Crónica desde Gotham, por Maikel Ramírez

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Crónica desde Gotham

Una de las características más peculiares de la comunicación humana consiste en el mensaje que otro porta, o que nos devuelve, con más verdad que la contenida en el nuestro.  Un caso paradigmático lo representa la archiconocida canción de Roberta Flack  Killing me softly, en la que, suponemos, una mujer se encuentra embelesada por un cantante cuya interpretación alcanza a condensar todo lo que ella ha sufrido y, por descontado,  a estremecerla como si estuviese teniendo contacto físico con él (“strumming my pain with his fingers”). De ahí sigue que el título emplee una metáfora de experiencia física extrema (matar) para hablar de lo que ella siente al escucharlo. En lo que toca al mundo real, fama es el hecho de que la confusión se extendió entre las tropas napoleónicas al oír que los independentistas haitianos entonaban La Marsellesa. Para aquel ejército francés, que de pronto se encontró a sí mismo ocupando el lugar del tirano que denunciaba en su himno,  regresaba así la verdad de su propio mensaje, enunciado ahora desde una tierra más oprimida y con muchas más razones para reclamar justicia.  Algo similar experimento al ver la serie de televisión Gotham, creación de Bruno Heller que se basa en las tempranas vidas de varios de los personajes del universo de Batman, principalmente en la del detective James Gordon.

            Escribe Greg Baldino en su ensayo Un orden superior de criminales que, aunque en cualquier ciudad te pueden robar o matar, en Gotham, sin ninguna duda, te pueden pasar cosas peores. En opinión del ensayista, la efectividad del comic Batman reside en la puesta en escena de un conjunto de villanos que evocan los  miedos más escondidos y primordiales de la mente de un niño. Como quiera que sea, la serie de TV Gotham se encarga de corroborar lo que siempre habíamos intuido: el crimen echa raíces y se esparce en la medida en que las instituciones y las autoridades que administran la ciudad son corruptas. Gotham es un hervidero de ladrones y homicidas porque quienes la gobiernan son criminales. Sabemos que la lucha por la justicia que emprende Gordon va a contracorriente de todo su entorno y que, en consecuencia, el detective debe mantener un equilibrio mayúsculo para resguardarse de los criminales y de los agentes de la ley. Desafortunadamente para el protagonista, apenas ha alcanzado a ver la superficie, pues en Gotham  germina un ejército de psicópatas y otros nefastos personajes dispuestos a ejecutar los actos más indecibles. El surgimiento de estos monstruos, ya sabemos, propiciará la aparición de Batman, que en la serie lo encontramos en el pequeño Bruce Wayne. Gotham, por añadidura, alumbra uno de los tantos aspectos discutidos a través de los años respecto al perfil psicológico de Batman, debate que se inicia en los años ochenta, y que pone en evidencia tanto la condición psicótica del hombre-murciélago como su estatus de agente parapolicial. A decir de Baldino, la idea de convertirse en un sombrío hombre-murciélago es compatible con la tragedia atroz que experimenta un niño que presencia el asesinato de sus padres. En síntesis, Gotham necesitará que alguien al margen de la ley haga el trabajo sucio.

            Como anticipé arriba, hay mensajes que nos devuelven cargados con una verdad que nunca alcanzamos a ver en primera instancia, y Gotham, a mi juicio, puede arrojar luces sobre dos eventos atroces ocurridos en la ciudad de Maracay recientemente. El primero de ellos se trata de un toque de queda impuesto por un pran el pasado 4 de febrero, después  de que a este le asesinaran a un hermano.  La ciudad fue escenario de cientos de personas que atravesaron la ciudad a pie, incluidas mujeres en tacones, para resguardarse en sus hogares luego de una jornada de trabajo interrumpida por el terror; quienes se las apañan con su labor diaria para alimentarse vieron con frustración cómo, de pronto, se esfumaban las provisiones del día; las mujeres que formaban las largas colas para adquirir los alimentos básicos que tanto escasean en estos días se dispersaron presas del pavor; los ciudadanos se encerraron sintiéndose completamente desprotegidos. El desconcierto reinó en una ciudad que nunca recibió un pronunciamiento oficial del gobernador. En cambio, Maracay tuvo que contentarse con ver al mandatario regional tuitear mensajes alusivos al golpe militar de 1992, así como debió conformarse con ver a los agentes policiales resguardando el cortejo fúnebre de la banda delictiva.  El secreto a voces en la ciudad es que el crimen organizado que se adueñó de todos los rincones posibles es dirigido desde esa excárcel convertida en resort que se llama Tocorón, donde los convictos disfrutan de restaurantes, piscinas, centros hípicos y hasta de una discoteca de las más sofisticadas del país.

            Marcando un contraste sin precedentes en nuestra historia, el 11 de marzo pasado la policía del estado irrumpió ilegalmente en la Universidad Pedagógica Rafael Alberto Escobar Lara e hizo arder parte de su comedor. Esta desmesura es la respuesta que reciben los futuros pedagogos de la nación por reclamar pacíficamente el derecho a alimentarse en un comedor que hasta entonces cumplía más de cuatro meses fuera de servicio. Como es evidente, el gobierno activa todos sus dispositivos represivos para aplastar una solicitud legítima e inofensiva, mientras que mima a cualquier inescrupuloso que imponga el terror en la ciudad.  Por lo demás, ya se ve que,  al igual que en Gotham, se ha venido levantado en la ciudad una violencia que, por la naturaleza de sus formas,  cada vez se hace más incalificable. Un dato que se ha de tener en cuenta es que todas estas bandas violentas han crecido, precisamente, en una ciudad custodiada por cuarteles militares por cualquiera de sus puntos cardinales.

            Hace pocos años atrás, tras evaluar la representación de trujillismo que realizó Mario Vargas Llosa en La fiesta del chivo, el escritor dominicano Junot Díaz concluyó que los recursos de la literatura fantástica habrían mostrado una dimensión fantasmal de los eventos históricos a la que es imposible de acceder a través de la literatura realista, cosa que él trató de hacer con su impresionante obra intertextual y nerd La maravillosa vida breve de Oscar Wao.  Algo similar sucede si proyectamos la hiperbólica crudeza de Gotham sobre Maracay: proliferan las mentes más monstruosas bajo el amparo de las autoridades.

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Maikel Ramírez (Venezuela). Profesor en la Universidad Simón Bolívar (USB). Narro y escribo artículos sobre la literatura, la lengua, el cine, la música y otras cosas de la cultura. Textos míos han sido publicados en Letralia, Ficción Breve, Sorbo de Letras y en el suplemento cultural del diario aragüeño El Periodiquito.

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