Nadie está libre de pecado, por Benjamín Salas Sadler (Chile, 1995)

Alessandra de Cristofaro

Alessandra de Cristofaro

Nadie.

Nadie vive en una país pobre y violento, de nombre Nada, de saqueo y abandono, de un mandatario democráticamente corrupto, de escasas opciones de trabajo, de rechazo e impotencia, de jóvenes y niños.

Nadie tiene seis hermanos y una hermana, su padre y su madre se fueron a buscar una vida nueva, una vida mejor.

Nadie esta solo, sus hermanos se fueron y su hermana fue la única que encontró trabajo como la mejor prostituta menor de 18 en la aldea, ella también se fue, en dirección a la costa, hacia los turistas.

Nadie quiere la violencia y la quiere ahora, quiere que lluevan balas como las que esquivó cuando niño, gruesas y rápidas, quiere tanques blindados destruyendo tu casa, quiere mísiles esquivando tanques y balas hasta alcanzar tu suicidio, Nadie quiere a todos muertos.

Nadie hace lo que quiere, si le da sueño se tira bajo un árbol, si le dan ganas de correr, corre, si le dan ganas de follar, viola, si le da hambre deambula por las calles de tierra buscando algo que comer o algo que robar, para quizás vender o cambiar por algo de comer.

Nadie es feliz, aunque el agua esté contaminada, aunque no sepa leer, aunque esté solo, aunque el diablo lo visite cada amanecer bajo el cielo rojo, aunque la serpiente le roce los pies, aunque la lluvia lo menosprecie, aunque la noche sea oscura, aunque Nadie vea la realidad.

Nadie se preocupa del camino, arriba del camión en dirección al norte, olvidando todo mientras mira la cara joven de este chico que le dice “Tengo un tío al otro lado de la reja, ¿a quién tienes tú?”

Ahora Nadie vive en el bosque, a unos 300 metros de la reja, de las cuchillas, de las púas, de los bastones, a 300 metros de Melilla, a 3.765 kilómetros de la Nada, a 301 metros del cielo azul, de la arena blanca, de un nuevo nombre, a 5 pasos de su carpa.

Nadie soporta los golpes, las patadas, los gritos. Nadie alcanzó la reja, pero no el otro lado y ahora tiene los brazos morados, las costillas rotas, los oídos saturados de palabras árabes que no entiende, pierde los sentidos y cae al suelo del viejo hospital.

Nadie insiste sin cansarse así que volvió al bosque, sus brazos ya sanaron, sus costillas no las siente. Hoy a las 7:30 pm esa reja se va a romper del peso que tendrá encima, aunque la levanten mañana y muchos vuelvan al bosque, esa reja va a caer.

Nadie lo logró, Nadie recorrió miles de kilómetros, saltó una reja, cayó del otro lado y ahora se llama El Inmigrante. Ahora El Inmigrante es importante, El Inmigrante sale en la televisión, en los diarios y en Internet, El Inmigrante viene de un país pobre, El Inmigrante es importante para los presidentes y los obreros, para las mujeres y los niños, para el Papa y el Dalai Lama, El Inmigrante nos importa. El Inmigrante es un problema sin responsables, un problema sin solución, sin memoria, que aparece y desaprece a los ojos del lector.

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Benjamín Salas Sadler (Chile, 1995). Estudiante de Sociología en la UBA. Viajé solo por Nueva Zelanda en el año 2014 donde aprendí que no me gusta trabajar, decidí estudiar y ahora me doy cuenta de que no me gusta tanto estudiar, prefiero escribir. El ultimo de cinco hermanos de padres con buen gusto y estilo.

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