Lluvia, por Grazia Musumeci- E

Alexandra Levasseur

Alexandra Levasseur

       

A Corina S.

          Las rejas que protegen las ventanas del claustro tienen forma de rombos. Ha llovido toda la noche y el acero permanece húmedo, perlado por los remanentes de la lluvia. Esperanza se detiene frente a la ventana; observa su reflejo envejecido en el cristal manchado por las gotas y el polvo. Acaricia las ondas de su cabello y siente los hilos plateados que invaden su cabeza. Está vieja; su vanidad lo sabe.

El aguacero la ha despertado como una alarma escandalosa. La lluvia maltrata las ventanas con violencia.  Ve el reloj y sabe que es temprano.  Se recuesta de nuevo y piensa en las órdenes de sus superioras con desprecio. Desde hace tiempo se cuestiona qué hace ahí, por qué ha escogido esa vida. No sabe si alguna sombra ciñe su conciencia, o si simplemente atraviesa una prueba. Duda, lo hace desde hace meses. Intenta rezar, pero no logra concentrarse. Quisiera leer, pero los libros y ella nunca han sido buenos amigos. Decide ducharse. Agua fría para maltratar su piel, escalofríos para disipar las malas ideas y jabón para lavar los deseos que lamen su interior, visitado muy eventualmente por sus dedos.

Nunca ha sabido si es virgen. Tiene esa duda desde el día aquel, cuando un curioso la besaba acariciando el botón protegido por los pliegues de su entrepierna. Su cuerpo nunca ha sido tan casto como hubiera querido, pero eso sólo lo saben sus confesores y su conciencia. Supone que es una virgen maltrecha, pero la abstinencia y la castidad la han protegido del virus del deseo,  la enfermedad de la carne y el placer que castiga las almas débiles.

Se levanta de la cama y camina hacia el baño. Abre las llaves de la  regadera y deja el agua correr. Recuerda las palabras del padre Álvarez: “el perfume que emana de su cuerpo lastima mi castidad”;  sus pechos se endurecen. Se desviste, entra  a la ducha, se instala bajo la lluvia artificial. El agua fría arde al encontrarse con su cuerpo. Quema como el fuego del infierno, duele como el amor que debería sentir hacia Dios, y no siente. En su mente se repiten los ojos del sacerdote, escucha la madura aspereza de su voz, percibe el perfume que se cuela entre la celosía que los separa durante las confesiones. Las gotas trazan garabatos en su cuerpo, marcan los caminos de un territorio poco explorado. Siente miedo; se sabe presa de una emoción que no controla y que cuando amanezca, la acompañara a su confesión semanal. ¿Cómo confesarle al padre Álvarez que imagina su voz acariciando su piel? ¿Cómo hacerlo sin insinuarse? Esperanza se pregunta si la castidad del cura ha sido lastimada por Marta, la más joven de las monjas. Siente envidia. La otra no sólo es más joven, su piel resalta la juventud que ella ha perdido. Respira profundo, se enjabona la cabeza para lavar los pensamientos que el Maligno, en alguna de sus manifestaciones, ha sembrado en su dubitativa mente. Gira las llaves y detiene el torrente. Toma la toalla y  seca la piel tras el baño de agua helada. Evita rozar la zona más húmeda de su cuerpo para evitar deseos nocivos, pero recuerda las palabras de su doctora: “séquese bien. La humedad es perfecta para los hongos”. Abre las piernas y se seca. La tela le sugiere la lengua de su confesor y se detiene aterrada.  Se seca la espalda, improvisa un turbante con la toalla y se viste con una dormilona de algodón. 

Corre hacia la cama para esconderse debajo de las sábanas. Y aunque ve desaparecer sus pisadas marcadas en el suelo, en su mente continúa el padre Álvarez. Cierra los ojos y lo siente respirándole en la nuca, atrayéndola con el aliento. Algo se inflama bajo la dormilona y se humedece ante la imagen del sacerdote visitando su dudosa virginidad. Su mano derecha baja hasta el vientre. Los dedos acarician la espesura castaña que resguarda eso que se niega a nombrar; separa sus labios, siente el calor que sale de la cueva que acaricia pensando en los dedos de su confesor,  sube hasta el censor del peligro y lo frota. Movimientos rápidos; tres dedos presionando en círculo mojándose con sus non sanctos fluidos. La respiración se corta, se agita su ritmo cardiaco. La mano acelera y ve en su mente cómo el miembro sacerdotal la embiste y la rellena de carne. La electricidad se adueña de sus piernas que comienzan a moverse sin permiso. El placer brota de sus entrañas y sube hasta su garganta para pellizcar su voz. Se le escapa un gemido ahogado. Nunca ha sentido a un hombre correrse dentro de ella, pero en ese momento, su mente reproduce la sensación de algo que desea y no conoce. Llueve desde adentro, tiene los muslos mojados. Sus piernas descansan, su pecho también.

Esperanza tiene varios pecados que confesar y todos nacieron en una sola serie de acciones. No sabe si confesarle al padre su desatino solitario. Se pregunta si el silencio puede hacerla víctima del pecado de omisión y descubre que en ocasiones, el silencio es más ruidoso que cualquier otra cosa. Aún no son las cinco de la madrugada y ha pecado varias veces.     

Sentada sobre la cama deshace el turbante, cepilla su cabellera. Ensaya las respuestas que dará a su superiora cuando le pregunte por qué se duchó tan temprano. Prepara su confesión, intenta escoger las palabras correctas. Reza para alejar el pecado; reza para quedarse dormida; reza para creer que estaba soñando.  Suena el despertador. Las gotas siguen instaladas en los rombos metálicos que protegen sus ventanas. El cielo cambia de color. Esperanza arregla las sábanas, tiende la cama, saca del closet el hábito blanco y las medias de nylon. Viste su uniforme llena de dudas. Arregla el velo que ahoga sus pensamientos. Sabe que el lunes está lejos del viernes, pero tiene muchas razones para vivir, pecar y culparse. La esperan su confesor, su superiora y sus alumnas.

 

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Grazia Musumeci- E nació en Caracas en 1982 y aunque no los recuerda, vivió algunos meses de la Venezuela pre “Viernes negro”. Como a la mayoría de las personas les cuesta pronunciar su nombre y su apellido, la conocen como “Grasia Mitsubichi, García Musenetti” y cualquier mutación que parezca inverosímil. A veces siente que sólo ella y un pequeño grupo de alienígenas conocen su nombre.  Es licenciado y licenciosa en Letras. Le atraen los momentos que rompen con la cotidianidad, los eventos desafortunados y los delirios, pues eso que conocemos como “realidad” para muchos es una larga fiebre que no cesa hasta quemar la última neurona disponible. Le gustan los detalles y las emociones de las que nadie habla. Se define hipermoderna y vive buscando el camino.

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