La única hora (2016), de Alberto Hernández; por Maikel Ramírez ~

2-3 (2)

“…en el subsuelo de nuestro país no había ni oro ni plata
ni diamantes, sino mierda. <<Nada más que mierda>>”
(Patricio Pron: Una puta mierda)

Hasta ahora, ha sido la ciencia ficción el género que mejor ha escenificado las relaciones y las subjetividades que emergen de los programas de simulación. Acá, el personaje nuclear suele descubrir una fisura que pone en entredicho lo que hasta entonces había sido su existencia y, por consiguiente, se encuentra irremediablemente despojado de su identidad, como lo ilustran con nitidez, por un lado, el filme El show de Truman, de Peter Weir, en el que el cuarentón Truman (Jim Carrey) descubre que toda su vida no ha sido más que un reality show cuidadosamente orquestado por Christof (Ed Harris), hombre-Dios de la televisión; y, por otro lado, Ellos, de Robert Heinlein, clásico cuento que relata la atinada sospecha de un hombre después de observar que en uno de los pisos de su casa llovía a cántaros, mientras que en el otro no. En lo sucesivo, Heinlein nos abandona a una pesadilla paranoide. Prestando atención a estos aspectos, salvo al de ciencia ficción, querría comentar brevemente la magnífica novela La única hora, del escritor venezolano Alberto Hernández, obra publicada bajo el sello Estival.

La acción transcurre en Londres, donde los jóvenes venezolanos Ingrid Paredes, estudiante de biología, e Ignacio Fuentes, cursante de estudios de literatura inglesa, recalan con el propósito de dejar atrás un país cuyos gobernantes, dicho con palabras de un exizquierdista como Ignacio, lo han transformado en un “corral mal alumbrado”. A continuación,  al margen del amargo proceso de adaptación propio del emigrante y de detectar que la remesa familiar puede ser anulada de un momento a otro, riesgo que se incrementa con la muerte de Chávez, se transparentará que el mayor peligro reside en que el libre albedrío del que han creído disponer es manejado a su antojo por el autor de una novela que ellos protagonizan, un tal A.H. En una palabra, ellos no son más que la creación literaria del autor.

Al igual que Ingrid e Ignacio, los lectores debemos esperar hasta el capítulo Segunda estancia, número veintiséis, para ser informados por Alonso, amigo de Ignacio y primo de Ingrid, de que el orden de cosas existentes en esa historia responde a la voluntad de un autor: “No tengo méritos científicos para hablar de esto, pero me parece que quien maneja los hilos de este relato no ha podido entrar, resolver el asunto, por eso debemos admitir que somos personajes en préstamo y en muletas, que debemos colaborar para que no desaparezcamos”. Retroactivamente, digámoslo así, esto explica un discurso literario cuyo surrealismo, expresado con intervenciones en imágenes del filme El perro andaluz (“Buñuel extrae una navaja e intenta cortar la cornea derecha de Buda) y con la extraña enfermedad de Ingrid,  se ha intensificado hasta el momento de la revelación. Por lo que resta de la novela, los personajes son sumergidos en un torbellino de arbitrariedades por parte de un autor-Dios que, sin reparar en la coherencia de la obra, saca a los personajes de escena o los hace repetir las mismas acciones, entre otras cosas.

Influido por la teoría de universos múltiples, el escritor de ciencia ficción William Gibson escribe en su reciente novela, The peripheral, sobre un crimen que investigadores del futuro deben descubrir en un pasado que no afectará el normal curso de los eventos, ya que se encuentra en un línea temporal distinta. Esta idea puede ser extrapolada a la lectura que he propuesto acá, pues de ninguna forma agota las múltiples posibilidades interpretativas que ofrece La única hora más allá de la de un autor que ejerce la biopolítica sobre sus personajes: el proceso de escritura de una novela, la puesta en escena de una obra fallida, la tensión entre la libertad creadora y la verosimilitud. En síntesis, toda un sinfín de estratos fabricados por el homo ludens Alberto Hernández.

***

Maikel Ramírez (Venezuela). Profesor en la Universidad Simón Bolívar (USB). Narro y escribo artículos sobre la literatura, la lengua, el cine, la música y otras cosas de la cultura. Textos míos han sido publicados en Letralia, Ficción Breve, Sorbo de Letras y en el suplemento cultural del diario aragüeño El Periodiquito.

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