Afuera los niños entre 14 y 25 años patean la pelota de fútbol, por Freddy Yance

Imagen obtenida aquí

Imagen obtenida aquí

Afuera los niños entre 14 y 25 años se eternizan pateando la pelota de futbol. Al otro lado de la casa la carretera principal se extiende en negro y resaltan casa estrafalarias con desbordantes azules y enfatizados rojos. Las ratas se sacuden el sudor del cuerpo, escalan los cables eléctricos y desaparecen de la vista. El olor a pan proviene de la esquina. Son las cuatro de la tarde y el silbido industrial retumba en los oídos regionales. El queso está listo sobre la mesa del vendedor, los autos se deslizan ruidosos y humeantes sobre ruedas aniquiladas y rusticas, el ruido metálico de la arquería al ser arrastrada perturba a los perros que huyen a refugiarse bajo la sombra de las ramas del gigante árbol mangífero, los portones con cerraduras chinas están sellados por dentro, los niños juegan y ríen alegres, la gente va y viene de la panadería a un ritmo casi milimétrico. El queso desprende un hedor amargo, la licorería enciende sus luces de neón que dicen “Abierto”, los borrachos que antes dormían o simulaban dormir salen de las sombras como gatos prudentes e indiscretos y se acumulan bajo el calor que expele el aire acondicionado por su parte trasera, adentro de la licorería la dueña sirve cervezas baratas, esconde un arma tras la nevera, y reza un mini credo a la virgen de Chiquinquirá, los hombres toman sus cervezas, vacían las botellas en sus gargantas y salen a la calle, suben a sus autos y también desaparecen, como los perros en las sombras y como las ratas en los cables del poste eléctrico.

Son la cinco de la tarde el sol se declina y el cielo se colorea de un rosado-naranja que no dista de ser divino o sagrado, las diminutas y tiernas nubes bailan lentamente un son celestial, el avión con sus luces electrónicas y artificiales se vuelca sobre el aire como un pájaro de hierro gigante, las petacas seducen e intentan asemejar el volar de los Zamuros sudamericanos que vuelven al norte. Los autos se detienen frente a una vaca que obstruye el paso en medio de la negra y agrietada carretera, la vaca muge como pidiendo una dirección o implorando respeto, las escopetas se descuelgan de la guantera, los bates aparecen tras los asientos, y las manos maternas cubren los rostros infantiles.

El basurero está en la esquina y allí solo hay moscas locas y uno que otro gato irresponsable, al día siguiente del anterior, una vaca cuelga perpendicular a la cruz de la iglesia desde un bahareque sin frisar y completamente desnuda. La gente pasa y disimula la putrefacción que les invade las papilas gustativas y los convierte en inexorables pordioseros ambulantes. Miserablemente un niño cansado de patear la pelota busca hacer amistad con la vaca que cuelga boca abajo desde una de sus patas, otro que le mira desde lejos le tira una piedra, otro le grita una grosería indecible, otro lo va a comentar con todo el barrio. La panadera escucha un rumor, el carnicero esconde su bate y expone su cuchillo automático recién traído de USA y comprado a través de la televisión, el niño se acerca y mira la pesada y yerta cabeza de la vaca, la iglesia está cerrada,  nadie puede entrar y aguantar la desmedida invasión de moscas, hace semanas que la vaca cuelga y nadie la ha llevado a ningún otro sitio.

Son las cuatro de la tarde pero ahora todo es distinto, las ratas no corren por los cables sino que se deleitan carroñando la piel que se le ha ido despegando, la lengua fue cortada por el valiente carnicero con su magnífico cuchillo y ahora cuelga como un trofeo en lo más alto de la carnicería, los ojos de la vaca fueron cristalizados y dos hombres los usan como adorno en sus autos, uno lo lleva en medio del volante y otro lo cuelga del retrovisor, el niño vuelve a casa con la idea de que aquella vaca le habló en un idioma animal y le dijo palabras de verdad, los perros ya no huyen al árbol van a cobijarse en la vaca y a perseguir a los gatos que persiguen a las ratas que persiguen a las mocas que cuidan sus crías.

El futbol ha desaparecido. La hediondez ha embelesado a todos los niños que ahora suelen sentarse junto a la vaca a corretear perros o a espantar gatos, algunos fabrican arcos, otros llevan hondas y se divierten yendo de cacería a la esquina que ahora se llama “la esquina de la Vaca”. La licorería sigue igual, pero los borrachos han abandonado su viejo puesto de vigilancia absoluta, ahora vagan y se recuestan entre los perros y las bolsas de basura bajo el techo blanco con aleatorias manchas negras, los niños en ocasiones discuten con los borrachines y otras se disputan versos de piedra y palos de madera, a pesar de la edad siempre ganan y corren a sus casas riendo con malicia y complicidad.

Los padres de familia evitan pasar por la esquina de la Vaca, y las madres prefieren no salir de casa, algunas mujeres jóvenes cambian favores con sus amigos para evitar la esquina y los autos ya no la frecuentan, poco a poco la cultura del barrio se ha ido transformando, las horas pasan sin las cosas, y los acontecimientos se repiten infinitamente como si el tiempo se hubiese marchado lejos y los hubiese abandonado para siempre.

Los niños se percatan, las mujeres vuelven a salir, y el carnicero ríe con las manos llenas de sangre derretida.

La vaca ha resucitado y nadie puede creerlo.

El primer niño que la vio desprenderse de sí misma fue Cristóbal, cuando la vaca cayó sobre unas bolsas negras,  el sonido de plástico que se aplasta y lata que se comprime cesó cuando la vaca estuvo erguida de nuevo, el niño lloró, luego rió, luego simplemente se espantó y volvió corriendo a casa. Nadie creyó en las inocentes palabras de Cristóbal.

-Mamá, voy a la esquina de la Vaca a jugar con mis amigos-.

Cuando los niños se reunían alrededor de la vaca esta emanaba esencias de muerte y de ensoñaciones macabras, estupefactas mentes infantiles se estremecían profundamente frente a colores poliédricos y sonidos interpretados por voces mágicas, oscuras y desconocidas. El olor de la vaca encendía las almas de los pequeños, y los había vuelto locos, por eso iban a la esquina en vez de jugar con la pelota, por eso sus padres no cruzaban la equina, por eso los autos no pasaban por allí y por eso las madres se quedaban solas en casa evitando salir.

Cristóbal volvió a casa y murió fácilmente por una enfermedad horrible que se adquiere por razones zoofílicas, otros niños de entre 14 y 25 años tuvieron secuelas iguales o al menos muy parecidas. El camión de la basura pasó y se llevó el cuerpo sin alma y ya sin olor ni sexo de la Vaca, la esquina perdió su nombre, los niños su vida y el barrio una generación.

=

Freddy Yance (Maracaibo, 1996). Narrador y poeta. Estudia comunicación social mención medios impresos en la Universidad Rafael Belloso Chacín. Reconoce la influencia de Jorge Luis Borges y Roberto Bolaño, prefiere expresarse a través del cuento o el relato. Sus temas son variados y el estilo busca acercarse a la forma oral. Escribe impulsado por la necesidad, tanto de saciar la sed intelectual como de  transformar lo subjetivo en universal. 

Anuncios

Un comentario en “Afuera los niños entre 14 y 25 años patean la pelota de fútbol, por Freddy Yance

Comenta aquí ~

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s