Devaluación, por Jesús Alfredo Delgado (Venezuela, 1993)

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Michal Bieganski


EL HOMBRE CONTABA, sudado, desesperado, lo más rápidamente que podía el fajo de billetes en sus manos. Contaba de la forma tradicional: pasándose los billetes estirados de una mano a otra. Eran billetes de cien bolívares; pasaban de una mano a otra con una rapidez inconcebible. El hombre murmuraba apenas un número en sus labios cada vez que un billete pasaba de su mano izquierda a su derecha. Su hijo, a su lado, lo miraba distraído. El dueño de la panadería, un portugués peludo con una camisa de cuadros abierta en el pecho, lo miraba severamente al otro lado de la vitrina. El hombre terminó de contar y le entregó nerviosamente el fajo de billetes al portugués, quien procedió a contar con calma. Mientras el portugués contaba, el hombre se enjugó el sudor de la cara y le esbozó una sonrisa a su hijo, atusándole el cabello del cogote. Su hijo le devolvió la sonrisa. El portugués terminó de contar el dinero, miró su reloj y dijo: «Faltan dos mil». El hombre sacudió la cabeza en una frustrante actitud de disgusto y sacó del bolsillo trasero de su jean otro fajo de billetes. Eran, también, de cien. Contó muy rápidamente veinte billetes, pronunciando los números en voz alta esta vez. «Aquí está», dijo el hombre al entregarle el fajo de billete al portugués, quien se mojó un dedo en saliva y comenzó a contar con parsimonia. El hombre lo miraba inquieto, parecía querer decirle algo, pero no dijo nada, sólo miraba su reloj mientras el portugués contaba con paciencia. El portugués terminó de contar, miró su reloj, y dijo: «Ahora faltan mil». «Coño», dijo el hombre. Sacó su cartera y contó precipitadamente diez billetes de cien. Se los entregó al portugués, quien volvió a proceder a contar con su paciencia característica. «Papá, tengo hambre», dijo el niño jaloneando a su padre por el pantalón. «Coño ya va, hijo, espérate», le contestó el hombre en un tono alto. «¿Completo?», preguntó el hombre al portugués cuando éste terminó de contar. El portugués miró su reloj y dijo: «Falta quinientos». El hombre se hurgó en los bolsillos y en su cartera pero no consiguió más que un par de billetes. Entonces se agachó y le dijo a su hijo: «Dame lo que te dio tu mamá». El niño se sacó del bolsillo un pequeño fajo de billetes amarrado con una liga. El hombre rompió la liga y prácticamente le lanzó los cinco billetes sobre la vitrina al portugués. El portugués los cogió, los organizó, y los contó. Al finalizar, dijo: «Completo». El hombre respiró aliviado. «¿Se lo caliento?», preguntó el portugués. «¿Lo quieres caliente?», preguntó el hombre al niño. «Sí, por favor», respondió el niño. «Sí, caliéntemelo ahí, por favor», dijo el hombre al portugués. El portugués se alejó unos segundos. El hombre le sonrió a su hijo y le preguntó si tenía hambre. El niño asintió varias veces y él le dijo: «Tranquilo, ya vas a comer». Un mendigo se acercó a ellos mientras esperaban para pedirles dinero; «No tengo», le dijo el hombre. El niño vestía ropa y zapatos nuevos y en buen estado; él, en cambio, llevaba unos zapatos muy viejos y tenía un aspecto más bien demacrado. El portugués llegó con el cachito y lo puso en un plato sobre la vitrina, sobre la cual, lo cortó con un cuchillo, dejando una mitad en el plato y llevándose la otra. «Epa, pero ¿qué está haciendo?», le dice el hombre confundido al portugués. «Lo puse treinta segundos en el microondas, ahora vale el doble», dijo éste con indiferencia. El hombre se indignó. «Usted es un ladrón, un abusador…», había comenzado a gritar cuando su hijo lo jaló por el brazo pidiéndole que se calmara, que no peleara. El viejo portugués dio un manotazo al aire en señal de desprecio y se alejó silente al otro lado de la panadería. El niño se estiró para alcanzar el plato en la vitrina y, picando lo que quedaba del cachito en dos mitades, se metió una en la boca y le ofreció la otra a su papá.

***

Jesús Delgado (Venezuela, 1993). Abogado. Llevo cinco años escribiendo narrativa y he participado en un par de concursos tanto nacionales como internacionales. Microcuentos de mi autoría han figurado dentro de los finalistas a publicarse en concursos tales como el “#C140” de Banesco (Venezuela, ediciones 2013 y 2014), y la antología “Érase una vez un microcuento”, (España, 2014).

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