Entrevista con una cifra, por Jesús Delgado (Venezuela, 1993)

 

James Green

James Green

CARRETERA VIEJA Caracas-Guarenas, La Urbina, Caracas. Camino a lo largo de una acera mojada, lo más pegado posible a las casas, para que los impacientes motorizados, cuyos retrovisores izquierdos pasan rozando mis costillas derechas, evadan el tráfico provocado por un camión del aseo urbano estacionado más adelante. Me detengo delante de un edificio de ladrillos de 3 pisos con una puerta de corroído hierro negro. Toco tres veces. 23786 me estaba esperando: abrió inmediatamente. Es un muchacho de unos 1,78 metros de altura, trigueño, ancho de hombros, con una sonrisa encantadora, universal. Me señala las escaleras y comenzamos a subir. Nuestros pasos resuenan a medida que subimos. 23786 va delante de mí, diciéndome con una sonrisa más bien avergonzada el tipo de persona que vive en cada uno de los apartamentos del edificio. Su puerta, naturalmente, estaba abierta. Entramos y él cerró la reja y la puerta de madera. Me ofreció asiento y café. En un principio, en consideración al inminente e insoslayable destino de mi anfitrión, pensé en ahorrarle la molestia; sin embargo, luego de una rápida resolución, acepté la taza de café. «Sí. Bien fuerte, por favor», dije, verificando la buena condición de la silla de plástico en la que me había sentado y cuyas patas se habían abierto notoriamente ante la carga de mi peso.

Su apartamento —al menos la parte por mí visible— consistía en una nevera, una lavadora automática en un rincón de la cocina; una cocina portátil a gas y una serie de estantes de madera apoyados sobre varios pie de amigo frente a un mesón de cerámica. En la sala —dividida por el mesón de cerámica de la cocina—, había un televisor de trece pulgadas, un reproductor de DVD, una ruma de películas y un grupo de libros limpiamente organizados uno sobre otro.

«Está haciendo calor. Hágame el favor y abra la ventana», dijo 23786 mientras colaba el café en una jarrita de plástico azul. Yo aparté y amarré la cortina y deslicé el vidrio. El ruido y el escaso viento que había en ese momento invadieron la sala. Enfrente, en el improbable balcón de una improbable casa del norte de Petare, un niño trataba de hacer volar un papagayo negro hecho con bolsa de basura. El niño corría de un lado a otro a lo largo de los escasos cinco metros del balcón, pero el papagayo no ascendía.

23786 se acercó a mí y me entregó una taza de café humeante. Me di cuenta de que era la única que tenía porque él se sirvió en un vaso de vidrio. Ambos nos sentamos. Tomé un trago de café, le sonreí dándole a entender que estaba bueno —en efecto, lo estaba— y saqué de mi bolso un sobre con las preguntas y las notas que había preparado para la entrevista. Noté que entonces él miraba distraídamente por la ventana.

—Dígame, señor 23786, ¿qué se siente ser una cifra?

—Primero que nada, no me diga señor. —Sonrió—.  Soy joven, como la mayoría de los números que integramos las estadísticas. ¿Que qué se siente?… Creo que usted está enterado de que los números no tenemos sentimientos. Sin embargo, me contenté una vez que mi papá se ganó un terminal jugándose los dos últimos dígitos de mi nombre, fue reconfortante verlo contento, cobrando su premio.

Asentí sonriendo. Fue una respuesta totalmente inesperada. Pero no quedé desarmado:

—Comprendo. Pero además de esa experiencia lúdica-paternal, y la ausencia de sentimentalismo, ¿hay algo acerca de su oficio que le guste o, al menos, le entretenga particularmente?

Apretó los labios, entrecerró los ojos y asintió varias veces.

—Digamos que trato de ver el lado positivo de las cosas. Por ejemplo, y aunque no sea exactamente así sino sea más bien una ilusión matemática, me gusta pensar que por la inclusión de 82 de nosotros en estas listas oficiales, se estarían salvando 99918 personas. Creo entonces que mi muerte sirvió para salvarlos a ellos y estoy conforme.

