El soundtrack de la vida, el amor y la muerte | Fragmento de «Santiago se va» de José Urriola (Caracas, 1971) ~

El soundtrack de la vida, el amor y la muerte

Suele asociarse el oficio del traductor con la traición. Traduttore, traditore como dice el adagio italiano. Me pregunto cómo es que no encaja lo mismo para los músicos contemporáneos, especialmente en la era de la cacareada –y siempre tan tristemente punta roma– tecnología de punta.

¿No debería ser la honestidad la esencia de la obra de todo artista? Honestidad no sólo consigo mismo, sino con la vida que sirve de inspiración para su arte. Un compromiso que los músicos de nuestros tiempos no han sabido –no han querido– asumir con la responsabilidad que el reto impone.

Bajo esta luz propongo un álbum musical, desde la humildad pero también desde la sinceridad más íntima, para intentar paliar la deuda monumental que la música contemporánea tiene con la verdadera banda sonora de la vida, el amor y la muerte.

Se trata del álbum más honesto que jamás la música haya ofrecido a la humanidad y al mundo que nos tocó vivir. Una obra musical que se compondría, pieza a pieza, de la siguiente manera:

Pista 1: El principio de la vida

Se deberán instalar micrófonos diminutos en el vientre de una mujer para así ser capaces de registrar –y posteriormente ecualizar y samplear– el microscópico estallido que se produce al instante de la fecundación cuando el espermatozoide se abre paso entre las paredes del óvulo. Ese momento crucial en el que, a escala –tal como está ocurriendo en el exterior– espermatozoides y óvulos se aparean. Ese material acústico inicial se convertirá en la base de la pieza y debe ser puesto en loop según el ritmo y la cadencia que el músico disponga. Posteriormente esa pista rítmica deberá ser combinada y enriquecida pacientemente con el sonido del corazón que a las pocas semanas latirá desde el cigoto en plena evolución. Las melodías y armonías del tema corresponderán a los sonidos producidos por el feto, sus desplazamientos dentro del útero, sus juegos con el cordón umbilical, las patadas que lanza desde el interior del vientre materno, la sutil succión de su dedo pulgar cuando lo encaja en su boca, así como los sonidos, golpes, voces y demás estímulos acústicos que recibe el feto provenientes del mundo exterior. En pocas palabras: nueve meses de sonidos, ruidos, silencios y melodías, recogidos y puestos a sonar armoniosamente en unos pocos minutos. Hacia los segundos finales de este tema se escuchará el alumbramiento, el paisaje sonoro típico del quirófano, los pujidos y gemidos de la madre y, por último, el alarido humano con el que comienza toda vida en este lado del mundo.

Pista 2: La vida (parte 1)

Consiste en un track mudo e insonoro que intente dar fe de la contemplación profunda y silenciosa. La música prácticamente inaudible de un mundo inabarcable y hermoso al que no nos dignamos casi nunca escuchar. Se sugiere irse (equipado con potentísimos micrófonos) a lugares aislados y desérticos donde, sin ningún tipo de intervención, puedan ser capturados los sonidos del espacio exterior con todos los aparatos de audio apuntando al cielo abierto, a la noche estrellada, al infinito de la galaxia, para así captar el imperceptible zumbido del cosmos. De idéntica manera, se sugiere perderse en el desierto, adentrarse en la profundidad del bosque y en la hondura más absoluta y recóndita del océano donde ya no bate el viento ni existen olas. Y allí encender los equipos de registro acústico para captar las sutilezas de todo lo que allí (no) se escucha. El resto del material acústico con el que se compondrá esta pieza podrá recogerse en la sonrisa inaudible y el sueño apacible de niños que duermen en su cuna. También en el silencio insondable de los orates que han perdido la cabeza justo en ese lugar donde han logrado entender lo que el resto de los mortales aún no podemos –ni queremos– comprender. También en los roces imperceptibles de las manos y rodillas de los amantes, los besos sutiles que se dan con apenas el borde de los labios, las miradas de la parejas que se quieren comer pero jamás lo dicen.

Se trata ésta de una pieza prodigiosa compuesta de silencios, de ausencias, de todo lo impronunciable y lo inaudible. Cinco minutos a los que, a la hora de ponerle play, se debe subir el volumen a tope para así poder escuchar ese zumbido de la nada donde se resume todo. El paisaje sonoro de la existencia, un rugido leve y vertiginoso de todo eso que nos hemos perdido por estar siempre tan ocupados en la vorágine de la cotidianidad y sumidos en el ruido omnipresente.

