Bicho muerto, por Alejandra Machuca (Perú, 1993)

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Esta historia empieza con una muchacha cansada por debajo de los ojos transcribiendo el archivo del diario más conservador de la ciudad. Qué maravilloso hubiera sido decir siglo XIX, trabajo tedioso, pero siglo XXI, trabajo doloroso en el hígado, en el deseo inalcanzable, en la pésima alimentación.

Adriana no sabía si el tedio en los empleos más recientes era heredado, si la genética traspasaba los límites de las patologías y se entrometía en las cuestiones cotidianas, pero sea como fuese recordaba a sus padres como adultos frustrados cada lunes a la mañana, cada martes, cada minuto de oficina y cada que los ojos de sus viejos gritaban ¡Ítaca mía! cuando volvían al hogar. Si no fuera por las películas de los domingos y el ruido de los hermanos más pequeños la casa hubiera sido siempre un mausoleo y toda comunicación de después de la cena sucedería como con las raíces de los árboles: bajo tierra.

Adriana tecleaba anuncios de 1927, cincuenta céntimos por anuncio, de algo hay que vivir, y en uno de los recodos de la mesa el café se enfriaba con miseria celestial. De pronto aparece el perro con murciélago en la boca, qué bicho tan sangriento y llorón, ha pensado Adriana, y cuánta náusea reclamarle al perro, para qué perder el tiempo si mañana hay que pagar la luz.

Adriana no sabía si lo del automatismo lo había heredado de su padre o de las novelas que leía de Chejfec y Hrabal, pero congénito o no tenía que ver con una tendencia a la automutilación del espíritu; pensarse a sí misma gris en el escritorio, mientras estaba en el escritorio; pensarse a sí misma gris, cuando estaba en el balcón; pensarse a sí misma vacía, cuando estaba llena de órganos que a su vez estaban llenos de conductos por donde corría sangre y vida a montones. Pero los ojos se le secaban metafóricamente cada vez que pensaba en sí misma; los ojos le dolían como a una anciana que ha visto demasiado en todo el tiempo que ha habitado el mundo; incluso las rodillas le pesaban como si en una suerte de pesadilla un verdugo le hubiera reemplazado los huesos por hierro, la felicidad por hambre, la fertilidad por muerte muerte muerte. ‘’Textilería Ubillús. La mejor en precios y variedad’’, vuelve a teclear, cincuenta centavos menos cuestan los segundos de pensarse como rama pudriéndose en otoño; vuelve Adriana, vuelve a teclear. Vuelve que la textilería Ubillús debe estar hecha polvo entre el polvo de este desierto interminable con casas y centros comerciales; vuelve a las teclas que mañana la Textilería Ubillús va a irritarte los ojos cuando sople el viento, igual que cada día en tu irritante litoral. Pero un grito le interrumpe, es ella misma aterrorizada. El perro yace muerto.

 

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Alejandra Machuca (Piura, Perú, 1993). Aparece en medios electrónicos como Digo.Palabra.TXT, Círculo de Poesía, Por qué tiemblan y Cosmoanónimos . Además aparece en la antología Anónimos 2.3 (Córdoba, España, 2015) y en la Rio Grande Review  (Universidad de Texas, 2016) Actualmente participa del proyecto poético Tres Tristes Tigres, y dirije la antología virtual titulada Diarios de Autor.

 

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