Creep, de Radiohead: la estética del Romanticismo revisitada; por Maikel Ramírez

Jacqueline Alva

Jacqueline Alva

Hace algunos meses atrás, mientras en mi reproductor de CD sonaba la canción Creep, uno de esos indiscutibles himnos musicales de los años noventa, compuesta por la banda inglesa Radiohead, experimenté una epifanía al recordar una de las piezas poéticas más sublimes del romanticismo inglés y la literatura en general: La filosofía del amor, del poeta Percy Bysshe Shelley. De inmediato, sacudido por no haber caído en cuenta de un fenómeno que por mucho tiempo había estado frente a mí, revisé algunas obras del Romanticismo y, con estupor, corroboré lo que hasta allí había sido una mera intuición. Creep, decididamente, toma el pulso de la estética romántica en su contenido, forma, y algunos elementos extratextuales que, de cualquier forma, siguen la estela romántica, como apreciaremos.

            El Romanticismo, ya sabemos, fue un movimiento artístico, espiritual y filosófico que aparece en Alemania a finales del siglo XVIII como contrapunto de la ilustración francesa. Ante la razón, el progreso, la tradición greco-romana del arte y el utilitarismo del objeto estético, el Romanticismo respondió con la locura, el fracaso esencial, la novedad y la ruptura de los cánones decimonónicos (la rigidez genérica), y la liberación del arte de sujeciones instrumentalistas, que, a la postre, comporta un arte como fin en sí mismo, condición que inevitablemente conduce a la literatura fantástica, género, a todas luces, divorciado de cualquier pragmatismo. Quien lee las obras de Edgar Allan Poe, pongamos por caso, incurriría en un error si tratara de extraer alguna moraleja de ellas.

El Romanticismo, en resumidas cuentas, es una exaltación del individuo (las emociones, las experiencias, la imaginación) contra la razón universal de los ilustrados. Como es dable prever, el Romanticismo tensa la dialéctica entre el goce por el fracaso y el voluntarismo del individuo. Así, abundan obras sobre héroes luciferinos,  las luchas libertarias, personajes trastornados, suicidios, ambientes sobrecogedores y bucólicos; y el amor imposible, sobre todo si la amada ha muerto, por mencionar unos pocos rasgos. Son románticas Frankestein, de Mary Shelley; Las baladas líricas, de Samuel Taylor Coledrige y William Wordsworth; Las cuitas de joven Werther, de Goethe; Los miserables, de Victor Hugo; María, de Jorge Isaac; El matadero, de Esteban Echeverría; Flor, de Juan Antonio Pérez Bonalde; y El cuervo, de Edgar Allan Poe.

Lo primero que querría hacer notar es el lirismo manifiesto de la canción de Radiohead, condición que, como el célebre libro de Coleridge y Wordsworth lo anuncia, es una marca de identidad del Romanticismo. Otros ejemplares de poemas líricos son Al cumplir treinta y seis años, de Lord Byron, y Estrella brillante, si fuera tan constante como tú, de John Keats, en los que  encontramos un sujeto poético ‘yo’, que articula su mundo interior, esto es, la amargura y el hartazgo que se siente cuando los años transcurren en una guerra sinsentido, en el caso de Byron, y la admiración a una estrella, en el caso de Keats. Para dejar esto claro, notemos que este componente experiencial del sujeto ‘yo’ o voz ‘yo’ tan caro al Romanticismo, por las razones arriba anotadas, se distancia de los siguientes versos escritos por los poetas Néstor Mendoza y Alberto Hernández, en los que el foco recae sobre otro objeto: “Detalla la circunferencia irregular/de la fruta y la confunde/con el corazón de su hombre” y “ella camina hacia la puerta de la calle/y se tropieza con el mundo:”

