Brujas de sangre, por David R. Loisi (Venezuela, 1993)

Gustavo Aimar

Gustavo Aimar

Brujas de sangre

Afuera, el rumor creciente de la turba que se acercaba a su casa. Adentro, él asustado mirándose al espejo. Sabía que venían a matarlo. No escucharán ninguna explicación, se dijo. Mientras miraba el reflejo de su cuerpo desnudo y admiraba sorprendido su propia sangre, recordó cómo y cuándo había comenzado su gusto abismal.

El primer recuerdo que relacionó con su condición fue su primer encuentro sexual. La filia hacia la sangre comenzó ese día, cuando la experiencia del amor se ligó a las sabanas manchadas bajo su novia virgen. Un hilo rojo salía de ella y resbalaba por la cama hasta amarrarlo a él para siempre en ese gusto extravagante. Se decepcionó cuando supo que ella no iba a sangrar con los demás encuentros sexuales, ni ella ni otras. Fue entonces cuando llegó a sus oídos, como una vaga resonancia del destino, que todas las mujeres del mundo sangraban con la frecuencia que había lunas llenas en la alta noche. Él les pidió a sus amantes poseerlas durante esos días que el luto espero brotaba de sus cuerpos, y la experiencia con la sangre de ellas chapoteando de amor en su cuerpo, se volvió un vicio para él. Sumido en un abismo en el que cada vez quería más, les hacía a sus amantes exagerados chupones que dejaban leves gotas de sangre en su piel, les mordía los labios hasta que los besos se volvían rojos, y pedía lacerarlas con cortes leves en las piernas y en la espalda, a esto solo las más jóvenes y sumisas accedían. Fue un accidente con unas tijeras en la cama, mientras se amaba con la mujer que le hacía los trajes, lo que lo llevó al final de sus sangrientos deseos. Las tijeras se le incrustaron abiertas a la mujer en el abdomen y aunque murió al instante él no se enteró sino cuando la volteó para asumir otra posición sexual y la encontró sumergida en un charco oscuro que llenó todo su cuerpo y toda la cama, hasta derramarse en el suelo. Había sido un accidente, y ahora él estaba ahí, lleno de la sangre de ella, que estaba desnuda ante él como una flor abierta de la muerte. Nadie podrá enterarse, pensó, entonces la amó muerta, se lanzó sobre ella sumergiéndose en ese lago rojo que tanto había deseado y que hasta ese momento no había conocido. Luego que salió del éxtasis, supo que aquello solo lo podía volver a sentir en la muerte, y una tras otra murieron todas sus amantes. Las rompía mientras estaban de espaldas y se adentraba en sus cuerpos abiertos, que aún vibraban por dentro con el grito de muerte que no les dio tiempo de lanzar en vida. Pero ese era un pueblo pequeño y pronto todos comenzarían a sospechar, a buscar culpables y a encontrarlos. Fue entonces cuando quemaron a un hombre, que lo encontraron con las supuestas armas homicidas en su casa. Por el miedo que esta noticia le causo, las matanzas a sus amantes se hicieron más escasas y esporádicas, pero pronto volvería a subirle, esta vez más fuerte, las ganas de la sangre, como un Sísifo que incansable lleva su locura hacia arriba, hacia la vida.

Un día mientras tenía sexo con una mujer joven en el lavandero de la casa de ella, había unas niñas observándolo sin que él lo supiera, y cuando él sacó el machete para partir a su amante, las niñas gritaron y corrieron horrorizadas y su amante huyó desnuda llamando a todos en el pueblo. Él corrió a esconderse a su casa y sin más opciones que esperar la muerte, se miraba su reflejo desnudo en el espejo y comenzó a recordar.

La mujer en la huida le rasgo el brazo con el arma que la iba a matar. Él se ve su propia sangre resbalándole por el costado, por su pierna. Y en un segundo de lucidez, mientras admira su cuerpo y el rumor de la turba que se acerca aumenta cada vez más el volumen, se entera de algo que ningún hombre había podido enterarse hasta entonces, una iluminación que solo la imagen de terror de su propia muerte inminente podía traerle. Probó su sangre, tocó sus manos, sus piernas, su cabeza, su pecho, y supo que dentro de sí corría histérica la sangre, supo que bajo su piel de hombre habitaba lo que tanto había pedido a las mujeres. Supo que bajo la fachada de virilidad que ahora sabía falsa, yacía en símbolo de la feminidad, de la maternidad. El líquido sagrado que brota de todas las mujeres del mundo con la frecuencia que hay lunas llenas en la noche. La sangre que las hace ser naturaleza, que las amarra con dolor a sus cuerpos y les llena los pies de tierra. Supo que él era y siempre había sido una mujer. Entonces fue al baño, se sumergió en su tina y con sus tijeras comenzó a cortarse.

Cuando la turba derribó la puerta ya era muy tarde, lo buscaron por toda la casa sin encontrarlo. Él se había suicidado para darle paso a ella, como en un bautizo profano el agua rojinegra de la tina lavaba lo puro de un nuevo ser. Las gentes enfurecidas siguieron buscándolo luego de sacar el cuerpo moribundo que había en el baño. Lo ha hecho de nuevo, no debe estar muy lejos, decían, mientras le hacían las curas y reanimaban a una mujer que tanto se parecía a él, una mujer que nadie conocía en el pueblo, una mujer que sacaron desnuda y entremuerta, llena de su propia sangre, del fondo de la tina.

 

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David R. Loisi (Valencia, Venezuela, 1993). Estudiante de la licenciatura en Letras de la Universidad Central de Venezuela. Ha colaborado en la revista Canibalismos, y mantiene el blog https://davidrloisi.wordpress.com/
Twitter: @David_R_Loisi

Facebook: David RL

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