Tres poemas de Francisco Molina (Chile, 1992)

Felipe Robles

Felipe Robles

 

El punto de contacto entre animales

Esperaba que volvieras de la oficina porque soy tu animal favorito.

El día más feliz no había luz,
ni la blanca, ni la cálida,
sólo amarilla
pero era por la piel que se juntaba en una ruma con tus pecas.
Entonces amarilla no salía, permanece,
permanece por efecto de los autos que bajan por Colón.
Como interminable, como las micros y paraderos,
las partes tuyas, las partes mías, la cama por inercia.

[Alguien fuma en el piso de abajo]

 

[Alguien sigue fumando, a pesar de todo]

¿Cómo comprobar que tu diente suelto
todavía existe?
El día más feliz comienza con tu cuerpo luminoso,
desde cero, aclarando, con el fin en la mano. Aquí.
Estoy dispuesto a enumerar cosas y dejar de maullar.

[Se le acaban los cigarros]

Fue un proceso que comenzó en la mañana,
sube humo, me suena la tripa, hago ruidos
estoy solo.
Estas acciones se repiten hasta que abres la puerta,
ahora somos la cosa hermosa.
Yo estaba acostumbrado a mis sonidos.

Intentando ocupar el espacio que sobra de las pecas,
algunos colores donde nos parecemos:
       1. La imagen sostenida de las manos con manos,
           fuimos un poco amarillos cuando se apagaba la luz.
           Permanecían los naranjos en tus pelos.
      2. Funcionaba como negativo, el espacio vacío era cada vez más pequeño
           agotando lo poco mío que reflejaba. Una sombra se une por partes ajenas.
      3. Hay un gato entre nosotros. Tomo consciencia del contraste,
           la saturación baja a medida que cierro los ojos.
           Es el punto de contacto entre animales.

Algo se desprende de la única forma,
maúllo, maúllo, maúllo
mientras la cosa hermosa muere.
Suena la ducha como separaciones.
Miau
La misma pena de una cama sola.

 

 =

 

Algunas versiones de la cara de Pablo

#1
Decirle de cariño a un hombre,
eres la extensión de algo muerto.
Porque sí.

#2
Responder que me recuerdas animales
porque adentro guardas dientes.

#3
No confíes en hombres de zapatillas blancas.
Lo anoto. Lo repito
esas veces, donde te odio menos.

#4
Yo no nado con idiotas.

#5
Pablo me dijo que me enamorara de las plantas.
Uno se siente solo cuando nadie lo ve,
por eso las gramíneas, un cilantro, ese cactus
y otros cuerpos que olvidé cómo se llaman.

 

 

Lo que siempre era rojo

Debo dejar de encontrar sentido en los desechos o
cortarme medio centímetro más de pelo,
la línea de la uña.
Acabar con todo esto.

Esto se llama cuerpo
y termina en partes dispensables.

Se puede ver algo de mí que no existe
por mi amor a las tijeras.
Puedo ser feliz solo
con el mango ergonómico.

Mi cuerpo es algo que se va a caer inevitablemente,
fallar lejos de los metales,
por falta de metales,
deseando algo en la sangre que se pueda romper.
La caída es siempre blanca.
Quiero y necesito hierro.
Un cuerpo hecho de espinacas.

Yo mismo era una versión leve,
sin pelos, sin uñas, sin cueros,
la copia de la escasa concentración de nutrientes.

 

=

Francisco Molina (Santiago de Chile, 1992) Estudia Licenciatura en Estética en la PUC. Scout y editor para Los Libros de la Mujer Rota. Junto al poeta y traductor Matías Fleischmann, llevan el proyecto de reescritura hipermedial “Un pez con mi cara, besándome”. El 2016 ganó la beca de creación del CNCA por el libro “El amor de los salmones”.

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