Natasha Martínez: «Yo no soy la persona que cuenta historias felices», por Victor Noé Arandia

El último domingo de enero, Natasha y yo nos reunimos durante un par de horas en una videollamada para conversar sobre su primer poemario, publicado por la recién nacida Digopalabra Ediciones. En esta conversación trazamos un puente entre el invierno de Malta y el verano de Argentina: dos poetas ubicados en dos ciudades ajenas y mecidas por la brisa del mar. Dos poetas, aún conmovidos por el ruido que viene de casa, se sientan frente a la computadora para hablar de eso mismo: el extravío, la pérdida y el duelo, pero también de los Furbys, las amigas y los relojes de colores brillantes.

Porque, en síntesis, este kit de supervivencia es eso: una pequeña cápsula de recuerdos/cicatrices que necesitamos abrir de vez en cuando para sentirnos un poco más acompañados. A continuación, les dejo una transcripción ligeramente adaptada de la conversación. Les pido que se imaginen todos los poemas aquí citados dichos con mi voz: cada uno es un inciso que interrumpe y propone preguntas en medio del diálogo. Imagínenlo como si se tratara de una alocución radial en una emisora imaginaria, donde la canción n.º 1 es «So Yesterday» de Hilary Duff.

—Victor Noé: Hola, Natasha, gracias por unirte a esta entrevista para conversar sobre tu libro. Con el título más divertido, yo diría, de la última década de la poesía venezolana: Kit de supervivencia para niñas que usaban Baby G amarillo. Por favor, preséntate a quien no te conozca.

—Natasha Martínez: Bueno, soy escritora. Acabo de publicar mi primer libro, aunque vengo de la actuación y el teatro. Escribí el guion del cortometraje Ritorno, dirigido por Marialejandra Martín. Soy de Caracas, pero vivo en Buenos Aires desde hace un año. Y la verdad, me cuesta mucho sintetizar en un párrafo breve quién soy y qué hago, porque siento que he hecho tantas cosas. Soy actriz, pero ya no actúo; soy dramaturga. Bueno, no he escrito teatro en tiempo reciente, pero ahora estoy escribiendo poesía y acabo de publicar este libro. Igual son un montón de cosas que están ahí coexistiendo.

—VN: Claro, puede que sea más fácil responder esto: ¿qué haces para ganarte el pan?

—NM: Actualmente soy intérprete de inglés-español. Aunque antes de venir era docente. Daba clases de castellano, literatura y escritura creativa. Eso sí es parte de lo que soy. Lo de intérprete es algo que he tenido que hacer como consecuencia de la migración.

—VN: ¿Cuánto tiempo tienes en Argentina?

—NM: Un año. Soy parte de esta última ola migratoria.

—VN: Viviste una Venezuela en constante transformación: elecciones, apagones, pandemia, momentos buenos, momentos malos. ¿Cómo cambió eso tu relación con el país?

—NM: De muchas maneras. Estas últimas décadas nos tocó vivir el 2014, 2017 y 2019 con el apagón, la pandemia y las elecciones [del 28 de julio de 2024]. Todo eso me impactó mucho, vimos cómo el país cambió. Perdimos un país estando en él. Pero justo antes de abandonar Venezuela, me reconcilié con mi venezolanidad, con mis símbolos y con mi patria, de alguna manera.

—VN: ¿Entonces tu poemario es una carta de amor a esa patria?

—NM: No exactamente a la patria, pero sí a la infancia en la patria. Es una voz claramente caraqueña. Nunca digo cosas como «viva Venezuela en esta mierda caballero», pero menciono el Ávila, Higuerote, lugares que hoy me doy cuenta de que son parte de mi identidad. Hay poemas escritos hace años allá que nunca pensé que fueran tan venezolanos. Es algo involuntario, como una confesión de borracha.

—VN: Porque es un libro que no habría sido posible escribir en otro país.

—NM: Totalmente. Nunca había sentido la necesidad de hablar del país, pero se cuela de alguna manera.

—VN: No hubiera sido posible escribirlo en otro país porque, al leer el libro analíticamente, una palabra viene a mi mente: fracaso.

—NM: Sí, es un libro sobre el fracaso. Del fracaso absoluto. Tiene esa decadencia; eso es cierto.

—VN:  El fracaso de una mujer en plena adultez, el fracaso de un país, el fracaso de las relaciones interpersonales. Un halago al fracaso. En tu libro hay una estética de «girl failure» que recuerda a producciones como «Lady Bird», «Fleabag» o «Shiva Baby». ¿Eres tú la Lady Bird veneca?

