Reminiscencias, por Jonathan Espíritu (México, 1993) ~

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Kazuo Shiraga

Aterida la madera, Nicanor Pérez sostiene la pala. Le molesta cavar cuando arrecia el frío, la tierra se pone más dura y engreída, pero nadie le dice a los muertos cuándo morirse y mañana hay entierro. Siente cómo el frío se cuela por las grietas del mango y le abraza las manos, volviéndolas dos entes separados de su cuerpo, recordándole que siguen ahí cuando el metal negro de la pala viola la mudez arcana del suelo. Detiene un momento su labor y sube por la escalera  -otra madera tiritando-  para estirar las piernas. Saca un cigarro de su chamarra y lo prende con mucho cuidado; el frío del pueblo es capaz de apagar los cerillos sin necesidad de que sople viento y de recordarle al cuerpo su fragilidad ante el mundo. Temblando de las piernas, rememora los días de su juventud en la tierra caliente de su pueblo natal, al otro lado de la sierra.

—Qué curioso, me fui de ahí por un difunto y llegué aquí para rodearme de ellos.

Allá dejó un muerto. ¿Qué podía hacer sino sacar el puñal y clavárselo antes de que el machetazo lo alcanzara? Aunque dijeran que fue en defensa propia, él ya no quiso vivir ahí y se fue a la parte fría de la sierra, además los muertos siempre dejan personas para vengarlos. Olvidó todo sobre su pasado: el nombre que le pusieron sus padres, la juventud de días soleados y miradas vacías. Llegó al nuevo pueblo buscando que nadie se acordara de él y encontró trabajo en el panteón ¿Qué mejor manera de caer en el olvido que al lado de los muertos?

Sin embargo Nicanor Pérez es feliz, sabedor de enigmas que sólo él puede descifrar, como un teólogo que por fin halló la palabra de Dios. Es amigo y protector de los caracoles ancestrales que viven bajo las tumbas, nutriéndose de la tierra necrófaga y alcanzando tamaños prehistóricos. También, basándose en el comportamiento de las flores que crecen sobre las criptas, conoce el momento exacto en que el día se vuelve noche.  Ha escuchado el silencio absoluto donde los muertos hablan entre sí y se cuentan sus desdichas.

Luego de terminar el trabajo, guarda las cosas y va a lavarse a la fuente. El contacto de su cuerpo con el agua le recuerda a su esposa, esa mujer con cuerpo etéreo que lo convence de que él vive, que lo rescata de entre los cadáveres y le da un lugar en el mundo. La que tiene infinitos dibujados en su piel como una promesa de la vida eterna. La mujer con las pestañas que parecen de mentira y los ojos de otoño lluvioso, con el pelo donde duermen los gatos y cuyo aroma le provoca ganas de llorar. Nicanor Pérez sabe que su esposa es la única persona capaz de reivindicarlo ante la vida y hacer que le tema a la muerte. Por eso la quiere y la cuida como a una flor en el frío, pero que tiene una fortaleza de maduros y soleados pétalos.

 Terminada su labor, Nicanor se retira del panteón dejando curiosidad en las tumbas que se preguntan quién será el nuevo muerto. Al bajar por las calles del pueblo sus rodillas comienzan a calentarse, disfruta la sensación mientras esboza una sonrisa autómata a las personas que lo saludan durante su camino. Cuando llega a la cantina pide su habitual vaso de aguardiente, le gusta sentir ese líquido flameante en su garganta dispersarse a los extremos de su cuerpo. Su cabeza se relaja y pierde peso, su lengua se escalda, sus manos ateridas se vuelven flexibles y su vientre reclama comida. Ocupado en esos trances corporales apenas oye la voz del dueño que se pierde en los ruidos de la cantina.

—Alguien preguntó por ti, Nicanor. Un joven como de treinta. Se veía que no es de aquí.

—De seguro se le murió alguien —la cara de Nicanor demuestra inquietud que trata de disimular— ¿No te dijo algo más?

—No, pero se veía triste, yo creo que sí se le murió alguien.

Cuando termina su vaso, deja el dinero en la barra y sale a la luz gélida de la calle. Al llegar a su casa sale a recibirlo su esposa. Estaba descalza sobre el suelo rojo de la casa; el frío no se atrevía a corromper la blancura de sus pequeños pies, duros y frescos como la mañana lluviosa. Lo toma de la mano y lo conduce a la habitación. No necesitan decirse nada, comienza el ritual bien aprendido por los dos pero que nunca es el mismo: descubrir la conocida desnudez que sorprende bajo la ropa, los besos y las caricias, el movimiento terco y contradictorio de los labios sobre la piel, el grito que termina en abrazo. Al final, se queda dormida sobre su hombro y Nicanor mira por la ventana cómo el viento agita los árboles, cómo los pedazos de luz que hay entre sus ramas suspiran y se estremecen al sentir la brisa atravesándolos.

