Llegada/Partida, por Sairy Romero (Venezuela, 1992)

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Simon Prades

I

La expectación es la peor de las buenas sensaciones. Contiene todo lo negativo de la espera, pero la espera puede ser el aplazamiento de cualquier cosa, algo que la persona que espera no desea con ninguna avidez en particular o algo que incluso preferiría no hacer. En cambio, la expectación, a pesar de ser igual de tensa, igual de proclive a la pesada dilación, dilatación del tiempo, está pletórica de acontecimientos aunque nada esté pasando, aunque el que aguarda esté mirando el techo o el piso o la pared. El que solo espera tiene que forzar y exprimir aquel techo o piso o pared para que le brinde algo, lo que sea, cualquier tipo de entretenimiento o idea rebuscada que alivie la tardanza; mientras que el expectante está viviendo y recreándose con el preludio de aquello que llegará eventualmente, y las fabricaciones de ese preludio suelen superar al evento verdadero, dejándolo en la mente del antiguo expectante, una vez que llega, como algo pobre, opaco y mísero en comparación.

II

Es fácil reconocer al expectante en medio de un sinnúmero de individuos que solo esperan. Se lo ve agitado, tembloroso aunque esté quieto, no necesariamente nervioso pero vibrante aunque con denuedo intente solaparlo, como a punto de derramarse. Existen, también, los expectantes crónicos. Son aquellos adictos que manufacturan futuros sucesos de importancia para volver a pasar por el periodo de expectación aguda, solo para terminar, justo antes de que el suceso los alcance, desertando, huyendo de él. Estas personas suelen ser percibidas, por los desafortunados que se vieron involucrados en el juego de la expectación sin recompensa, como seres viles, manipuladores y falaces. En resumen, como algunas personas dirían: unos auténticos calientahuevos. A pesar de su mala fama, hay que tomar en cuenta su pasado turbio: son, a fin de cuentas, pobres almas traumatizadas por la imaginación hiperactiva que les brindó preludios y expectativas inmejorables, fantasías nocivas para la realidad que queda, sin falta, mal parada.

III

Los individuos dotados de paciencia desconocen su suerte. Absolutas rarezas, se les ve por ahí, muy de vez en cuando, provocando la ligera envidia y el desconcierto del resto de nosotros los impacientes, con sus piernas quietas, inmóviles, detenidas, que solo se mueven para cumplir su función, como caminar y trasladarse de un lugar a otro, llenas de una paz francamente insultante. Sin embargo, los expectantes impacientes les tienen lástima, porque desconocen los fervores y las brasas del deseo en su punto álgido, cuando está a punto de satisfacerse pero aún no, todavía no. Los expectantes impacientes no buscan, no les interesa, ningún tipo de iluminación. No buscan la unión, la conexión con El Todo, porque en ese estado no hay nada que perseguir. Los pacientes de las piernas quietas, en las escasas ocasiones en las que les da por hablar, la recomiendan, pero los expectantes la descartan con menosprecio y se van, con su paso apurado y su respiración entrecortada, en su perenne búsqueda de lo siguiente y de lo nuevo.

IV

En sus momentos más honestos, los expectantes admiten que tampoco aspiran a obtener o alcanzar aquello a lo que dedican toda su expectación. Admiten, finalmente, que la frustración es lo suyo, el combustible que los sustenta. Que el deseo que fracasa es el deseo que se aviva, y así confirman que su estado ideal es el de la llegada acompañada por una partida inmediata, queriendo quedarse sin tener la intención de hacerlo.

***

Sairy Romero (Cabimas, Venezuela, 1992) es comunicóloga, narradora y ensayista. Su cuento Esther Eugenia es finalista del Premio Bengala / UANL 2014, publicado en el Libro Rojo de Bengala. Su cuento Algodón recibió una mención honorífica del Premio Nacional de Cuento Fantástico Amparo Dávila 2015, publicado en la antología Andan sueltos como locos. Actualmente vive en Veracruz, México.

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