«Crisálida» de Trinie Dalton | Traducido por Isabella Gazzaneo y Pierre Silva

Crisálida de Trinie Dalton

Traducción de Isabella Gazzaneo y Pierre Silva

*

Cuatro amigas y yo nos quedamos despiertas viendo Pesadilla en la calle Elm hasta que en el cielo se pintaron los primeros rayos rosas. Nos pusimos nuestras sudaderas y, luego, nos dirigimos a cubrir con papel higiénico la iglesia al final de la calle. Me la pasé bien lanzando rollos sobre los árboles, pero la capilla era muy ancha como para alcanzarla con papel. Había planeado forrar la cruz gigante: la visualicé envuelta en cintas blancas y pastosas para cuando llegaran los fieles el domingo en la mañana. La imagen se me hizo hermosa. Era una proclamación festiva, como si la iglesia no fuera un lugar de muerte lenta que apesta a mierda y odia a los niños. Como no pudimos lanzar el papel higiénico lo suficientemente alto para envolver la cruz, nos tomamos fotos besándonos en el patio de la iglesia. Así vandalizamos los suelos sagrados con homosexualidad.

Nos preparamos para el ataque sacando a hurtadillas de la alacena botellas de Malibú y Bailey’s, robándonos un jarrón lleno de clavos del especiero (que nos fumamos liándolos en notas adhesivas), y maquillándonos como zorras para lucir en el camino. Se lo debo todo a Freddy Kruger.

Seis de nosotras estábamos recostadas en el suelo, mirando a una chica bajar las escaleras del piso de arriba en la casa de su amiga muerta, abriendo lentamente cada puerta en busca de pistas. Una parte de mí veía la película y otra estaba odiando a mi profesora de pre-álgebra. Tenía el pelo como un caniche y un culo enorme que desfiguraba sus pantalones de poliéster.

—¿Saben? —dije— Tener una profesora que no tenga el culo feo realmente mejoraría la clase de matemática. Las profesoras gordas deberían ser ilegales.

Todas me ignoraron.

—¿Por qué siempre hacen exactamente lo que yo no haría si Freddy estuviera en mi casa? —preguntó mi amiga.

—Ya sé, ni siquiera da miedo. Es tan estúpida que quieres que se muera —dijo otra chica.

—¿Eso significa que a ustedes sí les gusta la clase de matemática? —pregunté — ¿Les gusta ver el gigantesco culo de la Sra. Ferret?

—Deja de hablar de culos —murmuró alguien.

La sangre salpicó el lente de la cámara.

Para entonces, habíamos visto a Freddy matar a demasiadas personas. La luna brillaba y los arbustos se iluminaron mientras mirábamos por la ventana ideando un plan.

—Podríamos nadar desnudas —dijo una de las chicas mientras miraba la piscina oscura.

—Uy, claro que sí, veámonos desnudas las unas a las otras —alguien replicó con sorna.

—Qué lesbiana eres —dije.

—Bueno, entonces disfracémonos de lesbianas y colémonos a la iglesia —dijo alguien. Nadie se opuso, así que lo hicimos.

La primera vez que una pijamada salió mal fue cuando este skinhead, el novio de la hermana mayor de una amiga, me encerró en el baño y me ordenó desvestirme. Estaba enseñándome cómo picar y hacer rayas. Me puso contra las láminas de espejo del tapiz y, apretada como un sándwich, con su reflejo apareciendo en mi visión periférica, sentí como si hubiera alguien a mis espaldas. Su aliento apestaba como si hubiese bebido sudor.

—Vamos, déjame sentirlas —dijo, forcejeando con sus manos bajo mi camiseta.

—Son las tres de la mañana y tu novia está dormida en la otra habitación, ¿no te parece que esto es un poco raro? —le pregunté.

—A mi novia no le importa.

—Soy muy joven para ti —respondí. Yo tenía trece, él veinte.

Pensaba en mi saco de dormir con patrones de Snoopies y Belles (la perrita gemela y novia de Snoopy), y en cómo debía tenerme en su interior. Tuvo que haberme mantenido tibia en ese mismo instante. En lugar de eso, un tipo estaba empujándome contra un toallero.

—¡Auch! Me estás haciendo daño. Déjame ir —dije apretando los dientes.

—Quédate quieta —dijo. Pude sentir su erección en mi cadera.

—Suéltame o gritaré —dije finalmente.

Vagué de vuelta por el pasillo y gateé hacia mi saco, feliz de estar rodeada por mis amigas dormilonas. Admirando a Snoopy y a su dulce compañera, acaricié la tela de mi saco en la oscuridad.

