Ella usó mi cabeza como un cenicero, por Víctor Noé (Venezuela, 1997)

Patricia Ariel

Patricia Ariel


EL NIÑO PROMESA SE CORTA LAS VENAS LOS MIÉRCOLES POR LA TARDE. Así titulaba otra pálida hoja de Word donde intentaría bosquejar algo, alguna suerte de relato o poema mediocre, algo que ocupara las tediosas horas de insomnio. Ver televisión, escuchar los mismos discos, jugar partidas infinitas de Tetris, todos los días eran este continuo hastío. Comida fría, noche calurosa, otro día, otra madrugada de desvelo frente a una página vacía, dándole contorno al arisco Times New Roman, sentía como ya la locura posaba su famélica mano sobre mi hombro, lamía mi lóbulo sin amor. Se fue la luz. Quedé en oscuras en mi habitación, la noche la atravesaba el zumbido de una jauría de zancudos más el incesante patear de un grillo. ¿Practicará un réquiem? Pregunté al techo. Tenía algo de batería en mi iPod. Karma Police.

Amaneció. Quería morder a alguien, sentir su piel, rasgarla hasta encontrar esencia. Preferí comer un puño de tierra, desarmar una seta con mis dientes y conversar con las lombrices. No recuerdo mucho de ese día.

A Ella la conocí un viernes. Era morena, rasgos valientes mezclados con un cabello rulo que ofrecía resistencia, llevaba un vestido cortísimo color celeste y su piel brillante se nutría con una perforación en la nariz. Estaba caminando por su vida, otros rasguños. Ella saludó, nos conocíamos, o pretendíamos conocernos de antes, de la escuela, de vestigios de la niñez, figuras borrosas del patio de recreo, compañeros de una inocencia olvidada entre pupitres y libretas. Sonreía poco, pero nunca por compromiso, sino con el sincero propósito de iluminar la charla. Entre varios Belmont y cafés nos reconocimos. Me contó que estaba reuniendo dinero para irse a la mierda, que vivía con su abuela y que de noche trabajaba en un bar de metaleros.

Ella no me conocía bien, pero se percibía una extraña atracción. Parecía formular los principios de una ley de atracción hasta ahora desconocida: Decir lo justo, mirar fijo en vez de preguntar trivialidades, tomar un sorbo de café entre cada calada, callar entre cada segundo de una buena canción. Pero no me gustaba, nada me gustaba en esos días, sólo algunos libros y alucinar con los ojos abiertos, la invité a mi casa a jugar caída. Se excusó: que se le quedaron las llaves y tenía que volver antes del anochecer pues su abuela la dejaría en la calle.

Nos encontramos en un parque olvidado por el tiempo, llevaba el mismo vestido transparente y corto, esta vez de un color plateado. Aquí el verdor sólo era un recuerdo de una mejor época, los habitantes se limitaban a una gorda que vendía cotufas y a alguna suerte guardabosques. No tardamos en refugiarnos entre pesados arbustos. Los mosquitos molestaban con su agudo réquiem. Le expliqué que otra especie de rana se extinguía en Guatemala y además vivíamos en la segunda ciudad más peligrosa del mundo. Parecía inmutable, como si se aburriera de mi conversación genérica y en cualquier momento le nacerían de su espalda grandes alas de cuervo y se iría no sin antes picotearme el cráneo saboreando mis sesos. Tanto decir agotó mi saliva, la ansiedad extinguía mi oxígeno y no tuve otra alternativa que buscarlo en su boca. Disparé un beso torpe.

Me miró, explorando cada pliegue de mis pupilas. Ya era hora. Sonrió. Como en un ensueño pude ver como el día se comprimía a sus espaldas pintando la tarde de furioso naranja. Su boca se abalanzó hacia mí. Ya era de noche cuando dibujó su piel entre los árboles. Tan semidiosa como semidesnuda, inauguró el ritual librándose de su vestido improvisando una danza pagana. Con mis manos molí cada uno de sus granos de café, fabricando tierno polvo listo para disolverse en agua tibia, amargo, amarga era su tierra negra, dueña de vida. Escondí entonces todo miedo entre sus pliegues de ébano. Pasamos la noche resguardados por el bosque, tomamos nuestras ropas e hicimos una pira, fumamos y bebimos una botella de ron que ella se había robado del bar.

Desnudos, acaricié su pelo que torpemente cubría sus pezones, ella se recostó en mi famélico pecho. Tengo las manos frías. Comenté. Ella apagó su cigarro en mi palma, la vi soltar una risa burlona. Aspiré fuerte mi Belmont y rosé la piel de sus senos con el borde encendido, apagué el cigarro en su pezón, se estremeció, arqueó la espalda y me clavó las uñas. Maldito, susurró. La noche fue un lienzo negro, nutrido por un fuego que no logramos extinguir.

Amanecimos en mi casa. Preparé café mientras repasaba cada instante de la madrugada, sus movimientos de cazadora, la danza de su cuerpo desnudo entre los árboles, sus risas moderadas y burlonas mientras la exploraba, la agitación de su cadera, aún tenía el hedor de su sexo en mis manos. Para darle esa atmósfera de película adolescente a la mañana de fondo, coloqué Nothings Gonna Hurt You Baby como soundtrack.

Se levantó, no dijo buenos días, me quitó el cigarro de la boca. La televisión estaba apagada, era una suerte de espejo. Estoy echa mierda. Voltee a mirarla, se había cubierto con mi franela de Joy Division que rosaba el borde de sus muslos, no llevaba ropa interior, yo sólo vestía unos boxers. Ahí estaba Ella en el medio de mi caótica sala, moviendo sus caderas al ritmo de la balada. La ninfa del bosque olvidado, el ave nocturna de milcolores. Le grité un verso con el riesgo de quedar en ridículo. De qué color es la piel de una mujer después que recién ha hecho el amor. Respondió con una sonrisa tan radiante como la de aquella niñita de 3er grado, la que me robaba los colores, la que nunca sabía la respuesta al ejercicio, la que siempre llevaba una mancha de malta en el uniforme, la paria de todos los recreos, la que muy en secreto, amaba.

Encendí otro cigarro y me acerqué a ella, seguí sus movimientos al compás del sintetizador, calé hondo. Eres mía, le dije al oído mientras acariciaba el borde de sus nalgas. La canción entró en los acordes finales hasta fallecer, su sonrisa se tornó inexpresiva, clavando un silencio lúgubre en la sala. Yo no soy de nadie. Afirmó. Entonces nos volvimos ceniza.

  

***

Víctor Noé (Valencia, Venezuela, 1997). Estudiante de Idiomas Modernos en la Universidad Arturo Michelena. Constante tallerista de la Casa Bello. Ha publicado extractos de su poemario Las armas nobles en Letralia. Lleva un blog desde 2014 (desiertopersonal.blogspot.com). Edita regularmente un fanzine titulado Lapoesía.

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