Distrito P, por Armando Montero Rivera (Venezuela, 1989)

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Crea en Dios, repita: Sangre de Cristo protégeme, manto de María cúbreme.

Al salir del metro esté atento a los caballos que pueden tropezarle en su afán de subir las escaleras, utilice la salida más iluminada o que esté más cerca de un módulo policial y jamás camine por la acera. Repita: Sangre de Cristo protégeme, manto de María cúbreme. También, si gusta, cante, porque el que canta su miedo espanta. Evite mirar hacia atrás, métase entre el gentío así se sentirá acompañado. Cuando vea a alguien extraño con apariencia de ladrón, en su mayoría jovencitos delgados de franelas blancas y gorras, controle su adrenalina y rece con más fuerza: Sangre de Cristo protégeme, Manto de María cúbreme.

Hágase el loco, ponga cara de bravo y pregúntele: “¿Qué pasa?” Y mentalmente: Sangre de Cristo protégeme, Manto de María cúbreme. Preferiblemente, tenga un teléfono alternativo a su smartphone cuando el peligro aceche. Haga como si responde una llamada o un mensaje de texto, haga ver que tiene un “perolito”.

Evite guardar en su cuerpo el teléfono inteligente, los jovencitos de franelas blancas saben dónde buscar. Elija las bolsas de mercado, la lonchera, lo más profundo de un morral. En estos lugares no llegaran con facilidad teniendo en cuenta que un atraco dura menos de un minuto. Pero si lo que quiere es sentirse libre no lleve consigo ese teléfono costoso y tenga una billetera alternativa con lo básico: la cédula, sencillo y un ticket de metro. ¿Fácil, no?

Tenga cuidado con los cabecitas negras en dos ruedas que recorren cada espacio de la ciudad a toda velocidad, llenando de miedo a los transeúntes. Al verlos piense: Sangre de Cristo protégeme, Manto de María cúbreme. Cédales el paso y no los mire a los ojos, puede ser letal.

Disfrute el clímax que produce sobrevivir luego de cruzar debajo de un elevado tenebroso, lleno de buhoneros borrachos e iluminado por una escasa luz amarilla. Siga su camino por el medio de la calle, con pasos largos y actué como si la camioneta lo está esperando para arrancar. Ya adentro pague con sencillo, salude y muera de nervios pensando que alguno de los pasajeros puede ser un asaltante. Sangre de Cristo protégeme, Manto de María cúbreme.

Ir sentado o de banderilla es mejor que esperar en la calle oscura la siguiente camioneta pensando que el atracador puede llegar en cualquier momento. Colabore con los pedigüeños, nunca se sabe si lo pueden robar por no darles dinero. Escuche las conversaciones ajenas o lea lo que le escribe su compañero de asiento a Zoleima en un mensaje de texto: “el secreto es que esta mañana me mastb pensando en ti” (todo un ejercicio descifrar esa abreviatura).

Pida su parada con antelación y sujétese fuerte con lo que encuentre porque lo que viene no es un freno, sino un latigazo. Pida permiso, aunque no lo escuchen, baje con cuidado y luego de caminar una pendiente que lo deja sin aliento, ya en su casa de gracias a Dios que por lo menos hoy llegó a salvo. Si vive con su madre, por su bien, no le cuente lo vivido.

Ya lo decía Cabrujas que esta ciudad pertenece al ámbito destrucción.

 

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Armando Montero Rivera. Caracas, Venezuela (1989) bibliotecólogo ha tomado clases de escritura creativa, edición de libros y fotografía. Sus textos establecen un dialogo entre el individuo y la ciudad. Una vida entre libros y fotografías de otros.

@TitojMontero

3 comentarios en “Distrito P, por Armando Montero Rivera (Venezuela, 1989)

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