En otra oportunidad, dos años después, fui a una pijamada patética en la que la madre se esforzó demasiado haciendo tazones de “cerebros” con spaghetti frío y “ojos” de uvas congeladas. Las fiestas temáticas habían pasado de moda y planear algo, especialmente si se suponía que debía dar miedo, era lo menos cool del planeta. Vimos Halloween y nos turnamos en la cocina para hacer pizzas sobre panecillos ingleses. Mientras estaba sola en mi turno, revolví con la cuchara la salsa de tomate e imaginé que eran tripas sangrientas. Se me ocurrió la idea de poner un panecillo en el porche, un aperitivo que atraería asesinos. La fiesta necesitaba un aventón.

Hice un panecillo extra, lo puse en una servilleta detrás de las macetas de petunias en el porche de mi amiga, y volví adentro a ver la película. En la pantalla, Michael Myers vagaba con rigidez por los patios traseros. Yo, de vez en cuando, miraba por la ventana para ver si algún hombre con mono mecánico estaba devorándose la pizza.

—¿Qué buscas? —preguntó mi amiga.

—Solo veo si hay alguien fuera —respondí.

—Tienes miedo —todas rieron.

—Solo estoy aburrida. Salgamos o algo así. Ya he visto esta película un millón de veces.

Nos vestimos y manejamos el auto de los padres de mi amiga hacia el Bosque Embrujado, una propiedad abandonada en el comienzo de unas laderas montañosas, al fondo de una calle sin salida. Puertas de hierro forjado protegían el mundo donde un millonario excéntrico había vivido durante la era victoriana. Había antigüedades: cimientos despedazados de la casa y ladrillos desperdigados en el suelo polvoriento. Aun así, era el sitio perfecto para una fiesta.

Aunque no estaba llena, la luna en el cielo brillaba lo suficiente para ayudarnos a encontrar la colina sobre la vieja casa. Teníamos sangría y un porro para fumarnos. Sentadas en las rocas, viendo el paisaje, nos relajamos pasando el rato hasta que dos siluetas negras, humanas, aparecieron en la ruta que recién habíamos andado. Dos tipos se pararon entonces frente a nosotras. Nos bloquearon el camino hacia abajo.

Intentaron sacarnos conversación: de dónde éramos, a qué escuela íbamos, qué nos gustaba beber. No iban a dejarnos en paz. Tenían la edad de nuestros padres; eran barbudos y hoscos como motociclistas. Cuando empezaron a ponerse raros, solo una de las chicas seguía hablándoles porque, probablemente, tenía miedo de callarse.

—¿Traen ropa interior puesta, chicas? —preguntó uno de los hombres.

Todas nos reímos nerviosas y, daaah, dijimos que sí, obvio.

El otro tipo estaba en silencio, pero era el que tenía la energía más maligna. Bajo la luz de la luna, su silueta era más oscura que la de su compinche; su sombra, también, más larga sobre el suelo.

—Si nos las muestran, las dejaremos volver a su fiesta —dijo en voz baja el tipo malévolo.

Le ofrecí mostrarle mi ropa interior, pero nada más que eso. «Ni siquiera puedes tocarla», le dije. Quería que se largaran y esta era la manera más rápida de lograrlo. Hicimos un trato y le mostré lo que escondía bajo mi falda larga: una pieza de ropa interior de satén rosado oscuro que tenía pequeños faralaes en el borde de sus costuras. También tenía pequeños lunares blancos que brillaban en la oscuridad. Recién los había comprado en el centro comercial unas semanas atrás. Se veían tan adorables en la tienda; pero, ahora, los lunares tenían una apariencia enfermiza, como si las bragas tuvieran sarampión.

Me quitó la ropa interior y frotó el dorso de su mano en ella. Todas estábamos sentadas en silencio, a la expectativa de qué haría a continuación. Escupió sobre ella un gran gargajo, no solo un escupitajo, y luego lo frotó por todos lados antes de devolvérmela.

—Póntela —dijo con firmeza.

Creyendo que no se daría cuenta, me las subí a medias, pero me dijo que levantara mi falda para estar seguro de que estuvieran bien arriba. Rozó su mano contra mi entrepierna para asegurarse de que el gargajo estaba tocándola. Y yo estaba furiosa, pero completamente tranquila. Podía, después de todo, tomar una ducha cuando volviera.

