Si aprendes a perder, por Arnoldo Rosas (Venezuela, 1960)

Tom Haugomat

Tom Haugomat

Si aprendes a perder

A veces es mejor perder, estar equivocado, y echarte tranquilito en la cama, con el televisor presto en el canal veintisiete para disfrutar House, M.D., particularmente los jueves, cuando pasan dos capítulos seguidos, uno de la temporada anterior, otro de la nueva, y hasta mañana. 

Pero la felicidad nunca es completa. Llega tu mujer, se acuesta a tu lado, te suelta: «Ya estás viendo al cojo cínico ese; ¿no hay nada mejor?» Como sabes que, por más que lo intentes, de ésta no sales ileso, y te quedarás con la curiosidad de saber cuál es el diagnóstico de la arquitecto que sangra por la nariz, el cuero cabelludo y, por si fuera poco, tiene visiones de ultratumba, que llegó a manos de House tras una parranda en una galería de arte donde destrozó hasta los pasapalos; sin darle mayor importancia, le extiendes el control remoto a tu esposa y, con todo el cariño que puedes expresar, le dices: «Pon lo que tú quieras, mi vida»

Ah, pero no es tan fácil la solución. Ella, declinando tu cortesía, te  devuelve el control remoto, perdonavidas como es: «No, ve tranquilo a tu loco; yo voy a tejer». Te muerdes la lengua para no preguntar: «¿Tejer? ¿Y esa vaina? ¿De cuándo acá?»; porque sabes que esa es la puerta del infierno. Entonces tratas de volver a concentrarte en la tomografía axial computarizada que le están realizando a la arquitecto que ahora no sólo sangra y tiene visiones, sino que además supura por las coyunturas y se le necrosan las uñas, por más que House y su equipo la han tratado con cuanta medicina hay en la farmacopea universal.

Tu esposa prende la lamparita, abre la gaveta de la mesa de noche, saca las agujas, la lana, y se pone a engarzar puntos con movimientos rápidos mientras musita una canción. La ves de reojo con ganas de pedirle que teja tranquilita, en silencio, que te deje escuchar, pero, gracias a Dios, a House lo transmiten en inglés, subtitulado, y puedes seguir la trama de la arquitecto que ya va por tres biopsias y están a punto de ordenarle un trasplante de cerebro, sin molestar a tu mujer.

Mas ella, entusiasmada, como si la velocidad de las agujas del tejido la obligaran a desenfrenarse, se dispara a cantar: “En el bar / la vida es más sabrosa / en el bar / todo es felicidad”. Y el subconsciente te traiciona y, sin pensar, sin considerar las consecuencias, de lo más ingenuo, la corriges:

—No es en el “Bar”, mi vida. Es en el “Mar”.

Ella mantiene la atención en sus puntos y agujas; te responde sin alzar la voz:

—¿Vas a saber tú más que yo? ¿De música? ¿Sordo como eres? ¡Qué va! Es en el “Bar”, créeme.

Caes en cuenta del pantano donde la imprudencia te condujo, e intentas enmendar el capote:

—Tienes razón, mi amor; me equivoqué. Es en el bar.

Pero, el destino, el maldito destino, hace que House se vaya a propagandas y una puta isla del Caribe se promocione usando como jingle, nada más y nada menos, “En el mar la vida es más sabrosa”. Estúpido tú, volteas hacia tu mujer, sobrado, sonriendo, casi como si le dijeras: «¿Viste?, ¿no de dije yo?» Por lo que ella, de retruque, te lanza esa mirada incandescente que anticipa tempestades, baja las agujas del tejido, abre la boca, suelta las letras, las palabras, las frases, las oraciones, los párrafos, los obras completas que ha ido macerando desde quién sabe cuándo; una tras otra; reiterando, subrayando, recapitulando. Tú respiras hondo, aprietas los puños, consciente que la noche es larga, que aún es temprano, que no sabrás el diagnóstico de la arquitecto, ni del paciente en el próximo capítulo de hoy, que la culpa es tuya, que quién te manda, que a House no lo vuelves a ver hasta el jueves de la semana que viene, con suerte, si logras callarte, si aprendes a perder.

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Arnoldo Rosas (Porlamar, Venezuela, 1960), ha publicado los libros de relatos Para Enterrar al Puerto (1985), Olvídate del Tango (1992), La Muerte No Mata a Nadie (2003), Sembré los muertos (2013) y De amores y domicilios (2014); la novela corta Igual (1990) y las novelas Nombre de Mujer (2005), Uno se acostumbra (2011), Massaua (2012) y Un taxi hasta tus brazos (2015).

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