Cuando despierta, Nicanor se acurruca en el seno de su esposa. Pasado un tiempo decide pararse, el entierro comenzará dentro de poco y él siempre tiene que estar para coordinar las cosas, pareciera que la gente se vuelve aún más incompetente al lado de los muertos. Se baña y cambia mientras la mira dormir plácidamente. Cuando se va le da un beso en la frente y le quita del pelo el gato gris y pequeño que tienen como mascota y que siempre se va a dormir en el cabello de su mujer.

De camino al panteón, el frío lo asalta otra vez y lo vuelve parte de sí. Nicanor mete las manos en las bolsas de su chamarra y comienza a caminar más rápido. Al llegar, mira a las personas lejanas y tristes que lo aguardan, como si no fuesen ellos quienes están enterrando a alguien; son a ellos a quienes van a enterrar.  

 — Buenos días, Nicanor. Necesitamos tu ayuda, hubo un problema con los entierros.

— ¿Cuáles entierros? Si sólo era uno.

 — Pues ya son dos. Don Pompeyo murió antier en Tlapacoyan y quiso que lo vinieran a enterrar acá.

— ¿Y entonces cuál es el problema? Que se hagan los dos entierros y ya.

— Lo que pasa es que la familia de don Pompeyo tiene una capilla, pero nadie quiere bajar hasta allá.

— Puro pendejo en este pueblo, vamos pues.

A Nicanor le molestan situaciones como ésta, una de las cosas buenas de trabajar en un panteón es no tener que lidiar con la gente inepta,  pero estos cabrones llegan para aguarle la mañana preocupándose tanto por su muerto, como si la comodidad fuera clave para entrar al Cielo. Un rato después, Nicanor se encuentra bajando la capilla, apoyando los pies en los espacios para los ataúdes y sujetándose con cuidado del cemento tibio. Contempla cómo, amarrado con lazos, van bajando el ataúd que desde ahora se llamará Pompeyo.

— Si estos riquillos supieran —la voz de Nicanor resuena en las profundidades— que después de muertos jieden igual que los pobres que ni con ataúd los entierran.

Al llegar el cajón a sus brazos, apoya su peso en las piernas y lo empuja hasta el espacio que ocupará para siempre y que lo aguardaba desde que nació. Es asombroso el peso que pierden las personas cuando mueren, además de práctico para las personas que los entierran.

Acabado el trabajo, vuelve a subir hacia el frío y la luz de los vivos. Vencedor de hombres, Nicanor Pérez respira la clara mañana. Saliendo de la tierra lo esperan tragos y cigarros; es costumbre dárselos a las personas que realizan el entierro. De lejos contempla los rezos y lágrimas de viuda que se vierten por el difunto. Prefiere dar la vuelta y caminar alrededor, mientras terminan los procesos fúnebres y la gente se marcha.

Cuando todos se van, Nicanor comienza a pasear entre las tumbas, aspirando el olor a tierra recién removida y mirando las inscripciones, recordando a las personas que conocía e imaginándose a las que no conoció. Se detiene en frente de una tumba humilde con una escasa cruz de madera y se pone a repasar las cosas que debe hacer antes de irse. Apenas siente el impacto.

.  .  .

Aquel día amaneció nublado, algo raro en esta parte de la sierra. Recuerdo también que los vidrios de las ventanas estaban empañados y los perros ladraban mucho. Mi madre llegó temprano del molino y me llamó a la mesa. “Apúrate a comer porque debemos alcanzar a tu papá en la plaza”, calentaba tortillas en el comal oloroso a maíz tierno. Regresé a mi cuarto para cambiarme y vi la pistola de mi padre, negra y pesada, que estaba sobre la cómoda y que de seguro olvidó. Me terminé de amarrar los zapatos y salí a alcanzar a  mi madre fuera de la casa.

Nuestros pasos resonaron sobre el adoquín de la privada mientras doblábamos a la izquierda camino a la plaza. Pero al llegar, no estuvo mi padre y nadie nos supo dar razón de su paradero. Regresando a la casa nos encontramos a su compadre, mi padrino, que nos estaba buscando, su cara estaba pálida y tenía en los ojos una sombra de tristeza y asombro. Entonces nos dijo las palabras lentas y pesadas que resonarían en mi cabeza para siempre “Ignacio está muerto, lo mataron viniendo del rancho.”

Eso fue hace veinte años. Recuerdo que fuimos a donde estaba mi padre y lo encontramos tirado y ensangrentado, con un puñal en el cuello, como toro al final de la fiesta brava. Tenía en la mano el machete que no alcanzó a usar y una sonrisa irónica se dibujó en su expresión ya sin vida, tal vez pensando en la pistola olvidada sobre la cómoda.  Recuerdo también que arrestaron a su asesino pero no le hicieron nada, dijeron que el pleito lo empezó mi padre y fue él quien sacó primero el machete; dijeron que fue en defensa propia y la ley lo protegía. Nunca supe por qué empezaron a pelear, el que mató a mi padre se fue del pueblo al poco tiempo y nadie supo a dónde.