—NM: Me encantaría decirte que sí. Mi Nueva York es Buenos Aires, me encantaría que fuera Nueva York, pero la analogía es bonita. Greta Gerwig escribió una carta de amor a Sacramento. Ella se pelea con su lugar, pero se reconcilia cuando se va. La película plantea la idea de que el amor es atención. Prestar atención cuando describes el lugar donde vives; creo que hay algo de eso con Caracas en este libro.

—VN: Es interesante porque exploras lo mundano: ceniceros, mensajes de WhatsApp, las rodillas raspadas. Todos esos detalles pasan mientras Venezuela se cae a pedazos. Lo que me recuerda a «Lady Bird», que transcurre en medio de una recesión económica, es que el mayor problema de su protagonista es que su novio es gay.

—NM: Exacto. En la película ni siquiera mencionan explícitamente la recesión ni las Torres Gemelas, pero están ahí de fondo. Ella entra a la universidad porque nadie está aplicando en New York por miedo al atentado del 11 de septiembre. Lo político y lo social están detrás de lo íntimo y lo personal. En mi libro hay esa soledad de una Caracas que se vació de gente, esa soledad y una derrota implícita.

Navidad del 98

Si soy sincera
soy un par de canciones de Cerati
porro Marlboro unos poemas de Miyó
unos ensayos de Hanni
un pasillo un escenario
y una mala pea en Higuerote.
Esa soy yo y lo demás es paja
lo demás es el chip de complacencia
y un celular demasiado a la mano para mi gusto.
Lo demás es una niña de diez años que le pide un alma al Niño Jesús.

—VN: Así abre este libro-enigma-collage-película-coming-of-age que nos lleva a una Caracas postapocalíptica: Kit de supervivencia para niñas que usaban Baby G amarillo. ¿Cómo llegaste a ese título?

—NM: Me obsesioné con la revista Rookie de Tavi Gevinson, que hacía estos kits de collage digital. Estaba muy frustrada, creativa y emocionalmente en ese momento. Hice un collage que se llamaba exactamente eso, Kit de supervivencia para niñas que usaban Baby G amarillo, y decidí llenar un documento con todos los poemas que había escrito. Luego, cuando me vine a Buenos Aires, escribí con una amiga, Pamela Rahn, bajo un reto: mandarnos un poema cada jueves. De ahí salieron muchos de los poemas que figuran en el libro.

—VN: ¿Por qué el amarillo?

—NM: Para mí, el amarillo es muy diurno; es amistad. Literalmente tuve un Baby G amarillo que perdí de niña. Lo dejé en un teléfono público cuando me lo quité por el calor. Fue un antes y un después en mi infancia. Además, en los Power Rangers, la amarilla era la alternativa a la rosada, que todos querían ser y a mí no me interesaba pelear con las otras niñas por ser la rosada. A mí ni siquiera me gustaba Power Rangers, pero sí me gustaba participar en los juegos del recreo.

—VN: ¿Qué edad tenías cuando perdiste el reloj Baby G?

—NM: Once años. Era el final de la infancia y el inicio de la preadolescencia. Nunca me compré otro reloj. Además, me da calor y no necesito saber qué hora es.

—VN: ¿Todavía no usas reloj?

—NM: No. Y creo que con los teléfonos ya sabemos demasiado de demasiadas cosas. Saber menos es mejor.

Natasha Martínez. Foto por Matías Joaquín Lence.

—VN: Los apartados tienen nombres elaborados. ¿Cuál fue el proceso para organizar el poemario?

—NM: Saqué dos poemas largos en prosa que no encajaban y eso cambió un poco la estructura.

—VN: ¿Cuál es la lógica detrás de los títulos de los apartados? «Canciones de cuna para niñas que todavía creen en el niño Jesús», «Taller de expresión oral y escrita para niñas tímidas», «Comunicado en defensa de las niñas lloronas»…

—NM: Surgieron naturalmente mientras releía y reorganizaba. Fue un proceso confrontativo. Viendo los puntos en común, noté una imagen recurrente: la de la niña que llora, la de la mujer que llora. El título del segundo apartado alude a esa contradicción, ya que las niñas pueden ser a la vez tímidas y participativas. Lo importante era que cada apartado reflejara un matiz distinto de la experiencia que contaba. Quería un viaje denso pero también leve, con humor. Mi voz en la escritura es dura y aguda al expresar el dolor, pero también hay algo leve. Las risas no faltaron.

Debería ser feriado el día en que moriste (extracto)

Mi papá murió hace 21 años
es decir, la muerte de mi papá
podría beber legalmente en Estados Unidos podría votar
unirse al servicio militar
casarse
y divorciarse
así de maduro es mi duelo.
Puedo hablar del suicidio de mi papá sin llorar y yo lloro por todo
así de masticada tengo su muerte.
(…)
Me pregunto
si la que era yo a los 21 años le habría caído bien
si yo a la edad del duelo
habría sido una hija suficientemente buena para no abandonar
lanzándose por la ventana.

