Poesía y canto | Sobre «Las noches de mis años» (2016) de Jesús Montoya; por Oriette D’Angelo

Las-noches-de-mis-años-Jesús-Montoya

El reino de la poesía es el «ojalá».
Octavio Paz

La poesía de Jesús Montoya es canto y visceralidad. Es un cuerpo transformado en versos que llegan a nuestros oídos como ecos mientras leemos. Quien lo ha escuchado leer sus poemas sabe, sobre todo, que es alguien que siente a través de la poesía y es capaz de hacernos explotar con su voz. Hasta ahora, su poesía había estado alojada en espacios digitales, esto sin contar que en el año 2014 tuvo lugar la “publicación” de su poemario Primer viaje, publicación que llegó a pocos espacios y que no perduró luego de que la editorial encargada de ello no le prestara ningún tipo de cuidado a su edición. Sin embargo, los que tuvimos la suerte de leer este libro, notamos que eran poemas escritos desde la visceralidad de alguien que asume la poesía como un himno, como un canto capaz de trascender.

Ahora, en el 2016, podemos tener en las manos su primer libro publicado, Las noches de mis años (Monte Ávila Editores, Colección Las Formas del Fuego, Premio de Autores Inéditos 2014).

Las noches de mis años es un libro que continúa con la estética que el autor trabajó en Primer viaje. En él, la poesía es un llamado al futuro y un reconocimiento al pasado más inmediato. En las primeras páginas se asoma una frase que sirve para entender parte del universo que el autor está por mostrarnos: Dedicado a mi madre. Su título ya lo adelanta: este es un libro que le canta a la familia, a los amigos y a la noche. Son poemas lanzados como golpes secos que buscan contar y desafiar a las estrellas. Aquí hay un poeta que canta y asume que la vida es un grito que no debe quedar atrapado entre paredes.

Escriba, escriba,
escriba sin nervios, sin tejidos,
sin las manos.

(p. 7)

El primer poema es una invitación a la escritura, un poema-espacio que impregna al lector. Es, también, un poema-recordatorio para que el lector siga leyendo, para que la vida no se acabe luego del poema, una voz asumida y escrita para que el propio autor continúe lanzando poemas y escribiendo desde la canción. La familia, los amigos, los amores. Las estrellas, las huellas y las manchas. Montoya le escribe al universo, sabe que la poesía es también una madre que agota su existencia para explotar en él y florecer. Hay un “yo” que busca contarle al mundo cómo es vivir bajo la noche, cómo se empieza a crecer y cómo se vive la juventud a través del peso de la memoria.

Imagino el futuro desde calles
frías y hediondas como hermosos años
que vienen de puntillas a buscarme
(p. 13)

Hablamos de un autor nacido en 1993, un autor que obtuvo el Premio de Autores Inéditos de Monte Ávila Editores a los 21 años y cuyo pasado más cercano son los recuerdos de la adolescencia y los remansos de la infancia. Él imagina el futuro como algo que viene a buscarlo, lo imagina desde un presente inagotable asumido desde la poesía, por la poesía y para la poesía. Además, la infancia es un tema que se repite a lo largo del libro. Jesús Montoya escribe de ella porque tiene deudas con su origen, porque tiene preguntas y convoca las respuestas a través de sus poemas. Asume al pasado como algo que aprieta y no suelta porque son las noches de sus años. Es un libro que existe para aceptar la pérdida, atrapar sus remansos y soltarlos.

La lluvia nocturna de esta ciudad
es una brújula para nosotros
(…)
Y cómo no voy a perderme,
en Mérida, viendo la lluvia caer,
soñando sin soñar,
amando sin creer,
cómo no voy a perderme
en esta dulce y delicada mentira
(p. 34)

Mérida es uno de los escenarios de este libro. Montoya nació en la ciudad de Tovar y pasó su infancia y gran parte de su adolescencia en San Cristóbal. La ciudad es contexto y aprehensión. Es sustancia. El autor camina por las calles de Mérida y se reconoce en el reflejo de la lluvia, en el canto de los pájaros y en la voz de sus amigos. Su poesía tiene los rastros de lo que conoce y lo que está por conocer, se enfrenta ante lo incierto del futuro y ante el caos de un espacio que consume y conmueve.

Te quiero en esta ciudad solitaria
que sin ti se va volviendo
poco a poco tenebrosa.
(p. 51)

Más adelante, en este poema, se escribe de lo amoroso como cumbre, como espacio adolescente de quien encuentra por primera vez a un amor en la ciudad. Aquí el poema no es ruego ni distancia, es pacto. El tema amoroso se trabaja desde la inocencia de quien ama por primera vez, de quien crece emocionalmente y transforma sus fisuras en micro universos.

Y estará la noche, siempre la noche.
La noche hace mi vida inolvidable.
(p. 77)

Por otra parte, este libro es también un homenaje a la tradición poética hispanoamericana. Este primer libro de Jesús Montoya nos recuerda a los versos iniciales de Raúl Zurita, a los gritos poéticos de Vicente Huidobro y a la noche tan siempre presente en la poesía de Vicente Gerbasi. Es un libro que canta y es música. Su libro se inserta en nuestra poesía desde los ojos de un niño que decidió contar y retratar su ambiente desde el peso de las primeras épocas. Las noches de mis años es un libro donde la lengua se mezcla con el canto, donde hay coros y versos y ecos, un libro que nos recuerda a nuestra infancia y nos hace invocarla con fuerza. Aquí el poema se transmuta y se hace parte de nosotros. La voz de Montoya retumba a través de la lectura y el poema es un presente inagotable, un pasado silencioso, un futuro que se busca.

***

Aquí se puede descargar el libro Las noches de mis años de Jesús Montoya

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4 comentarios en “Poesía y canto | Sobre «Las noches de mis años» (2016) de Jesús Montoya; por Oriette D’Angelo

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