, como un reflejo especular ligeramente alterado. Por ejemplo, en los mundos imaginados por Ursula K. Le Guin en el Ciclo de Hainish, por Frank Herbert en Dune, o por Asimov en Fundación, el ser humano o su descendiente posthumano, ha construido nuevas civilizaciones, en las que la Tierra es apenas un recuerdo mítico. En esas obras, los autores presuponen un futuro consolidado y una adaptación ya alcanzada en otras galaxias. En cambio, los primeros estadios de la exploración espacial que imagina Morgan, en los que el ser humano todavía no ha encontrado un hogar, generan una angustia terrible. Son tiempos de errancia y tránsito, en los que el cuerpo no se adapta, y la imagen de la Tierra no ha envejecido todavía lo suficiente, al contrario, en sus propias palabras: «La Tierra es nuevamente el centro / y el lugar favorecido.»
El futuro de Morgan es, además, uno que se siente demasiado próximo, casi inevitable. ¿Y qué hay en ese futuro? Para Morgan, el camino de quien deja atrás la Tierra es uno de desolación: «El explorador planetario debe cargar con el dolor, grandes sacos / de sufrimiento, en lugares sin más consuelo que / el suyo propio y el que puedan traer los días y el viento.» El explorador se lanza al vacío, en su martirio heroico, aspirando que algún día, generaciones futuras tengan una nueva casa en otros mundos. Esto se hace aún más palpable en su poema Un hogar en el espacio: «una generación errante errando, y en la medida en que alguna vez – / alguna vez habría un hogar en el espacio – / el espacio que necesita tiempo y tiempo que necesita vida.»
Es posible que lleguemos alguna vez a un sistema solar ubicado en lo que hoy, convencionalmente, y desde nuestra mirada terrenal, llamamos Virgo; o a Lyra, cerca de la brillante estrella Vega. Pero allí, tan lejos, llevaremos con nosotros la herida de la separación. Quizá entonces recordaremos a Morgan, recordaremos el viento de Lanarkshire; recordaremos ese poemario que se tituló Star Gate. Allá afuera, a millones de kilómetros de distancia, nuestra amada Tierra, como un órgano fantasma, nos dolerá, aunque ya no esté.
_
[1] McAllister, Brian J. (2014). “You’ll remember Mercury”: The Avant-Garde Worlds of Edwin Morgan’s SF Poetry. Science Fiction Studies, Vol. 41, No. 1, pp. 1-25.
[2] Ibidem.

–
Luis Fraga Lo Curto (Caracas, 1989) es wikipedista, escritor y dibujante. Sus textos han sido publicados en Inventus. Antología de ciencia ficción (2022), Artificium. Antología de ciencia ficción latinoamericana (2024), y en las revistas Digo.palabra.txt, Sinestesia (Colombia) y Weird Review (Panamá).