—VN: Hay un poema sobre tu padre, uno de los más dolorosos del libro. Y tu padre se convierte en una voz importante en el poemario, pero más que una voz, es un eco. ¿Cómo fue exteriorizar ese luto?

—NM: Wow, me encanta cómo lo preguntas. Dices que es más un eco que una voz y creo que lo sintetiza perfectamente. Hay muchas voces en el libro, pero un eco constante. En mi vida diaria no hablo tanto de mi papá; el luto tiene distintas etapas. Cuando alguien me menciona a Mozart, puede que lo recuerde porque a él le gustaba su música. Tengo tiempo queriendo escribir sobre él. Tengo una novela que llevo siete años escribiendo y no termina de cerrarse. Pero hay cosas que uno no decide, sino que aparecen en el arte y depende de uno poder aterrizarlas. Escribo como quisiera hablar, a veces, y no puedo. Es como vomitar cuando algo te cae mal. El duelo es una enfermedad.

—VN: ¿Te da miedo que tu familia lo lea?

—NM: Sí, un poco. Estas cosas no sé si las saben, aunque sepan que las siento. Pero es el miedo de la vida: el qué dirán. Lo que pasa es que nunca había publicado nada antes, así que tenía cierta inocencia. Trataba de escribir como si no fuera a publicarlo porque pensé que nunca lo haría. Ahora que está público, a veces me digo: «Qué dura, ¿cómo dije eso? I’m so random».

—VN: Ese cinismo te protege y te permite una despreocupación que hace que tu arte sea muy fresco y despreocupado.

—NM: Exactamente. Eso me protege, pero ojo: el cinismo está mal. Uno debería tomarse a sí mismo en serio. Aspiro a hacerlo algún día. Cuando sea grande, quiero tomarme en serio. También creo que vivimos en un tiempo en el que la literatura es un acto de resistencia. La sociedad no se toma tan en serio el arte como debería; ojalá lleguemos a un punto en el que ser escritora signifique algo.

—VN: Siempre puedes cambiar de oficio y volverte Tiktoker

—NM: Está bien ser Tiktoker, estoy a favor; ojalá yo pudiera bailar raro frente al celular y que no me importe nada. Pero no puedo, tengo que escribir poemas de mi padre muerto.

(Risas)

—VN: Hay una serie de poemas sobre Peter Pan de Disney. Cuéntame de eso.

—NM: Vi Peter Pan mientras terminaba de escribir el libro y lo amé demasiado. Empecé con el de Wendy sin tener un proyecto planeado; una cosa llevó a la otra. Me imaginaba que Wendy era la niña Baby G azul, Campanita la amarilla y la sirena la rosada. El de Peter Pan fue el que más me costó. Estaba durmiendo en un colchón en la sala de una amiga en mudanzas, y esa noche lo escribí reciclando una imagen que había usado en otro poema de amor sobre las manos. Todo este poemario está atravesado por eso: la mujer adulta que ve documentales de Netflix fue la niña que veía Peter Pan.

Síndrome de Peter Pan (extracto)

Los hombres con síndrome de Peter Pan
tienen manos grandes y nombres comunes nombres de ejemplos y problemas de matemática: si Juan tiene dos novias
y le destruye la autoestima a tres
cuántas cepas de VPH tendrá Juan.

—VN: Este poema habla del deseo frustrado, de enfermedades de transmisión sexual.

—NM: A pesar del acceso a internet e información, hay una falta muy grande de educación sexual en Venezuela. En la sociedad venezolana, pareciera que lo que importa es el deseo masculino, sobre todo lo demás. Eso es lo que he visto y vivido.

—VN: ¿Crees que es un problema del machismo?

—NM: Así es. La relación de la sociedad venezolana con la sexualidad es muy pacata, muy neopuritana. Y es duro porque, en términos de feminismo y derechos de las minorías, se hace imposible abrir estas conversaciones, porque apenas nos estamos concentrando en tener agua.

—VN: En el «Inventario de niñas Casio» se describen tres tipos: las Baby G rosadas, azules y amarillas. Cada una desea de manera distinta.

