El animal intacto (2015), de Enza García Arreaza; por Maikel Ramírez

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“It is a lovely thing that we have
It is a lovely thing that we
It is a lovely thing, the animal
The animal instinct”

(The Cranberries: Animal instinct)

La lectura del más reciente premio Pulitzer en el renglón de periodismo investigativo, el libro La sexta extinción, de Elizabeth Kolbert, nos deja claro que imponemos un entramado cultural sobre nuestra naturaleza animal con objeto de mitigar el hecho de que podríamos ser barridos de la Tierra por cualquier evento contingente, o provocado, como ha ocurrido con otras especies que habitaron el mundo en estos millones de años de existencia. Esta esencia bifronte, natural y simbólico-cultural, a mi parecer, encuentra su correlato en El animal intacto, primer poemario de la escritora venezolana Enza García Arreaza,  publicado por      Ediciones Isla de Libros.

            Apresurémonos a apuntar que lo simbólico-cultural se manifiesta en la presentación del libro y en la composición formal de cada pieza poética. Por un lado, topamos con una edición visual y táctilmente delicada, que se inicia desde la portada y que, a medida que incursionamos en la lectura,  se reproduce en páginas deleitables al roce del lector; por el otro lado, la escritora moldea cada una de las piezas con la brevedad y los elementos compositivos de las fábulas, a saber, animales como personajes y bosques como coordenadas espaciales. La condición de fábulas de estos poemas, igualmente, cuenta con el apoyo sustancial de las espléndidas ilustraciones realizadas por la propia autora. Estos dibujos llevan la impronta de la ternura y la candidez. Encontramos, por citar un par de ejemplos, un simpático zorro boquiabierto y un león de ojos enormes y con una sonrisa desplegada en la cara, animales que han dejado de representar su ferocidad del mundo real. Los elementos antedichos, por así decirlo, nos arrojan a un mundo dulce y frágil, el reino de lo imaginario en  el que no parece haber espacio para la vulnerabilidad.

            No obstante esta puerilidad y simpleza de la forma, Enza García Arreaza habla desde la emotividad que atraviesa las entrañas, desde la voz que con filo resquebraja el tejido de las piezas a las que he hecho referencia y desde el sustrato más básico e instintivo de la existencia humana.  La poeta confronta la muerte, la sexualidad, la violencia y la maternidad, entre otros asuntos, sin tapujos de ningún tipo. La cajita de música, quién dijo que no, puede guardar la caja de Pandora. Veamos este primer poema que nos recibe con un mazazo por lo paradójico e inquietante que puede resultarnos lo subterráneo que hay en las relaciones intersubjetivas: “Quienes aman que estés vivo/ a veces sienten miedo/ lo vivo es asedio/ lo vivo puede ser salvaje”. Leamos este caso ilustrativo de una desmitificación: “No sé si cada cien años/ se levanta el pueblo/ sólo me consta que cada cien años/ viene un lobo/ y siente pena por los sobrevivientes de la masacre”. Aquí va un ejemplo de cómo se despoja la maternidad del discurso sobre el que reposa y funciona habitualmente: “Todas las madres/ se parecen un poco a William Blake/ porque ser madre es tener visiones/ y comerciar con los ángeles funestos/ pensé/ que uno debe desconfiar respetuosamente/ de aquella mujer que se abrió/ para dejarte solo en el mundo”.

            Llegado este punto, es inevitable pensar que, en cierta medida, Enza García Arreaza es tributaria del Blake de Canciones de inocencia y experiencia, admirable poemario que descuella por contener poemas de pocos versos y por un simbolismo centrado en elementos simples, como se puede inferir de la dualidad del propio título. Ni que decir tiene que el poeta inglés también era un dibujante destacado, como lo demostró con sus ilustraciones de El paraíso perdido, de Milton, y La divina comedia dantesca. Para ampliar las analogías, diría que El animal intacto puede medirse con El Gran Hotel Budapest, del director Wes Anderson, a cuenta de que este filme es un hermoso cuento de hadas en el que repentinamente se cuelan la enfermedad, la muerte y el mal en sus vertientes totalitarias, y cuyo viraje  decisivo se manifiesta por medio de un plano en blanco y negro, cuando (por elipsis) fusilan a Monsieur Gustave. En otros términos, tanto el mundo de ensueño construido por Anderson como el suave conjunto poético compuesto por la escritora venezolana son rasgados por una materia real y primitiva.

            Se cuenta que en su exilio en Francia tras salir de la cárcel Oscar Wilde le confesó a Gide que había querido conocer el lado oscuro del jardín. Con su belleza y su horror, su inocencia y su experiencia, y su sutileza y su aridez, El animal intacto refrenda la idea de Wilde según la cual la belleza del jardín se sostiene y funciona sobre su negación, como lo expresa este fulminante verso: “el cuerpo es el hábitat de la muerte”.

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Maikel Ramírez (Venezuela). Profesor en la Universidad Simón Bolívar (USB). Narro y escribo artículos sobre la literatura, la lengua, el cine, la música y otras cosas de la cultura. Textos míos han sido publicados en Letralia, Ficción Breve, Sorbo de Letras y en el suplemento cultural del diario aragüeño El Periodiquito.

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