Al día siguiente, por teléfono, entre susurros detrás de puertas cerradas, hablamos sobre lo retorcidos que eran esos tipos; sobre lo desagradables, pervertidos y patéticos que podían ser los hombres; sobre qué tan desesperados han debido de estar. No se trataba de si yo estaba bien o no, el tipo no me había hecho daño. Me quedé pensando solamente en la viscosidad del escupitajo y traté de no imaginarlo:  marrón y amarillo oscuro, como los gargajos de los hombres cuando fuman. Visualicé mi ropa interior que tiré desde la ventana del auto a la carretera. Vi cómo, auto tras auto, le pasaban por encima. Pensé que, si alguna vez veía esas bragas en el estante de una tienda por departamento, correría directo al baño. Lo peor de todo es que imaginé al tipo solo en su casa, pensando en mi entrepierna y entreteniéndose en su sofá de fracasado.

No es que me asustara ver películas de horror después de eso, pero perdimos el hábito porque, en vez de quedarnos en casa con nuestras pijamas como unas cobardes, nos escapábamos siempre para emborracharnos. Los sacos de dormir son como capullos; las adolescentes son la pupa. Nos acostamos en sacos tibios esperando la metamorfosis para poder comprar sostenes con copas más grandes.

Siendo una adolescente mayor, recordé los días de pijamadas y deseé que hubiéramos hecho más de las cosas que vimos en las películas, como tener peleas de almohadas en lencería. Pero ni siquiera teníamos lencería. ¿Cuentan las bragas rosadas con lunares? No lo creo. No supe cuáles etapas me había perdido. Fuimos directo de ver películas sangrientas a aburrirnos de las películas sangrientas y, de ahí, a emborracharnos o drogarnos porque estábamos aburridas. Pero ahora que quería la inocencia de vuelta, no podía tenerla. Las peleas de almohadas eran falsas y estúpidas. Ver los anuarios estaba bien, pero no era la actividad para un viernes por la noche. Quería, sobre todo, pasar el rato con mis amigas, fumar hierba y no ser acosada.

Ahora, cuando veo The Slumber Party Massacre o The Last Slumber Party y observo a las chicas mascando chicle con sus tetas bamboleándose bajo sus tops, usando sus bragas más blancas y limpias, alucino al ver lo despreocupadas y alegres que parecen mientras sus vidas son interrumpidas por hombres que no pueden controlarse. Pienso en una crisálida invertida: como si fuesen niñas que solo salen de un estado paradisíaco para entrar a sus propios infiernos personales. No me gustaba que me atraparan, pero ahora valoro ver que suceda en la pantalla. Me siento cómodamente satisfecha sabiendo el destino de las chicas antes de tiempo, casi como si yo misma fuera el asesino. Sé que él quiere lo mismo que yo: ver a las chicas en sus mejores momentos.

*

Sobre la autora:

Trinie Dalton (Estados Unidos). Según su página web, sus libros «se mueven entre la impresión y la performance. Sus siete títulos de prosa incluyen: Destroy Bad Thoughts Not Your Own (The Pit); Baby Geisha (Two Dollar Radio); Wide Eyed (Akashic); y Sweet Tomb (Madras Press). A Unicorn Is Born (Abrams) es un libro para niños. Dos antologías curadas con exposiciones y eventos asociados incluyen: Dear New Girl or Whatever Your Name Is (McSweeney’s), una transformación realizada por 50 personas a partir de su archivo de notas confiscadas de la secundaria; y Mythtym (Picturebox), una antología artística/ficcional de 50 colaboradores basada en monstruos mitológicos y el horror. Sus proyectos multimedia, curatoriales y de publicación expandida poblan su estudio DIY, cuasi-diseño, llamado Language Barrier. Trinie vive en las estribaciones de la Sierra Nevada en California, en un histórico pueblo de la Fiebre del Oro llamado Grass Valley, con su pareja, el músico y lutier Keith Wood (también conocido como Hush Arbors), y su hija, Juniper Lily»


Sobre los traductores:

Isabella Gazzaneo (Caracas, 1997) es Licenciada en Idiomas Modernos por la Universidad Metropolitana. Es profesora de inglés y traducción en pregrado y extensión adscrita al Departamento de Lingüística de la misma universidad. Egresó del Máster de Investigación en Traducción e Interpretación de la Universitat Jaume I.

Pierre Silva (Caracas, 1994)
es librero y lector profesional. Empezó a leer para editores al terminar el Máster de Edición de la UAB, y actualmente colabora con Planeta, Anagrama y un par de editoriales independientes. Sus textos de ficción han sido publicados en varias revistas físicas y digitales. Participó en talleres de poesía a cargo de Horacio Warpola y Octavio Armand, y fue finalista de alguno de los concursos de Rafel Cadenas. Lleva el substack Pijamada satánica, donde traduce relatos de autores gringos que (por buenas razones) ningún editor se atreve a publicar.