Espera en el teatro, por Mateo Matias Arango (Colombia, 1997)

Imagen obtenida aquí

Imagen obtenida aquí

Un cuarto para las siete en punto, la agonía infinita del tiempo. Jamás la clepsidra temerá a la muerte, a la sequía del río. Función esperada por las pocas personas que encuentran el gusto por asistir al teatro Santiago Londoño después de terminar largas y erráticas jornadas laborales. Mientras todo se confabula para la obra magistral, esperamos inertes, dóciles; de manera humilde, postrados a las sillas de confort. Bajo la luz desvelada somos pocos palpables al tacto. La opacidad apoderada del hemiciclo nos revela como una peregrinación de sombras condenadas a las encrucijadas, a la confusión intencional del labyrinthus.

Nuestros oídos se ausentan del ruido externo, de las caravanas y la prosa ejercida por los titubeos de los vendedores ambulantes en las inmediaciones de una ciudad que dormita tras grandes edificios dejando de cena el ingrato silencio y una tempestad de mendicidad interminable. Los tímpanos conjugan entre sí los murmullos de los instrumentos, yacen impacientes por ser tocados. El yugo de la espera carcome las facciones del público. Entre ceja y ceja se asienta el tedio donde no se justifica la exageración de la vanidad. La impaciencia es cedida por la belleza. Menos se reconoce lo precioso cuando se fuga la virtud de serenar la manecilla del segundo. Sobreviene el cansancio, impasible solemnidad.

Temeroso me pierdo en un simulacro graduado por las quimeras del sueño. Las columnas son mármol, piedra finita. El entablado empapado de barniz opaca el antaño. La espera se sobrelleva en un campo tosco, baldío. Escenario del Medioevo. Cánticos y ceremonias sacras, símbolos del martirio. El anfiteatro, la conglomeración, el pulgar de Julio Cesar.

Farsa amable, ovación por conveniencia. Críos palmoteando por el capullo de la inocencia irrumpen mi descanso. Una voz madura rompe el yugo de la espera. Tantos años mozos reposan en las cordales. Anuncia el preludio de la Banda Sinfónica Juvenil de Pereira. Cada ritmo compaginado uno con otro aboga nuestro idioma. De la misma forma justifica el silencio amparado bajo el diseño arquitectónico y la réplica acústica formada de boca a boca de la sala principal del teatro.

Ave Cesar moritatur te salutam, la extenuación ocupa la cabellera de Sansón. Shemesh, por esta cúpula que prolonga el encierro no se afilia el sol a sosegarnos para calmar los rigores. Ave Cesar moritatur te salutam, nos aludimos. La caterva toca el arpa. El León de Nemea evoca sus afinados bramidos. Los que van a morir te saludan, esperando en el teatro sin cabellera ni fuerza como Heracles.

 

=

Mateo Matias Arango (Supía Caldas, 1997) Reside en la Ciudad de Pereira, Risaralda. Ha publicado en Tras la Cola de la Rata, La Astilla en el Ojo (LAAAO) y Diámbulos, literatura itinerante.  A muy temprana edad comenzó su gusto por la literatura desde una perspectiva de la generación del veintisiete. Perteneció a un grupo poético Chileno (Rapsodas).

Comenta aquí ~

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s