—¿Y nunca le ha pasado por la mente la casi inevitable pregunta de «¿Por qué a mí?».

—No. Como le digo, me enfoco en el lado positivo. Para usted, 24980 puede resultar una cifra alarmante, funesta, trágica; pero para mí es solo un requisito que debe cumplirse para mantener a otros treinta millones de personas vivas por un año más.

Afuera, el muchacho recoge el pabilo del papagayo y corre frenéticamente de un lado para otro. 23786 me lo señala y dice: «Todas las mañanas hace lo mismo, pero nunca hay suficiente brisa. Está en una posición desfavorable.» Estas palabras tenían un tono de particular tristeza, y podía verse que evocaba un recuerdo —probablemente de su niñez— mientras las decía. Yo chasqueé mirándolo fijamente y él, dándose cuenta de su vulnerabilidad, sonrió y se paró enérgicamente, cogió mi taza su vaso y calentó más café. Continué mirando al muchacho soltándole pabilo al papagayo una vez más y, al ver volver a 23786, ya recompuesto y con ambos vaso y taza llenos de café, le pregunté:

—Y el anonimato, ¿qué le parece?, ¿no le molesta?

—Son gajes del oficio. No todos pueden ser 24980 ni 68. La gente no se acuerda de uno pero casi tampoco de los números simbólicos, de manera que no es mucha la diferencia entre unos y otros.

—Pero de forma general todos son publicitados —sugerí.

 —Sí, somos citados de vez en cuando por algún político efectista con aspiraciones electorales en rueda de prensa; y sí, somos publicados en determinadas organizaciones no gubernamentales y ciertos institutos estadísticos; pero también somos olvidados por una cifra mayor el año siguiente.

—Usted dijo anteriormente que su inclusión en estas estadísticas servían para salvarle la vida a treinta millones de personas; partiendo de esa idea, ¿cree usted que esas treinta millones de personas deberían estarle agradecido?

—Con todo respeto, déjeme decirle que su pregunta carece tanto de sentido como de imaginación. Exigirle; no, siquiera esperar el agradecimiento de treinta millones de personas es simplemente estúpido. Yo no hago esto por el agradecimiento de nadie, yo no hago esto por libre elección, ni siquiera hago esto por intentar “deliberadamente” salvarle la vida a nadie más. Yo hago esto porque soy un estudiante con conocimiento teórico-práctico en defensa personal, con problemas de autoridad, cuyo horario estudiantil y jornada laboral fuerzan a llegar a altas horas de la noche a este apartamento donde usted está tomando café, caminando dos cuadras desde la última parada de metrobús por esa calle de ahí afuera por la que usted se atrevió a transitar sólo porque nuestra cita era matutina, y que mañana, ante la impotencia de la posibilidad de verme despojado de mi celular comprado con el sudor de mi frente y el hambre de mi estómago, cuando desarme y le quiebre la muñeca al motorizado que me encañone, no me habré dado cuenta de que él no andaba solo ni habré sospechado que ese rugido de motor Yamaha 115 que se avecina a mis espaldas mientras corro, es la moto de su “convive”, quien me disparará doce veces por la espalda. 

23786 suspiró. Y yo también. Una ráfaga de aire que entró violentamente por la ventana alborotó mis papeles. Ambos miramos hacia los ranchos y vimos al niño, corriendo de un lado a otro el balcón, gritando frenéticamente: el papagayo había cogido vuelo. Ambos sonreímos.

—¿Cómo calificaría usted los métodos estadísticos empleados en esta clase de cálculos?

—Muy efectivos e increíblemente exactos.

            —¿Le hubiese gustado ser uno de los números simbólicos de los que habló con anterioridad?, y, de ser así, ¿cuál en particular?