La vida de mi madre y la mía cambiaron completamente aquel día; tuvimos que vender los terrenos para pagar deudas, como si cuando alguien muriera lo enterraran con dinero y es preciso cobrar antes de que se pudra con él. Desde entonces, todos los días miraba la pistola que mi padre olvidó en la cómoda, imaginando qué hubiera pasado si ese día la llevara consigo. Siete años después murió mi madre, dijeron las señoras del pueblo que fue de tiricia. Yo sólo sé que no estaba vieja ni estaba enferma. Poca gente fue al entierro, ella y yo pertenecíamos a ese pueblo tanto como su esposo, enterrado años atrás. Después de los nueve días me fui de ahí y no volví nunca. Lo único que me llevé de la casa fue un poco de ropa, dinero y la pistola. El recuerdo más claro de mi padre es cuando me enseñó a cargarla. “Las balas son como animalitos que te comen la vida. Mientras más tengas adentro, más rápido se te acaba.” Sus palabras atravesaban el aire mientras yo sostenía con las dos manos el revólver frío y pesado.

Estuve trabajando como peón varios años en los ingenios azucareros cerca de Veracruz hasta que me volví capataz. Ya no tenía rencor alguno con los hechos de mi pasado, como si se hubieran ido diluyendo con el sudor de mi trabajo. Lo que más me gustaba de esos días era el calor que se metía bajo el sombrero y el aroma dulce de la caña quemada.  

Un día, yendo a dejar mercancía a los pueblos lejanos de la sierra, me encontré a mi padrino. Estaba sentado al lado de una tienda con un refresco en la mano y el sombrero sobre el regazo. Tenía una expresión de nostalgia y soledad. Los años le habían pasado encima y las arrugas de su rostro apenas alcanzaban para esconder sus ojos grises, ahumados por la edad. No me reconoció enseguida, se me quedó viendo con desconfianza hasta que finalmente habló “Ahijado, cuántos años sin verte. Ya eres todo un hombre ¿dónde andabas?” Le dije que trabajando, lejos del pueblo, en tierra costera. Le conté cómo y cuándo me fui del pueblo, él me escuchaba con una expresión de lástima y enojo. Cuando terminé, se tomó bastante tiempo para hablar, midiendo las palabras “Pobre de mi compadre, se murió tan joven. Ese Ignacio siempre fue peleonero, pero nunca se imaginó que algún día moriría por eso.” Yo sólo asentía y trataba de recordar a mi padre, cosa que me era más difícil con el tiempo. Finalmente, mirándome fijo a los ojos me dijo “Ahijado, ya sé dónde está el que mató a tu papá. Ahora se llama Nicanor Pérez y vive en ese pueblo donde mi compadre iba a comprar la semilla para el terreno.” No le dije nada, sólo le puse una mano en el hombro y salí.

Me fui directo al pueblo que dijo mi padrino. No sabía qué pasaba, toda esa rabia y frustración de antes volvían con cada paso que daba en ese suelo frío. Puse la mano sobre la pistola de mi padre, que llevaba siempre conmigo, y entré a la primera cantina que vi a pedir un vaso de tequila. “No tenemos tequila, nomás aguardiente.” Asentí con indiferencia y me tomé de un trago ese líquido que me nubló la visión y me impidió respirar por unos segundos. Al tercer vaso pregunté por un tal Nicanor Pérez. “Sí, es el cuidador del panteón.” Pagué y salí.

Me quedé en un hotel y esperé a que fuera domingo después de misa para ir al panteón. Al llegar, había un grupo de gente afuera de una capilla, con la mirada clavada en la cripta, esperando. Al fin salió un hombre alto, con sombrero, no le pude ver la cara. “¡Nicanor! ¿Quieres un cigarro?” le gritaron y el hombre se alejó. Anduvo rondando en las tumbas, esperando a que se acabara el entierro. Cuando terminó, me fui con la gente y regresé al poco rato. Lo encontré de espaldas, contemplando una tumba escuálida. Sentí todo el resentimiento y lástima por el hombre que estaba delante de mí, como si al matarlo matara también lo que quedaba de mi pasado. Apreté el gatillo. No le quise ver la cara.

***

Jonathan Espíritu (Puebla, México, 1993). Estudia la licenciatura en Lingüística y Literatura Hispánica en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Ha publicado en diversos medios electrónicos. Ha ganado el Premio Filosofía y Letras de la BUAP y una mención en el Concurso 47 de Punto de partida, ambos en la categoría de cuento. Actualmente coordina un taller de cuento con compañeros de su universidad.

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