Podemos pasar ahora a puntualizar qué clase de experiencias invoca el sujeto de Creep.  Nos encontramos, como es corriente, con el motivo del amor de la mujer inalcanzable, mujer que se hace más deseable en la medida que es más escurridiza, una mujer, ante todo, como figura idealizada: “When you were here before/ couldn’t look you in the eye/you’re just liken an angel/your skin makes me cry/ you float likea feather in a beautiful world/”(Cuando antes estuviste aquí/ no pude verte a los ojos/ eres como un ángel/ tu piel me hace llorar/ flotas como una pluma/ en un mundo hermoso). Reparemos en la similitud que se establece entre la mujer y un ángel, al punto que el sujeto de la canción se siente incapacitado para ver sus ojos. Cabe considerar, a manera de complemento de esta argumentación, otro poema sobre la mujer celestial, que se eleva por encima del resto. Me refiero específicamente a She walks in beauty, like the night, de Lord Byron, en el que se leen los siguientes versos: “She walks in beauty, like the night/of cloudless climes and starry skies;/And all that’s best of dark and bright/ Meet in her aspect and her eyes:/Thus mellowed to that tender light/ Which heaven to gaudy days denies/”

Por implicación,  el tema del amor imposible nos conduce a ser testigos de la hipersensibilidad del sujeto de la obra estética, característica que parece desentonar con el pragmatismo y el solidificado espíritu positivista de nuestra época. Alguien como el joven Werther sería menos que un bicho raro en este momento. Sea como fuere, Creep nos habla de la piel de la amada que puede provocar el llanto del sujeto. Insisto: mientras alguien sentiría excitación sexual o, cuando menos,  ganas de besar dicha piel, acá encontramos un individuo acosado por las ganas de llorar ante tanta belleza. Por lo demás, uno no puede sino observar el recurrente problema de las coordenadas espaciales. Los románticos, por decirlo de alguna manera, fueron la primera Generación perdida de la literatura, acaso los Beat de su tiempo. Por lo que a la segunda generación de románticos ingleses concierne, todos se exiliaron en otros países de Europa en vista de la creciente industrialización de Inglaterra. En razón de esto, se decantaron por la naturaleza, pese a que esta algunas veces es harto indescifrable, como lo confirman estos versos de La filosofía del amor, de Percy Bysshe Shelley: “And the sunlight clasps the earth/ And the moonbeams kiss the sea:/ What is all this sweet work worth/ If thou kiss not me?/” Dicho en pocas palabras, el sujeto de Creep habita un mundo perfecto, pero del que se siente excluido. Esa es la razón de sus preguntas de corte existencialistas y su autorrepresentación como  ‘creep’ y ‘weirdo’. Desde luego, él no pertenece a ese lugar, de la misma forma que el monstruo de Víctor Frankenstein no pertenece a un lugar en el que su disposición a amar al prójimo es corrompida por la sociedad. Para mayor verificación, recordemos que el monstruo se inspira en el Satán desterrado de El paraíso perdido, de Milton, para reclamarle a Víctor su paternidad irresponsable.

Victor Klemperer, conocido por los diarios en los que registró la lengua del Tercer Reich, mantiene que la  raíz del nazismo puede ser ubicada en el Romanticismo alemán. Su aseveración se basa en el exceso y voluntarismo característicos del movimiento. Adicionalmente, convendría tener en mente el clásico documental El triunfo de la voluntad, de Leni Riefenstahl, obra que registra la voluntad como uno de los valores fundamentales del nazismo. Frankenstein o el Prometeo moderno, por citar un ejemplo, nos cuenta la historia de un hombre empecinado en crear vida. En líneas generales,  Prometeo, el rebelde creador de vida,  es una figura mítica a la que aspiran los románticos. De vuelta a Creep, es notorio que estamos frente a un sujeto que parece aspirar a algo más que el amor de la mujer objeto del deseo, sin que le importe el dolor que eso pueda conllevar: “I don’t care if it hurts/ I want to have control/I want a perfect body/ I want a perfect soul”. Como se ve, estas líneas reflejan la férrea voluntad para soportar el dolor y la búsqueda de algo más amplio que la atención de la mujer.

