Chicas muertas (2014), de Selva Almada; por Maikel Ramírez

9789873650314

“Crawling in my skin
These wounds, they will not heal”
(Linkin Park: Crawling)

“Todo cuerpo odia el desgarro
Toda ausencia es un primer auxilio”
(Oriette D’Angelo: A los hombres no les gustan las mujeres rotas)

 

Hay un segmento del filme Backyard: el traspatio, del director mexicano Carlos Carrera, en el que vale la pena detenerse antes de continuar: la agente policial Blanca Bravo (Ana de la Reguera) desciende hasta un depósito ubicado en el desierto de ciudad Juárez e imagina que las mujeres que han desaparecido cuelgan como carnes de res. Conceptualmente hablando, esta imagen metafórica nos interesa no solo por la violencia contra el cuerpo femenino, sino por su concepción más primordial y metonímica. Dicho con otras palabras,  la escena representa a la mujer como un trozo de carne del que cualquier indicio de subjetividad ha sido borrado y que, por consiguiente, puede ser desechable. Esta idea, ya se verá, es oportuna para acometer la lectura de la novela Chicas muertas, de la escritora argentina Selva Almada, publicada por Literatura Random House.

            Apelando a datos biográficos y al recurso de la no ficción que tan bien glorificó Truman Capote con A sangre fría, la novela de Almada se ocupa de los asesinatos de tres adolescentes, Andrea, María Luisa y Sarita, ocurridos en las provincias argentinas durante la década del ochenta.  Al mismo tiempo, la novela calibra estos hechos brutales con los no menos atroces asesinatos de mujeres que se van filtrando en la memoria: “durante más de veinte años Andrea estuvo cerca. Volvía cada tanto con la noticia de otra mujer muerta. Los nombres que, en cuentagotas, llegaban a la primera plana de los diarios de circulación nacional se iban sumando…”.

            Para el escritor mexicano Sergio González Rodríguez, de cuyos artículos bebió Roberto Bolaño para escribir la parte de los crímenes de 2666 y quien también aparece como un personaje en esta novela, los asesinatos de esta naturaleza se producen impunemente bajo el amparo de una máquina del femicidio, que se compone de: “odio y violencia misógina, machismo, el poder y la reafirmación patriarcal que toma lugar a los márgenes y dentro de una ley de complicidad entre criminales, la policía, el ejercito, los entes gubernamentales y los ciudadanos” la narración de Almada, ante todo, permite aglutinar los asesinatos dentro de la categoría femicidio, concepto desconocido en la época y el lugar donde los hechos relatados ocurrieron, con el fin de estrechar sus conexiones y entender retroactivamente el fenómeno de la violencia contra la mujer.

            A contravía de la narración, la memoria y los conceptos mencionados, la propia novela, repetidamente, formula sus propios traspiés. Notemos, por ejemplo, la información peregrina que suministran algunos de los testigos y los escasos datos sobre las investigaciones. Otro ejemplo de impotencia es el título de la obra, puesto que, en virtud de ser más precisos, debería hablarse de chicas asesinadas, lo cual, en efecto, pondría de relieve la agencia en las acciones violentas contra las adolescentes. Por último,  encontramos que los personajes echan mano de una mujer que lee las cartas para poder saber acerca de las muchachas asesinadas, maniobra que delata el fracaso en encontrar respuestas por vía de las instancias  racionales y legales, recurso análogo al que condiciona a varios de los personajes de Negra, novela de Wendy Guerra en la que la santería se impone sobre las soluciones políticas.          

            Hace poco, en Venezuela se supo de la monstruosa violación y desmembramiento de la ciudadana Liana Hergueta, hecho insólito por sus características poco recurrentes en el país[1]. De pronto, para el espasmo de todos, pasamos de un acto femicida real a un presunto magnicidio que, a su vez, mutó a un plan de homicidio contra Daniela Cabello, hija del presidente de la Asamblea Nacional. En cuanto a esto último, es visible que el tratamiento que recibió la joven Cabello por parte de los organismos gubernamentales y los medios de comunicación del Estado, con sus anclas y opinadores de oficio, contrasta con la borradura de Hergueta en su condición de víctima efectiva de la violencia. He allí algunas de las razones por qué leer Chicas muertas: darle nombre a la víctima del femicidio, contar su historia para el resguardo de la memoria colectiva y evitar encarecidamente el montaje de máquinas del femicidio indiferentes o agentes de la violencia.

[1] Sin embargo, la Profesora Ana María Ramírez, de la Universidad Simón Bolívar, investigadora de las representaciones metafóricas de la mujer, me ha informado de un cuantioso número de femicidios perpetrados recientemente en el país. Mientras termino esta nota, confirmo que han asesinado a 111 mujeres en Caracas  en lo que va de año, según lo reporta el diario El Nacional 16/09/2015.

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Maikel Ramírez. Profesor en la Universidad Simón Bolívar (USB). Narro y escribo artículos sobre la literatura, la lengua, el cine, la música y otras cosas de la cultura. Textos míos han sido publicados en Letralia, Ficción Breve, Sorbo de Letras y en el suplemento cultural del diario aragüeño El Periodiquito.

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