Cuatro poemas de Beatriz Alicia García (Venezuela, 1966)

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Vaqueros de consola

Ofrecen
amor virtual,
desnudos de tiempo y espacio,
voraces
cabalgan
por la Red.
Neo 
te espera
en la próxima conexión,
conéctate
pronto,
conéctate
a cualquier hora,
navega con él
en mundos paralelos,
conéctate, vamos,
transpórtate,
Spock también te espera,
el Capitán Kirk también te espera,
los mutantes
esperan por ti,
conéctate
antes del Conflicto Final,
cariño.
Sé todas las mujeres posibles,
todos los tipos rudos posibles,
todos los jóvenes ansiosos,
todos los héroes de la galaxia,
todos los sueños expandiéndose,
haz click aquí,
haz click conmigo,
haz click,
es muy fácil.
Yo estoy
en todas partes, nena,
esperándote.

 septiembre 2011

***

 Julius, ¿estás ahí?

Cuando se colocó el casco
luego de entrar en la interminable galería,
pensaba
si Julius estaría ahí,
si Julius estaría conectado,
se lo había prometido,
como en tantas ocasiones
la acompañaría en esta nueva aventura.
No había nadie
esperándote,
ni siquiera un robot
de primera generación,
sólo estrechas puertas transparentes
y un botón junto a ellas.
Por un instante
dudó,
una sombra de temor
atravesó su mente y su cuerpo,
tocó el botón,
escuchó la voz femenina que decía:
“clave, por favor”.
Se incrustó el chip,
volvió a tocar el botón
y la puerta corrediza se abrió,
volviendo a escucharse la voz:
“adelante”.

Volvió a preguntarse:
“Julius, ¿estás ahí?”
mientras entraba.

septiembre 2011

***

Sidharta vendrá

Sabía
que iba a venir,
la conocía bien,
la conocía de siempre,
habían crecido en el mismo barrio,
la esperaba,
detrás de su cabellera fucsia
había inteligencia
y espíritu de aventura.
Juntos
habían ingerido la primera píldora
de conexión acelerada,
juntos se habían hecho el primer tatuaje
y el primer piercing.
Sidharta estaba lista
para entrar en el Laberinto.
Julius tocó el botón
y se incrustó el chip,
entró a la cabina
y se colocó el casco.
En ese momento millones de personas
entraban en el Laberinto,
en ese momento
Sidharta hablaba con Chao Kun
y le pagaba por la información.
New York se había vuelto predecible,
había que escapar,
cuando te conectabas
era como ir pisando el acelerador
a una velocidad fabulosa,
era cuestión de relajarte
y entregarte sin temor a la adrenalina,
entrar en tu avatar,
previamente construido por ti
en la pantalla.
Sidharta sabía su ID,
lo identificaría fácilmente.
Recordó un antiquísimo poema
de un poeta de Alejandría:

“Cuando emprendas el viaje hacia Itaca,
ruega que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
A los Lestrigones, a los Cíclopes
o al fiero Poseidón, nunca temas.
No encontrarás tales seres en el camino
si se mantiene elevado tu pensamiento y es exquisita
la emoción que te toca el espíritu y el cuerpo.
Ni a los Lestrigones, ni a los Cíclopes,
ni al feroz Poseidón has de encontrar,
si no los llevas dentro del corazón,
si no los pone ante ti tu corazón”…

septiembre 2011

***

El Laberinto

El Laberinto
es engañoso.
Se parece a tu deseo,
se adapta a tu avatar,
te sumerge
en una confortable sensación
de lugar conocido,
a tu imagen y semejanza.
Calles de piedra
si pediste armadura
y trocaste altas torres de concreto
por castillos,
tendrás buenos lances y torneos,
pero cuando la noche llegue…
mejor que no te encuentre
en el bosque solitario
solo/sola con cansancio y sin antorchas.
Si te transportas
a desconocidos planetas…
como Sidharta…
abre con cuidado
las puertas del sueño,
en la noche iluminada
de estrellas
puedes ser un sexy varón aventurero
intergaláctico,
pero una asesina en serie
puede colarse,
ups, en el Laberinto, y seducirte,
o un niño perdido
que pide tu ayuda
puede llevarte a pasear
por túneles sin fin.

La invitación de Julius
a trasvertirse en el laberinto
le pareció atractiva a Sidharta,
ella sería un él
y él sería ¿una fémina?
o ¿quería que él siguiera
siendo un él?
“Sorpréndeme Julius,
dijo ella, me adaptaré
a lo que escojas,
pero yo seré un él, un hombre.
Y quiero entrar
en el programa de ciencia ficción
galáctico”.
Así se borran fronteras,
uno cree delimitar
la realidad del juego,
la realidad del sueño,
pero todo es parte
de una misma red
impredecible:
la vida y sus juegos
exaltantes,
la vida y sus trampas rizomáticas.

 

***

Beatriz Alicia García (Caracas, 1966) Poeta, licenciada en Letras y  Magister en literatura venezolana.

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