Inventario de niñas Casio (extracto)

Las niñas de Baby G Rosa son niñas lindas, sin riesgos ni misterios
(…)
que conocen la nieve y el asco
de ver a sus padres besarse en público
y conocerán el papeleo
de un divorcio de alta escala
en separación de bienes.
(…)
Las niñas Baby G azul son brillantes
niñas mejor promedio
(…)
conocerán el amor
entre reclutadores corporativos
y en algún hombre que se adapte a sus agendas esquivas
un tiempo al menos
antes desaparecer.
(…)
Las niñas Baby G amarillo
(…)
no hay que entenderla, hay quererla
tendrán sexo en el baño
de las bodas de sus amigas
(…)
y envidiarán la grama verdosa de la casa ajena
y entrarán a ensuciarla con el sudor
de sus piernas abiertas
derramando sus heridas
en la cara desencajada de hombres
que no las entienden
ni las quieren
tampoco.

—NM: Sí, hay algo en todo el libro en el que cada voz que aparece es una manera de desear. Y todas son formas de deseo frustrado. Me interesa hablar del deseo femenino vinculado a la insatisfacción, a no ser saciado. Y estar vinculado con ser amada. Realmente ser deseada y ser amada son lo mismo para mí.

Ahora solo me escribe Movistar (extracto)

la voz el fantasma que piensa
que decir que me quiere y quererme
es
más o menos
lo mismo.

—VN: En tu libro no hay finales felices. Las rosadas, azules y amarillas terminan en fracaso.

—NM: Tal cual. Aunque creo que hay momentos de plenitud para cada una. Pero el final feliz está en otro libro, en otra historia. Yo no soy la persona que cuenta historias felices. Hay otros poetas que escriben desde la plenitud. Walt Whitman, por ejemplo. Pero yo creo que lo que me interesa de lo femenino tiene que ver con la rabia y la frustración. Tratar de ser feliz es como tratar de respirar bajo el agua.

—VN: Es muy interesante cómo quieres desmontar esa careta.

—NM: Claro, incluso la niña Baby G rosa, que parece tener una vida perfecta y envidiable, si la ves a detalle, te das cuenta de sus conflictos. Cuando envidias la grama verdosa del pasto ajeno, es porque no has vivido en esa casa.

—VN: Quizás la felicidad son los amigos que hicimos en el camino.

—NM: De hecho, el libro está dedicado a las amigas. Son las amigas que encontramos en el camino las que nos dan esa contención, ese acompañamiento.

—VN: Al final del libro, nos encontramos con un código QR que nos lleva a una playlist. Una colección de canciones dosmileras de Hilary Duff, Avril Lavigne y Fey, así como algunas más actuales que evocan esa misma nostalgia. Me encanta que, hasta hace poco, la playlist cerraba con «Algo está cambiando» de Julieta Venegas. ¿Qué está cambiando para Natasha después de este libro?

—NM: Es una buena pregunta. He seguido escribiendo, pero en este momento no tengo la respuesta. Siento que algo en mí está cambiando, aunque no lo vea con claridad. Los procesos migratorios, la vida en general, cambian la escritura. Es mi primer libro; estoy en el posparto literario. Cuando la vida cambia mucho, la escritura lo hace en consecuencia.

—VN: ¿Cuánto tiempo estuviste en la gestación de este libro?

—NM: Diez años. Hay poemas que escribí hace diez años y otros hace un año. Es una línea de tiempo de los últimos diez años de mi vida.

—VN: Entonces, es un libro para volver al 2016.

—NM: Sí, en verdad. Solo que nunca me verás romantizando el 2016. Pero con el libro ya lo hice de una manera.

—VN: Disfruté demasiado de esta conversación. Eres una voz súper necesaria, innovadora. Estoy feliz de que esto haya sido publicado y distribuido gratis por Digopalabra; todo el trabajo de edición y difusión ha sido monumental.

—NM: Es que, justamente por eso, quería cerrar mencionando a Digopalabra. Algunos de los primeros poemas que publiqué en mi vida aparecieron allí. Es un momento de full circle. Es un proyecto emergente que lleva mucho tiempo exponiendo poesía venezolana. Oriette hizo esto con mucho cariño y mucha atención. Como dicen en Lady Bird, el amor es prestar atención. Mis palabras finales son de agradecimiento por la visibilidad de la poesía contemporánea venezolana. Me interesan mucho las voces contemporáneas venezolanas femeninas. Pienso en Pamela Rahn, Natasha Rangel, Paola Assad. Algo está apareciendo de nuestra historia colectiva a través de la poesía. Cada vez que veo un nuevo libro de esta generación, me llena de orgullo y emoción. Es un trabajo muy duro en un espacio abandonado, pero es importante que estemos haciendo el aguante.

—VN: Para cerrar, ¿dónde pueden seguirte?

—NM: Tengo un Substack llamado «Esto no es un podcast», donde escribo. En Instagram soy @estanoesenatasha y en la biografía pueden encontrar enlaces a algunos de mis trabajos publicados en la revista Casapaís.

Las fotografías de la autora son de Matías Joaquín Lence.