Cávea a cuatro tiempos, por Natasha Rangel (Venezuela, 1994)

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Tracie Cheng

I

Julien te está mirando. Lo tienes justo al frente. Está agazapado junto a la ventana, a contraluz, y su sombra te lame el cuerpo a través de los barrotes, respondiendo a los cambios del sol.

Te erizas. Lo blando se pone de punta, enrojece. Lo duro se suelta, se vuelve líquido. Julien silba una melodía de Strauss, su boca se encoge, formando pequeñas grietas sobre la piel hinchada del labio inferior. Permanece quieto, muy quieto mientras que tú, Julie, acostada de medio lado, eres un malecón desnudo y también eres silencio y eres flauta.

— ¿Qué estás pensando? —pregunta, por fin.

Dejas caer el rostro sobre el hombro y sonríes. Ahora Julien empieza a acercarse gateando.

—En las moscas parásitas. Son muy interesantes.

El sonido de tu voz lo sobresalta. Hace tanto que no tienes palabras para él, salvo los monosílabos que inflaman el amor.

— ¿Por qué?  —su cara está muy próxima.

— Porque sus larvas devoran a la presa desde adentro.

II

Julie aferra dos barras con sus dedos e incrusta el rostro lo más que puede en el espacio que las separa. Su mirada lo invita a acercarse, del mismo modo en que lo hace cuando sostiene su instrumento. En esos momentos, Julien suele sentir un odio fundido bajo la piel.

Odia a Julie, que se humedece los labios, que toca con la punta de su lengua la boquilla de la flauta, que deja que sus pezones se crispen ante el roce de la base de madera; que distribuye sin recelo sus dedos por los agujeros, atrapando y liberando a su antojo el aliento que la flauta se bebe. Y Julie se escapa un poco también, abandona la jaula, convertida en aire musical.

Esa es la parte que Julien no puede soportar.

Entonces su cuerpo se transforma en puñal, en herida reabierta, en mordiscos, en masa de enredos. Y Julie es la rosa arrancada del jardín de Madre, el tallo cubierto de espinas que despelleja las palmas de las manos y hace que el aliento de Madre se derrame sobre las fisuras sangrantes para calmar el ardor. Madre lo mira y tiene los ojos de Julie, sonríe, y aprieta, aprieta fuerte y el escozor se riega por el cuerpo en una sola descarga helada.

Julie ríe cuando lo sabe rendido, cuando recula con el miembro caído de vuelta en el pantalón y cierra de un portazo la reja tras de sí.

III

Todo sería más sencillo si no sonrieras.

Tú fuiste el grito con el que inició el mundo y fue tu risa la que dio origen a la luz. El seno de Madre te acogió bien, te hizo fuerte. Cuatro kilos, seiscientos gramos. La primera en nacer: Julie. Cinco minutos más tarde, tu sombra, Julien.

Un trozo de alma hecho carne.

¿Y el otro? Apenas un vacío. La crisálida que espera en vano el retorno de la mariposa. ¿Por qué sonríes? ¿Por qué tus pasos colman el espacio como la muerte de las estrellas?

¿Por qué quedó él separado de tu existencia única?

Julien aprendió a escribir la palabra “venganza” cuando tenía tres años y Madre le hablaba a Julie acerca de los niños que no querían crecer, los niños perdidos. Cuando reparó en la caligrafía artrítica escrita en creyón rojo sobre el trozo de papel, le pidió al varón que se la leyera. Julien arrugó la hoja en un puño y se la tragó.      

 *

Percibes la mirada punzante de Julien detrás del mostrador del bibliotecario. Se te ocurre un acto delicioso y escondes las manos bajo la mesa. A tu lado, la compañera de clases da un brinco y se sonroja, su rostro es un tributo a la vergüenza. La ignoras, explorando sin tregua su abismo húmedo. La muchacha se acalora, se chupa los labios, se aferra a las orillas de la mesa. Es un pez vivo echado a la brasa, retorciéndose sin parar.

 Y tú eres la larva que se desfoga en el exceso, que escarba hondo y asienta allí su morada de caos. Porque tú jamás olvidas.

*

Los gemelos tienen 11 años. Es marzo y cantan las cigarras.

 —Si tuvieras sexo ahorita no podrías quedar preñada porque todavía no te ha venido la regla.

Julie no reacciona al comentario, parece ensimismada contemplando su reflejo en una charca del jardín. Atrás está el rosal.

—¿Por qué mataste a mi canario?

Julien no contesta.

—Mamá dijo que un ángel lo raptó de su jaula pero yo sé que fuiste tú.

Mamá, ella siempre decía “Mamá”, para él era “Madre”.

—Sí, fui yo. ¿Lo querías mucho?

No hay respuesta.

—Si prometes no contarle a Madre, te enseñaré dónde lo puse.

—Habla.

Un rizo dorado se le atascó entre los labios por culpa del viento. Julien sintió que las sienes le latían con fuerza.

—Está en una caja, en la caseta de las herramientas. ¿Quieres ver?

—Solo si juras, y que te coma el Coco si mientes, que no volverás a hacerlo.

—Lo juro.

Llevaba una media arremangada más abajo de la pantorrilla, la piel tierna de los muslos se adivinaba bajo el tutú. Julien cerró la puerta de la caseta con seguro.

Las cigarras se callaron, Julie nunca lloró.

IV

Él está furioso y se desquita con el retrato de Mamá. El cuchillo atraviesa el lienzo justo entre los ojos. Sigues sus movimientos tras las rejas.

—Te amo —escupe— Te amo con todo mi odio.

Te busca, vuelve a gatear. Te ofreces a él porque, en el fondo, te fascina su patetismo, su empeño en poseer lo que nunca ha sido concebido.

—Dilo, anda —suplica él, como todas las noches.

¿Sabrían sus colegas del bufete de abogados con qué facilidad perdía el juicio —tan implacable— en cuanto cruzaba el umbral de la casa?

—¿El qué?

—Que tú también, que tú también, por favor.

Tú solo sonríes.

Julien saca las llaves y retira el candado principal.

—Ven aquí, túmbate, te contaré una de las historias de Mamá.

Las bisagras emiten un chasquido metálico, el cuerpo del hombre se desliza al interior.

…Porque lo sabes, tú sabes, que esa no es la verdadera jaula. La has visto extenderse por toda la estancia, proyectando sus delgadas rejas sobre la alfombra y los tapices y las paredes y los armarios y las páginas y las letras, alcanzando sempiternamente a las figuras que reposan adentro.

[1] Cávea: En castellano (arqueología), una cávea es una jaula romana utilizada para aves u otros animales.

***

Natasha Rangel (Venezuela, 1994) estudiante de la Escuela de Letras en la Universidad Central de Venezuela en proceso de no caer en TMT (Todo Menos Tesis). Editora del portal de noticias Crónica.Uno. Tyszkyana, lectora y apasionada por la crónica.

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