El club (2015), de Pablo Larraín; por Maikel Ramírez

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La primera noticia ruidosa relacionada con sacerdotes de la que tenga memoria ocurrió en aquellos años ochenta de mi infancia, cuando, en el pequeño poblado de San Mateo, Estado Aragua, uno de estos hombres de Dios decidió que al traficar con drogas simplemente transitaba una de los tantos caminos misteriosos que conducen al Señor. Para un niño que crecía en el seno de una familia devota y en la que el asunto de las drogas emergía como un espolón de las huestes de Satán, por supuesto, la noticia causaba confusión. El tiempo me dejaría saber que algunos hombres de fe (subrayaré que no todos) pueden llegar a hacer cosas aún más inefables, como lo ejemplifica con nitidez el caso de las acusaciones por abuso sexual a infantes que enfrentó la iglesia católica alrededor del mundo en 2010. Tras legar una de los mejores filmes políticos contemporáneos con la nominada al Oscar No, el director chileno Pablo Larraín se inmiscuye en estos asuntos escabrosos de la religión católica con su nuevo trabajo El club.

            Nadie sospecha que en esa casa, similar a muchas otras en ese pueblo de la costa chilena, viven los padres Vidal (Alfredo Castro), Ortega (Alejandro Goic), Silva (Jaime Vadell) y Ramírez (Alejandro Sieveking), a quienes la iglesia católica mantiene fuera del alcance de los medios de comunicación por estar involucrados en casos de pedofilia y otras prácticas sórdidas. Similarmente, otra tanta carga inmoral pesa sobre Mónica (Antonia Zegers), la monja que los acompaña.   La calma y la diversión de la que disfrutan estos personajes con las apuestas en carreras de galgos se quebrarán con el suicidio del recién llegado padre Matías (José Soza), que ocurre en el momento en que es interpelado por una de sus viejas víctimas, el atormentado Sandokan (Roberto Farías). Posteriormente, arribará el padre García (Marcelo Alonso) para investigar la muerte de Matías y tratar de poner orden en un lugar que parece cualquier cosa, menos un sitio consagrado a la oración y al arrepentimiento. Sin embargo, por mucho empeño que dispense García con el fin de redimir a estos hombres, todo hace pensar que la dimensión sombría sobrevivirá  después de todo.

            Con todo y que no conforme un claro cuadro de los conflictos políticos de Chile, se puede afirmar que en El club Larraín explora otra de sus dimensiones. Se recordará que, por un lado, Post Mortem se ambientaba en los días del golpe de Estado contra Salvador Allende; mientras que, por el otro, la emocionante No dirigía nuestra mirada al plebiscito de 1988, en el que los diversos partidos de oposición derrotaron al general Augusto Pinochet. Se puede notar la simetría de El club con respecto a la novela Nocturno de Chile, del escritor Roberto Bolaño, en la que la iglesia, además de formar intelectualmente a Pinochet y a su círculo íntimo, es cómplice de torturas y crímenes. Ambas obras, como se aprecia, corren el velo y dejan expuesta la región oscura de la iglesia católica que concierne a su influencia política.

            Con relación a la pedofilia, Problema en el paraíso, último ensayo de Slavoj Žižek, puede resultarnos iluminador en su examen de sobresalientes casos en los que la iglesia no ha manifestado empatía por los infantes, pero sí por los sacerdotes, como si estos fueran las verdaderas víctimas. Desde la perspectiva de Žižek, todo esto apunta a un secreto fundacional sobre el que la institución entera se sostiene. El mismo problema lo detectan los periodistas de la reciente obra ganadora del Oscar a película del año, En primera plana (Spotlight), quienes entienden que el problema no se restringe a este o aquel cura, sino que cada abuso sexual a un niño es una representación a pequeña escala de lo que ocurre en el grueso de la iglesia. De cualquier forma, un diálogo intertextual más preciso nos obliga a traer a la discusión el filme mexicano La obediencia perfecta, de Luís Urquiza, ya que hace ostensible la experiencia, en toda su expresión obscena, de víctimas y victimarios, a diferencia de En primera plana, donde lo medular es el proceso de investigación, por ser una muestra genuina de los alcances y la importancia de la prensa libre.

            El club, digámoslo ya,  tiene el talante de las obras que se arriesgan a hurgar en los más insondables escondrijos del alma humana. Su atmósfera incómoda, sus contrapicados sobrecogedores y sus diálogos superlativamente corrosivos alcanzan a descolocar incluso al alma más prevenida.

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Maikel Ramírez (Venezuela). Profesor en la Universidad Simón Bolívar (USB). Narro y escribo artículos sobre la literatura, la lengua, el cine, la música y otras cosas de la cultura. Textos míos han sido publicados en Letralia, Ficción Breve, Sorbo de Letras y en el suplemento cultural del diario aragüeño El Periodiquito.

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