Todos se van (2015), de Sergio Cabrera; por Maikel Ramírez

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Es sabido que un dilema que corrientemente escinde a los personajes de la ficción cubana (que también es extraliterario)  radica en quedarse en la isla o marcharse al exilio. Podemos identificarlo, de igual forma, en historias sobre zombis, como en Juan de los muertos, filme de Alejandro Brugués, o en dramas punzantes, como se presenta en la brillante cinta de 2014 Vestido de novia, de la directora Marilyn Solaya. Solemos encontrar ese hermoso momento en que, arrebatado por la nostalgia o proyectando una forma de vida diferente, un personaje se detiene frente al mar y su mirada abstraída fija su atención en el horizonte remoto. Basado en la memorable novela homónima de la escritora y cineasta cubana Wendy Guerra, el más reciente filme de Sergio Cabrera, director que ya ha llevado otras obras literarias al cine con las novelas Llona llega con la lluvia, de Álvaro Mutis, y Perder es cuestión de método, del escritor Santiago Gamboa, hunde sus raíces en estas cuestiones del confinamiento y del exilio cubano.

            Seguido de una vista panorámica de la costa de Cien Fuegos, encontramos a la pequeña Nieve (Rachel Mojena), quien, hacia el año 1979, vive con su cariñosa mamá Eva (Yoima Vadés) y su protector y desprejuiciado padrastro, el sueco Dan (Scott Cleverdon). Pero la vida paradisíaca de la niña se acerca a su fin, pues Eva será enviada a la guerra de Angola y, poco después, su padre (Abel Rodríguez)  ganará la custodia y patria potestad en un juicio en el que ella, por miedo, no dice que quiere quedarse con su mamá, y en el que los testigos acusan a Eva de deslealtad hacia la revolución y, para empeorar las cosas, muestran fotos de Dan y Nieve bañándose desnudos en la playa. Nieve conocerá la violencia paterna y el enclaustramiento en un país cuya burocracia kafkiana le niega marcharse.

            El filme Todos se van,  la verdad sea dicha, se contenta con adaptar solo una parte de la novela de Wendy Guerra, que, como sabemos, se compone de dos periodos: diarios de infancia (1978- 25 de junio de 1980)  y diarios de adolescencia (octubre de 1986-22 de abril de 1990). Otro aspecto que cabe destacar es el recurso de la voz en off que aprovecha Cabrera para adaptar la escritura íntima del diario por el que Guerra es reconocida, sobre todo gracias a sus tres primeras novelas Todos se van, Nunca fui primera dama y el diario apócrifo de Anaïs Nin  Posar desnuda en la Habana: Anaïs Nin en Cuba. Adicional a lo íntimo, se debe considerar que, en términos generales, el diario funciona como una escritura subterránea que se escurre de los registros oficiales, como ya lo ha apuntado Luz Marina Rivas en su esencial La novela intrahistórica. Sabemos de la atroz forma de hablar del nazismo, por ejemplo, gracias a que Victor Klemperer la registró en su famoso diario La lengua del Tercer Reich. No en vano la novela de Guerra está encabezada por un epígrafe de Anna Frank, así como tampoco es un hecho fortuito que la obra de la escritora sea censurada en su país.  Cabrera, en efecto, logra llevar a la gran pantalla el sentido intimista y subversivo del estilo de la escritora cubana, pero lo que le resulta esquivo es, naturalmente, el sentido orgánico entre la forma y el contenido del diario. En una palabra, mientras que el filme es un continuum de narración, la novela tiene páginas a medio escribir (“Estoy en huelga de Diario porque se llevaron a mi madre a la guerra de Angola. Esta página está en blanco en su honor”), elipsis que sugieren que la niña no ha podido escribir en el diario porque tiene hambre, fechas que dan cuenta de su imposibilidad de registrar algún evento, ya sea porque no tenía un diario o porque su padre le dio una paliza que la dejó adolorida. En cualquier caso, seamos justos, este desfase obedece, rigurosamente, a la diferencia entre el código escrito y el código visual.

            Sergio Cabrera contó que la novela de Wendy Guerra llegó a sus manos justo cuando se proponía realizar un filme sobre niños. Aunque la descartó al inicio por tratarse de una historia ambientada en Cuba, terminó pensando que lo que se contaba allí podía ocurrir en cualquier otra parte del mundo. Con todo,  por encima de eso, Cabrera se sintió cautivado porque el libro le recordó a su infancia, tanto así que se afanó en trasmitirle la misma emoción a la audiencia. 700 personas estallaron en aplausos tras su final estreno en Cuba. Conocí el cine de Cabrera por su espléndida pieza La Estrategia del caracol, y seré categórico en señalar que su adaptación de Todos se van es un trabajo remarcable.

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Maikel Ramírez (Venezuela). Profesor en la Universidad Simón Bolívar (USB). Narro y escribo artículos sobre la literatura, la lengua, el cine, la música y otras cosas de la cultura. Textos míos han sido publicados en Letralia, Ficción Breve, Sorbo de Letras y en el suplemento cultural del diario aragüeño El Periodiquito.

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