A la hora justa (2015), de William Padrón; por Maikel Ramírez

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El humilde Tati Benítez (Ignacio Benítez) viaja desde la provincia de Misiones hasta Buenos Aires para entregarle al convaleciente Maradona la raíz de un árbol que se le reveló semejante a la icónica imagen de celebración del ‘Pelusa’, en El camino de San Diego, uno de los típicos filmes minimalistas del director argentino Carlos Sorín; en tanto que un profesor de lengua inglesa (Javier Cámara) y dos adolescentes que huyen  de los problemas familiares recorren parte de la geografía española para ver a John Lennon en su rodaje de Cómo gané la guerra, en la hermosísima cinta Vivir es fácil con los ojos cerrados, del director español David Trueba. Por mi parte, espero que los fanáticos de la banda de rock venezolana Sentimiento Muerto no se expongan a los contratiempos de los antedichos Road movies para encontrar un ejemplar del fascinante libro  A la hora justa, del crítico musical William Padrón, publicado por Ediciones B Venezuela.

            Con admiración, encontramos en la portada un grafiti que trae a la vida al recordado Dr. Sentimiento Muerto, el cual, nos cuenta Padrón efusivamente, fue dibujado por Edgar Jiménez en una de las paredes de la casa de Félix Allueva. Hay tanta vitalidad y deuda con la historia contenida en este momento, que merece que lo reproduzcamos de manera más amplia:

“Edgar se lo tomó como si estuviese a punto de promocionar un reencuentro de la banda. Su hijo y esposa lo acompañaban emocionados porque, de alguna manera, el Dr.SM saldría poco más de treinta años después, a encontrarse con una ciudad que había empeorado su situación; quizás traicionada por el espejismo de un cambio que no sucedió. En el auto comenzaban los acordes del Aunque usted no lo quiera”.

            A la hora justa materializa el invaluable proyecto, propuesto inicialmente por Cayayo Troconis, según reconoce Padrón,  de reconstruir la historia de una banda de rock cuya fundación data de inicio de los años ochenta, cuando un grupo de amigos del liceo y, en algunos casos, socios de las populares minitecas del momento deciden, hastiados por la poca producción y difusión de las bandas musicales que les gustaba (The Clash, The Police, Dead Kennedys, entre otros), que había llegado la hora de tocar su propia música. Padrón nos devuelve esa mágica edad perdida en que las bandas se hacían en el día a día, pues sus integrantes, por contra a lo que ocurre en nuestro tiempo, no sabían tocar instrumentos, sino que se formaban como  músicos en la carrera. Los adolescentes de Sentimiento Muerto, o Dead Feeling, como se hacían llamar al principio Cayayo Troconis, Luís Poleo, Alberto Cabello y Pablo Dagnino, se forjaron músicos por mano propia y con instrumentos rescatados de algún cuarto de trastes o comprados con el dinero de sus ahorros. El derecho incontestable de esta banda en la historia del rock nacional es alcanzado, asimismo,  por el tesón para encontrar recovecos donde presentarse en la Caracas de entonces e inventarse estrategias de marketing en unos años en los que no existía la penetración masiva de internet.

            Para decirlo todo acá, una de las proezas de este libro es vencer la renuencia que por décadas los exmiembros de Sentimiento Muerto habían mantenido para hablar de la banda. En A la hora justa,  nadie se anda con insinuaciones  ni con titubeos. Un ejemplo claro se presenta cuando Padrón confronta a pingüino por haber contribuido en la partida de Wincho (quien a raíz de la ruptura asistió al psicólogo, como más tarde hará Pablo): “tú también contribuiste en los roces de la banda”. Recordándonos, por otro lado, que por algo su nombre aludía a las emociones, Alberto Cabello, Edgar Jiménez, Wincho Schäfer, José ‘pingüino Echezuria, Sebástián Araujo, Héctor Castillo y Pablo Dagnino nos muestran que eran humanos, demasiado humanos, de allí que nos enteremos por boca de los propios músicos los afectos y los conflictos  que estimularon el impulso creativo, pero que también los llevó a separarse finalmente tras grabar el álbum Infecto de afecto en 1991, hecho que, siguiendo fielmente cada entrevista, entendemos que se trató más de la expulsión de Pablo que de otra cosa, como el vocalista mismo lo reconoce.

            A la hora justa rebosa en la buena salud que tiene todo libro para coleccionistas, pues se acompaña de fotos de las diferentes etapas de la banda, comentarios agudos sobre cada uno de los álbumes,  y, en una vena similar  a la del documental Montage of Heck,  en el que Brett Morgen muestra la sensibilidad de Kurt Cobain hacia el arte, nos ofrece la técnica del collage y el arte de la ilustración a los que Cayayo, el conocido guitarrista y compositor que murió a finales de los años noventa, se entregaba con igual pasión.

            Se lee A la hora justa con alegría, pero también con mucha nostalgia por el entusiasmo que despertaba esta banda por aquellos años. Puedo recordarlo con nitidez, aunque cuando apareció su primer disco bajo el sello Rodven yo apenas era un niño. El vocalista de Zapato 3, Carlos Segura, dice en la introducción que todavía siente una extraña empatía por Sentimiento Muerto. Lo contrario también es cierto, porque desde las letras románticas (Un agradable calor, Ojos chinos), pasando por las metafísicas (Transparente), las existenciales (La semana), hasta las políticas (Miraflores, El sistema), sus canciones siempre tienen algo que decirnos. De momento, leamos el libro que, como Padrón expresa con espíritu lúdico, llega a nuestras manos a la hora justa, ni antes ni después.

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Maikel Ramírez (Venezuela). Profesor en la Universidad Simón Bolívar (USB). Narro y escribo artículos sobre la literatura, la lengua, el cine, la música y otras cosas de la cultura. Textos míos han sido publicados en Letralia, Ficción Breve, Sorbo de Letras y en el suplemento cultural del diario aragüeño El Periodiquito.

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