Pista 3: La vida (parte 2)

Luego del track del silencio sobreviene entonces uno que recogerá la energía más honesta del encuentro sexual. Se deberán grabar, ecualizar y samplear los sonidos de besos, de las lenguas que se entrelazan, los dientes que chocan, el intercambio de salivas y gemidos de esos besos que tienen tantísimo de mordisco. También deberán incorporarse los materiales acústicos del juego primitivo de los genitales, las entradas y las salidas, los cambios de ritmo, las aceleraciones y las ralentizaciones, las vueltas que durante esos encuentros dan al mundo y sobre su propio eje los amantes. Los chasquidos de la piel desnuda, el restallido de los flujos corporales que se desbordan, se mezclan, manan a borbotones para pringarlo todo. Las vocalizaciones en esta pieza se compondrá con los sonidos que emiten los amantes: gemidos, suspiros, risas ahogadas, gruñidos, alaridos, murmullos, jadeos y todas esas exclamaciones que se les escapan a los que se desean de verdad. Es la música del buen sexo.

Culmina la pieza justo en su clímax, en explosión, en derrame, en el grito que nace en el bajo vientre, templa al cuerpo y se desborda por las bocas. En el festival pirotécnico, animal y demencial que sólo produce el orgasmo.

Pista 4: La vida (parte 3)

Continúa la banda sonora más honesta jamás con un track que habrá de asumir la tarea de recoger el horror de la enfermedad, la injusticia y la guerra.  Una pieza armada con fragmentos de discursos de déspotas y demagogos, una selección de instantes que resuman toda su crueldad, su mesianismo, su estupidez, mezclados con los gritos de los torturados en los sótanos donde los tienen reclusos. También con los hachazos y machetazos que en este vasto mundo ahora mismo se propinan para cortar cabezas, manos, pies y mutilar genitales. Combinado todo ello con el sonido de los fusiles del pelotón al instante de disparar, el impacto de las balas que atraviesan los cuerpos de los fusilados y los ruidos de las balas al encajarse contra la pared del fondo. El vuelvo de los aviones, las bombas que silban, las explosiones, los gritos, el sonido de los cuerpos que arden, se contorsionan y se desmiembran. El llanto de las madres que no encuentran a sus hijos y de los hijos que lloran los pedazos rotos y chamuscados de eso que alguna vez fueron sus padres. El alarido de las mujeres violadas y mutiladas. El crujir del fuego que se devora las casas y las carnes, mientras balas y cuchillos se ensañan contra los inocentes.

Es imperativo también incorporar a este soundtrack del horror el último aliento de los enfermos terminales a quienes se les ha negado el tratamiento. Así como el quejido sonámbulo de quienes lo han perdido todo y no encuentran ya palabras para expresar el dolor.

Este track cerraría con un minuto de silencio. Un espacio en blanco donde metafóricamente quepa todo el horror y el sufrimiento que vendrá. Porque –ya lo sabemos– aunque nada en la vida está garantizado, de lo que sí podemos estar seguros es que de todo esto siempre habrá más.

Pista 5: La muerte

Cierra el álbum con un track que se encargará de convertir en música la esencia misma de la muerte. Una pieza compuesta con los materiales acústicos del último adiós y el fin del ciclo vital. El rasgado del papel mientras el suicida escribe su nota. El alarido que se pronuncia al momento preciso en que ocurre el salto de quien se inmola en las vías del tren. El impacto del cuerpo que pierde su masa al entrar en contacto contra el vagón del metro. El tronar del disparo que se detona en la sien o con la boca bien abierta. La hojilla que rasga la carne y se abre camino hasta la vena. La sangre que llena el piso, las baldosas, la bañera. El sonido de lenguas y gargantas al instante de tragar las pastillas necesarias para garantizar la sobredosis. La tensión de los músculos y la arritmia mientras la toxina causa su efecto. El último aliento, la exhalación por medio de la cual se escurre el alma. El chasquido de la piel que ha perdido la vida y se empieza a marchitar. El zumbido del monitor cardíaco que se ancla en un único tono del que no hay ya vuelta atrás. El aleteo casi imperceptible del alma que se desprende y se va a otra parte.

Una vez suena el último acorde del track de la muerte, el disco vuelve automáticamente a la pista 1. Por medio de una disolvencia se mezclan el sonido del alma en fuga con el del espermatozoide que penetra el óvulo. Se reinicia la obra y vuelve todo a sonar otra vez sin que nadie logre apagarlo. Es un disco eterno.

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Lee aquí la entrevista a José Urriola 

Gracias a la editorial Libros del Fuego por habernos permitido colocar dicho texto en este espacio.

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