Cinco poemas de Emily Roberts (España, 1991)

Mi-Kyung Choi

Mi-Kyung Choi

Los perros

Los perros huelen la tristeza
pero no se la comen
a diferencia de cuando huelen el miedo
y muerden

quizá confundan miedo y tristeza,
como yo:

no saben a cuál
hay que atacar.

***

Los orígenes de las brujas

Mis antepasadas tenían los pechos grandes, pero yo no.
Mis antepasadas comían piel y vendían su leche para ayudar a los hombres, pero yo
bebo vino y no sé a nada.
Mis antepasadas condenaron la ciudad para que no tuviera que volver, pero yo he vuelto
a un lugar infértil.
Mis antepasadas comían mondas de naranja y yo comeré libros
y haré hogueras y amamantaré gatos
antes que morir de pena.

Mis antepasadas entregaron sus cuerpos en un ritual
al que llamaron amor.
Encendieron una pira funeraria y se arrojaron a ella.
Yo me preparé para arder.
“El amor no quema si te mojas”, dijeron.
Quería ser la que mejor ardiera, así que me desnudé.
Me apreté contra las llamas.

En el último minuto,
salté al mar.

***

No me gusta la leche

no me gusta la leche
y eso no quiere decir que no sea buena
Letitia Ilea

Mis padres beben leche,
esa que durante el hambre

engorda y alimenta,
esa que me negué a tomar

durante los años enfermos.
No habría sabido llegar de ningún modo

cuando fallaban las fuerzas:
el miedo al blanco y a delirar,

a las piernas crecientes y al dolor menguante,
a que la ropa se nos quedara pequeña.

Aprender a dar las gracias
y tener que pasar la noche a cubierto.

Gracias por dejar que me quede.
Gracias por obligarme a marchar.

Gracias por no dejarme cargar más
que con la piel muda.

Gracias por curar la enfermedad.
Por hablar de volver sin lugar de vuelta.

Por enseñarme a beber como ni tú
ni yo sabíamos.

Gracias
por la leche.

***

De camino a Santiago

Anne Carson hizo el camino de Santiago y escribió un ensayo de cincuenta páginas. Yo hice el camino de Santiago y me lesioné la rodilla. Anne Carson hizo el camino de Santiago siendo viejecita y leyó a Machado. Imagina a una mujer anciana leyendo a Machado y citando aquel verso que dice: bueno es saber / que los vasos nos sirven para beber. Es decir, nuestro cuerpo está para romperlo. Yo no escribí nada mientras hacía el camino porque estaba demasiado enfadada con la naturaleza. Demasiado enfadada por haberme dejado romper y no haber recibido nada a cambio, a pesar de ser yo la que en un principio sintiera que se iba llevándose algo consigo. Algo que no sabría describir.

Porque, como en el camino, me preguntaba: ¿cuánto tiempo puedo detenerme aquí? ¿Cuánto tiempo hasta que se haga de noche y nos quedemos sin refugio?

No era yo la que decidía.

No podíamos detenernos más tiempo allí, porque moriríamos de sed y de hambre, y se haría de noche y vendrían los lobos. Todas las camas estarían ocupadas, los hoteles llenos, los albergues atestados.

Quizás sí me habría dejado devorar con tal de quedarme allí, pero no lo hice.

Lo importante es que estuvimos aquí. ¿Es eso? ¿Saber que los vasos están para romperlos (quiero decir, para beber)? ¿Vale tanto un souvenir como la venda de mi rodilla?

Sé que si hubiera sido allí, habría sido cualquier otro sitio. Si no me hubiese lesionado allí, habría sido en una carrera, o corriendo para coger el autobús. La ruta no era lo más importante. En realidad nunca creí que llegaríamos.

Pero ocurrió que estábamos allí, y alguna vez eso fue lo que querías.

***

Como el cielo intentando olvidar el cielo

Una mujer anciana sube al barco turístico de Ljubljana todas las tardes.
La mujer monta siempre a la misma hora, las cinco y cuarto, y da un paseo por el río esperando su muerte.
Esa mujer es Europa.
Esa mujer recuerda el tiempo
en que masticaba idiomas ajenos como caramelos pegajosos.
Esa mujer recuerda la ciudad en ruinas, los bombardeos, ahora ocultos por turistas y franquicias.
Como su rostro deshecho.
Esa mujer recuerda todo lo que amó y ya no está:
recuerda aquella infancia a orillas del río.
recuerda el exilio; primero el del corazón, después el de la lengua
al traspasar la frontera.
La mujer recuerda la traición: primero el gobierno; después la otra.
Aquel que le dijo: vete, eres del enemigo, después de haberla amado.
Aquel que desató la huida en mitad de la noche
en busca de un lugar donde nos quisiesen.

La vida en el exilio fue fácil: centros comerciales, una casa junto al lago, un marido e hijos en una lengua extranjera. Ya nadie habla de su ciudad
como no se habla de las cosas que se dan por perdidas.
Poco a poco olvidaron su lengua. Hablaba sola para no olvidarla.

El exilio ha sido esto: un paseo en barca viendo siempre las mismas calles nuevas
de esta ciudad bellísima, de un templo en ruinas que ama y contempla
y ya no reconoce.


***

Emily Roberts (Ávila, España, 1991) es becaria FPU en la Universidad Complutense de Madrid, donde actualmente realiza su tesis doctoral. Ha publicado la novela Lila (Ediciones Oblicuas, 2011) y el poemario Animal de huida (Ediciones Oblicuas, 2013), y sus poemas y relatos han sido incluidos en diversas antologías y revistas, como Tenían veinte años y estaban locos (La Bella Varsovia, 2011) u Obituario (Fundación Málaga, 2015). Ha participado en recitales y festivales en Madrid, Ávila, Salamanca, Tenerife y Edimburgo. Dirige las antologías Ciudades esqueleto y Animalario junto a María Sánchez. En breves publicará su segundo poemario, Regalar el exilio (Harpo, 2016). Escribe en http://emilyrobertswrites.blogspot.com

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