Sumisión (2015), de Michel Houellebecq; por Maikel Ramírez

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La noticia sobre la publicación de la nueva novela de Michel Houellebecq fue revelada poco tiempo después de que un grupo de terroristas islamistas perpetró el atentado en el que murieron doce miembros del semanario Charlie Hebdo.  Se anunció que la obra de Houellebecq estimularía la polémica sobre el fundamentalismo islámico, lo que hizo pensar, por supuesto, que el escritor francés se convertiría en un blanco de los terroristas, un perseguido a la par de Salman Rushdie. Sin embargo, con todo y su indiscutible referencia al islam y la visión distópica que ofrece,  uno puede decir que Sumisión apunta en otra dirección. Arriesgaría afirmar que hasta formula la idea contraria a la que había circulado por los medios de comunicación social.

            Por medio de elipsis que hacen avanzar el tiempo en una Francia caldeada políticamente, Sumisión se centra en François, profesor de literatura en la Universidad de París III y experto en Huysmans, cuya vida se muestra vaciada de interés por las relaciones amorosas, por el contacto con sus colegas y la sociedad y, principalmente, por las luchas políticas que van sucediendo a su alrededor entre partidos de derecha, izquierda, nacionalistas radicales  y el sector islámico.  Vemos que solo la literatura puede aminorar la apatía de François hasta el momento que se hace consciente de la coyuntura histórica que vive: Mohammed Ben Abbes, líder de la Fraternidad Islámica avanza en su carrera hacia la presidencia de Francia y, de acuerdo a los reportes de otros personajes, a convertirse en la persona más influyente de la política Europea. Finalmente, Ben Abbes obtiene el triunfo e inicia una serie de cambios, que, a juzgar por lo que relata François, devuelven a Francia a un estado de bienestar, pese a representar una ruptura radical, como ocurre en lo referente al papel de las mujeres en la sociedad. La novela cierra con la conversión de François al islam.  

            Contemplada bajo esta luz, Sumisión nos hace recordar la tesis formulada por el Profesor de Harvard Samuel Huntington en su polémico best-seller El choque de las civilizaciones y la reconstrucción del orden mundial de acuerdo a la cual, tras el derrumbe del comunismo soviético, los nuevos conflictos bélicos serían propiciados por factores culturales, no por las ideologías que fueron hegemónicas durante la Guerra Fría. Para decirlo en términos concretos, Occidente, anotaba Huntington,  había entrado en una fase de decadencia, en tanto que Oriente, sobre todo las naciones islámicas, empezaba un crecimiento progresivo que, al final del día, daría paso a un nuevo orden mundial. Los datos que aportaba Huntington eran tanto más preocupantes cuanto que comparaba este declive con el de los diferentes imperios a través de la historia.

            De manera similar a la exposición efectuada por el Profesor Huntington, los filósofos Slavoj Žižek y Michel Onfray han mostrado preocupación por la decadencia de un Occidente cada vez más resuelto a entregarse a los placeres materiales, carente de convicción para emprender las grandes causas de la humanidad e impulsado a alcanzar el máximo desarrollo científico y tecnológico. Según Onfray, quien es convertido en uno de los personajes evanescentes de la novela, dicho sea de paso, existen civilizaciones que aspiran a maneras diferentes de consumir y de espiritualidad, esto es, formas de existencia trascendentes. La misma idea la encontramos en El arte de la novela, donde Milan Kundera sostiene que el Quijote cervantino, con su pasión y su locura, surge como antídoto contra el cientifismo imperante en Europa. En Latinoamérica, por otro lado, el escritor Leonardo Da Jandra entrevé que la fiesta y el rito característicos de la mexicanidad representan  la sobrevivencia de  España. Para Jandra, así como para Onfray, existe una noción de absoluto que se aleja progresivamente de los valores materialistas que cimientan a Europa.

            Sumisión pone en el paredón a un Occidente cuyos valores agónicos solo pueden ser reemplazados por los de la religión musulmana, que, a todas luces, se muestran más estables y logran enmendar diversos escollos de la sociedad francesa. Un caso iluminador lo encontramos en este fragmento, en el que François contrasta el estado anterior de la universidad donde trabajaba con su estado actual: “En mis tiempos, las salas de recepción de la Sorbona, que contaban con cierta reputación histórica y una dirección realmente prestigiosa, nunca se utilizaban para festejos universitarios, sino que a menudo se alquilaban, a tarifas indecentes, para desfiles de moda y otros eventos mundanos…” argumentaciones como esta son recurrentes en la novela, o, cuando menos, el lector las elabora a medida que encuentra situaciones similares. De manera que acusar al libro de islamofobia, lo que, al mismo tiempo, supondría hacerle el juego a la derecha radical, es perder la pista de su verdadera preocupación.

            En su sobresaliente ensayo Manifiesto ateo: el caso contra el cristianismo, el judaísmo y el islam,  Michel Onfray advierte que el problema con el derrumbe del cristianismo es que hemos pasado por alto formar una nueva ética. En cambio, nos hemos encerrado en un nihilismo que nada resuelve. Me figuro que es lícito aplicar esta idea a la novela de Houellebecq por cuanto la decadencia que atestigua François cede ante valores nuevos que, en buena medida, representan un retroceso, como resulta ser la concepción de la mujer como ama de casa y la imposición del velo sobre su rostro.

            Se dedujo inmediatamente que el ataque terrorista contra Charlie Hebdo se debió a las caricaturas en las que el semanario se burlaba de Mahoma. Entender esta reacción posiblemente pase por complementar la visión de pesadilla que dibuja Sumisión con otra novela publicada recientemente y también ambientada en Francia: La fiesta de la insignificancia, del escritor checo Milan Kundera, en la que leemos estas líneas sobre una amarga broma que Stalin solía gastarle a los miembros de la nomenklatura: “!Él, el gran héroe de la verdad, escupiendo de desprecio! Era una escena profética. Anunciaba realmente un tiempo nuevo. ¡El crepúsculo de las bromas! ¡la era de la posbroma!”

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Maikel Ramírez (Venezuela). Profesor en la Universidad Simón Bolívar (USB). Narro y escribo artículos sobre la literatura, la lengua, el cine, la música y otras cosas de la cultura. Textos míos han sido publicados en Letralia, Ficción Breve, Sorbo de Letras y en el suplemento cultural del diario aragüeño El Periodiquito.

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