Dos textos de Michael Benitez Ortiz

Fin Dac

Fin Dac

 

Con-versación entre-sueños

6 de la tarde. La noche empieza a caerse de culo contra el mundo como un perro negro que se resbala en las babas que salen poco a poco de sus bocas llenas de palabras repetidas y cansadas, “has de saber, amigo, que ya todo está dicho y hecho y que cualquier intento de creación es vano, por lo tanto sólo es importante saber jugar el ajedrez ya creado y no tratar de inventarle nuevas fachadas a las torres, ni piojos a los caballos…”. El cielo ha sido decapitado y cae la luz de las estrellas contra el pavimento, como piñas maduras. Todo es caída y la gravedad es cómplice de todos lo ahorcados. “Es cierto, todo está hecho… pero mal”

En la soledad la música ilumina con bombillos puntiagudos las paredes de humo. El semáforo está en rojo serpiente naranja naranja verde mariposas negras salen cuando explota la luz. “Nada de mal, si tú lo ves así es porque eres un peón”. Un grito en un callejón en medio de mil edificios, donde todas las manos rompen, a puñetazos y al mismo tiempo, los vidrios de la noche para llamar las ambulancias marcando el número que comienza a surgir de la sangre con los picos de los pájaros nocturnos. “Pero recuerda que sólo un peón puede salvar la reina”

Las ratas juegan a las cartas a imagen y semejanza de los hombres, de sus dioses malditos, mata-siete, trampas con queso podrido, nevera abierta.

El miedo es el motor del mundo o por lo menos su gasolina, o su jinete, o… “sí, ¿y qué importa si sólo el rey le puede hacer el amor?”. Las pesadillas de las máquinas de escribir las sueña la lluvia de cabeza.

Un hombre se mete al baño a cagar mientras medita sobre si hace el amor a su mujer o si al contrario el amor es quien los pone en cuatro a los dos. Piensa en escribir un poema con esa idea pero mira la caneca de la basura llena de papel higiénico untado de mierda y se arrepiente de su redundancia.

La noche aspira quitarse medio cuerpo, del ombligo para abajo, el amor necrófilo recoge del desierto la media noche inerte y se hace verbo. En el billar de la esquina el reloj está fatigado por correr tanto, con la pila deshidratada, pero no puede dormir y el cansancio le hacer ver que…“Pero el que mata el rey gana la partida”. (Le dice al mismo tiempo que descarga sobre su pecho 5 balazos).

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El ángel que protege los balones es el mismo
que esconde las medias

El balón pasa ileso por debajo del carro, protegido por algún ángel mueco. El día está caliente, metido en una licuadora negra. La gente se reúne los días como hoy en el parque y mira desde las tribunas partidos de micro fútbol, mientras enfría sus cuerpos con bonices de guanábana o de mango. Yo no sé de dónde sacarán esos nombres con que bautizan sus equipos: Los troncos del balón, La uchuva mecánica… Queda demostrado que los colombianos tienen la imaginación muy amplia, aunque sólo se haga evidente a la hora de ponerle nombres a sus equipos de micro fútbol o ingeniarse nuevo métodos de tortura en las festivas y cotidianas masacres. Yo, por mi parte, deseo olvidar de todo un poco y comulgar con el aire con bonice de mandarina. Entonces uno se sienta, escucha gritos, háganle, duro con esos hijueputas, y se asfixia con esos cuerpos aburridos de domingo por la tarde. No hay nada interesante, excepto que no llueve, ni agua ni goles, ni mierda.

El domingo agoniza con resaca la semana, padece y se queja por no poder morirse para siempre. Somos poca cosa en la cárcel de los almanaques. El aburrimiento, no miento, no mata sino mutila. Abro los ojos y veo como la cancha suda por sus abiertos poros de cemento.

Nada interesante, ni un pájaro que hable, ni un suicidio en los periódicos… el suicidio –—pienso— es como hacerle un autogol a la vida. Las caras son muy repetidas, parecen imágenes de billetes falsos (¿pero, acaso, hay billetes que no lo sean?)… El gol no es ningún orgasmo, o sí pero masturbándose en canchas con las uñas sucias…

El partido termina, el ángel mueco se masturba con su aureola. Suena el disparo de una bala que no quiero que me encuentre o el balón debajo de algún carro.

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Michael Benitez Ortiz (Bogotá, 1991). Autor de un libro de poemas: Papeles para leer en el retrete (Ediciones Con tinta ebria. Bogotá, 2014)  y de uno de cuentos titulado Bogotrash, resultado de ser ganador del primer premio del Concurso Internacional de Narrativa Palabra Sin Frontera, en Argentina (2014). Co-dirige la editorial Ediciones Con Tinta Ebria.

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