Se sabe que el movimiento literario conocido como Sturm und Drag (tormenta e ímpetu) es un precursor y, no es arriesgado decir, un apéndice del Romanticismo alemán, sobre todo si tomamos como un hecho las observaciones de Victor Klemperer. En términos de forma, aspecto clave para entender a Creep como una realización estética, hay que señalar que la canción oscila entre la serenidad e intensidad típica de las obras románticas. Un personaje crucial del Romanticismo, aunque no pertenece estrictamente a la época, es el Hamlet shakesperiano, príncipe que se debate entre la hiperactividad y la sumisión a su interioridad, en una muestra contundente de melancolía, mal romántico por naturaleza. Dicho esto, veamos que Creep, hasta el segundo cincuenta y nueve se sostiene con un tono minimalista, no solo en el nivel musical, sino en su letra, pues antes de la palabra cargada ‘fucking’ aparecen palabras que refieren suavidad y calma. Por otra parte, no deja de ser sugestiva la introducción del coro por medio de un enérgico acorde distorsionado, que aunque no estemos predispuestos para las onomatopeyas, puede sonarnos como un trueno, lo cual evoca al Sturm und drag y, si se quiere, a la pintura del artista inglés William Turner, abundante de tormentas y naufragios. En consecuencia, sobra decir, la voz de Thom Yorke fluctúa entre la calma y una intensidad que alcanza un registro casi insondable por medio de los acostumbrados falsetes del cantante.

Creo que fue Borges quien en algún lugar comentó que la vida de los románticos fue incluso más artística que sus propias obras. Lo importante de esta afirmación, por lo que nos atañe, es que se suele asociar las obras del Romanticismo con sus autores, en parte por ese culto al escritor como un Dios-creador, cuyas resonancias explica bastante bien Patricio Pron en El libro tachado. Para los lectores, al menos antes de la aparición de las teorías literarias centradas en el texto, leer un poema de Byron consistía en identificar rastros de la vida del poeta esparcidos entre las líneas. Este aspecto nos importa porque parece haber sido la causa de que Radiohead dejara de cantar Creep por largos años. Es decir, la asociación de la canción con la vida personal de Yorke, quien, como sabemos, ha padecido una ligera desfiguración del ojo, llevó a la banda a dejar Creep a un lado de los repertorios que llevaron a cabo por muchos años, al punto de que referían a ella como ‘crap’ (excremento). En cualquier caso, para nuestra buena fortuna, Radiohead ha hecho las paces con su canción.

La creencia popular dicta que el presente alumbra el pasado para que lo entendamos mejor. Aunque escribo sobra la estética romántica en la canción Creep, no paso por alto el minimalismo-estridencia de la canción Smells like teen spirit, de Nirvana; las tempranas muertes de Shannon Hoon, Jonathan  Melvoin, Layne Staley, Brad Nowell y Cayayo Troconis por sobre dosis de droga (Shelley, Keats y Byron murieron muy jóvenes); el arte del perdedor de Beck: “I’m a loser, baby, so why don’t you kill me”; los suicidios de Kurt Cobain y Michael Hutchence; las fusiones entre géneros; la abejita excluida de Blind Melon; el surgimiento del neopunk, el género de los marginados; y el tributo de The Cranberries a W. B. Yeats, poeta enormemente influenciado por Shelley, como lo señala Harold Bloom en La anatomía de la influencia. Quizá algo de los noventa, en cuanto a su música, fue genuinamente romántico, quizá, si lo entiendo bien, Creep fue un síntoma.

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Maikel Ramírez. Profesor en la Universidad Simón Bolívar (USB). Narro y escribo artículos sobre la literatura, la lengua, el cine, la música y otras cosas de la cultura. Textos míos han sido publicados en Letralia, Ficción Breve, Sorbo de Letras y en el suplemento cultural del diario aragüeño El Periodiquito.

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