Instrucciones para robarse un libro, por Danny J. Pinto Guerra

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A propósito de la XLI Feria del Libro en Buenos Aires

Cuando realmente se quiere un libro, ya sea para leerlo o simplemente tenerlo en tu inestimable colección personal de posesiones que agarrarán polvo sobre algún mueble, solo hay tres maneras sencillas y efectivas para llegar a ese caro objetivo: comprándolo, recibiéndolo como obsequio, o robándolo.

Hay libros de libros, libros que se leerán una sola vez pero imposibles de regalar o desechar, libros que son ediciones únicas o que tienen un valor especial y que a veces no resulta de imprescindible lectura, libros que leerás, masticarás, diseccionarás, llevarás en viajes, y que nunca estarán a más de dos metros lejos de tu cama, libros que se leen de fragmento a fragmento y que aunque no sean tan largos se hacen eternos e infinitos en palabras, y así la lista se haría interminable para clasificar el trabajo (o no) de autores y/o compiladores.

Lo cierto es que cuando se desea con muchísimas ganas un libro que has visto —supongamos, en una biblioteca—, haces lo que sea para obtenerlo y no te resulta un crimen querer robarlo, más bien encuentras en esa situación la posibilidad de hacerte más virtuoso por darle o alargarle la vida a un objeto inanimado pero lleno de sangre negra, cuerpos blancos, amarillentos, coloridos y descoloridos, pero sobre todo, esperando por manos intencionadas. Estás por encima de todo mal o bien cuando te robas un libro. Ése que has visto en la biblioteca —supongamos, de un colegio— es un prisionero en una cárcel de anaqueles metálicos, a veces de madera. No sabemos si está a gusto al lado de otros, que como él, hombro a hombro se apretujan de un lado y otro, y que también pudieran querer ser liberados. Para robarse un libro se debe tener la absoluta convicción de que no es un vil y rapaz acto de hurto sobre algo que no es tuyo, sino más bien una heroica emancipación.

Por más que el libro quiera que lo tomes y te lo lleves rápidamente, no puedes así como así. Si el libro estuviera a punto de ser ejecutado en la horca y tú anduvieras a caballo, sería diferente y el rescate se realizaría con mayor arrebato y viveza. Pero este no es el caso. Estás en la biblioteca de tu colegio —uno católico— por lo que es muy importante para la consciencia y la moral tener presente que no es un crimen, mucho menos un pecado. Debes ampliar tu visión, catequizarte con un dogma que acabas de inventar en el que eres el prócer de la biblioteca, un redentor literario. Pasas un par de veces por el pasillo, verificas que estés solo, es un despeñadero oscuro, peligroso, lleno de nombres y hombres que sólo pueden azuzar tu mente, por lo que ágilmente tomas el ejemplar que quiere ser salvado. Te aseguras de llevarlo contigo y creas una distracción. Otro libro pudiera ser una manera de darle al bibliotecario razón para su incomprensible existencia, y mientras anota en una ficha el que llevarás prestado, tú sonríes maliciosamente por el acto homérico que estás a punto de cometer. Odiseo y Diómedes deben sentirse orgullosos de semejante hazaña —te dices a ti mismo—, y una vez transcurrido uno de los motivos de vida del bibliotecario, te retiras con presteza y vasto orgullo a tu casa. Una nueva prisión aguarda a ese libro, que no lo sabe, ni se lo puedes hacer saber, ni tú mismo debes saberlo. Ambos deben estar convencidos de que no existe un ciclo libreico y que la historia no se va a repetir, o al menos no en este caso. Lo malo es que tu biblioteca ahora se ha convertido en una penitenciaría en la que todos gritan y profieren alaridos sordos por salir y ver el sol una vez más. El héroe también puede ser un centinela.

 

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Danny J. Pinto Guerra (Caracas, 1988). Reside en Buenos Aires, Argentina. Cursa estudios de Letras en la Universidad de Buenos Aires (previamente en la Universidad Central de Venezuela) Profesor de idiomas, traductor y narrador venezolano. Influenciado notablemente por lecturas clásicas, la academia y un lenguaje coloquial que lo ubica en un contexto en el que  resuenan voces del exilio, distopías y lo ambiguo, tanto por una sobriedad en su estilo como por los mismos elementos tragicómicos de las sociedades latinoamericanas.  Motivado por la necesidad de la comunicación en todo ámbito desde su estadía en Japón, se dedicó a estudiar lenguas modernas desde la literatura universal. Inglés desde un Dickens o un Hemingway, francés desde un Saint-Exupéry, sin dejar de lado a autores coterráneos como Cabrujas o Ramos Sucre,  quienes marcarían una constante disertación en su narrativa fervorosa. Ha publicado artículos de opinión y narrativa breve en Letra Inversa, Revista del domingo del diario Notitarde y en la revista Esta! de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

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