            —Sí. De hecho, siento… (entiéndase que no es un sentimiento per se) un poco de envidia por ellos: figurando siempre en los cuadros comparativos, siendo citados, causando conmoción —aunque no siempre ni a todo el mundo, claro está—. Personalmente… Me hubiese gustado ser 68. Para mí es uno de los números más sorprendentes y conmovedores de todas las estadísticas. Es el 68 el que pone en perspectiva la inseguridad, la violencia de 24 horas. Me hubiese gustado a mí ser el producto de la división de 24980 entre 365 y ser yo el símbolo diario de violencia. Aunque no me hubiese gustado del todo ser decimal.

—¿A qué se refiere?

—68 es el número redondo, usado a los fines de simplificar la suma, pero en realidad el número simbólico es 68,438. Nosotros, los números enteros, debo decirlo, somos un poco clasistas. —Sonrió arrugando la cara—. Y, de hecho, dentro de los enteros, los pares, divisibles entre dos, somos los de mejor raza. Pero ya ésas son cuestiones histórico-nominales que no vienen al caso —dijo manoteando el aire.

—¿Y 2,851? —indagué.

—No sé si es por su corto valor nominal, pero no me causa tanta conmoción.

—Según los cálculos arrojados por las estadísticas del Observatorio Nacional de Mortalidad, usted morirá mañana, ¿qué opina acerca de su fecha de defunción?

—Que soy afortunado. Al menos no soy 24398 ni 24976, futuramente muertos a balazos, en circunstancias similares, el 24 y 31 de diciembre respectivamente. El primero mientras mire su hijo andar en la bicicleta que acabará de traerle el Niño Jesús, en el estacionamiento de su urbanización; y el segundo, engullendo la onceava uva del conteo regresivo del cañonazo, frente a toda su familia.

            ”23785, que morirá unas décimas de segundo antes que yo, apuñalado con un pico de botella en un riñón, irá camino a la panadería a comprarle una torta a su mamá que estará de cumpleaños (esto me lo contó él mismo). Si se pregunta cómo, le diré que para nosotros los números el tiempo no es lineal como el de los humanos. Creo que 23785 es el único impar con el que me la llevo bien. Esto —agregó en voz baja, colocándose el dorso de la mano derecha sobre la mejilla izquierda— que quede entre nosotros; no quiero tener problemas con mis compañeros pares.

            ”Volviendo al tema, se dará usted cuenta de lo afortunado que soy en lo que se refiere a la fecha de mi fallecimiento: no le mancharé una fecha de celebración a mi familia.

            —Comprendo. Muy considerado de su parte.

            —Es lo menos que puedo hacer por ellos, ya que nunca pude acatar ese derrotista, conformista consejo de «entregar todo» que con tanto énfasis me repitieron antes de mi mudanza a la capital, bajo el triste consuelo de «lo material se recupera, la vida no».

            La brisa amainó. El papagayo del niño cabeceaba y descendía rápidamente, describiendo círculos en el aire. Se enredó en el poste de luz frente a la ventana de 23786 y, tras un par de infructuosos esfuerzos por liberarlo, el niño cortó el pabilo e ingresó a su casa, sin voltear a mirar al papagayo que guindaba de los cables de luz del poste, meciéndose a merced del viento.

—Finalmente, 23786, ¿qué mensaje le daría usted a las cifras integrantes del próximo informe anual?

—Que disfruten lo que les queda de vida.                                                                                                                                                                                                                             

Caracas, 30 de noviembre del 2014.

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Jesús Delgado (Venezuela, 1993). Abogado. Llevo cinco años escribiendo narrativa y he participado en un par de concursos tanto nacionales como internacionales. Microcuentos de mi autoría han figurado dentro de los finalistas a publicarse en concursos tales como el “#C140” de Banesco (Venezuela, ediciones 2013 y 2014), y la antología “Érase una vez un microcuento” (España, 2014).

Un comentario en “Entrevista con una cifra, por Jesús Delgado (Venezuela, 1993)

  1. Me entusiasmo leer este relato, una historia contada con una pluma sublime, el tratamiento de los personajes y mantener cada párrafo leído con la tensión adecuada…

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