La persistencia de la razón, por Jesús Delgado (Venezuela, 1993) ~

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Diego Max

BUENOS DÍAS, dijo el profesor al entrar en el aula de clases. Buenos días, respondieron al unísono sus alumnos. El profesor dejó su maletín sobre el escritorio y cogió el borrador del marco de la pizarra acrílica. Los alumnos iban, poco a poco, tomando lugar en sus pupitres. El profesor borró la clase anterior de la pizarra y escribió en mayúscula: Juicio de ponderación. Un alumno levantó la mano y le preguntó al profesor qué significaba lo que acababa de escribir en la pizarra. El dilema de las contradicciones de los distintos derechos y preceptos constitucionales. Ejemplo, profe, dijo un alumno situado en el centro del salón. El profesor dijo: Libertad de protesta y libertad de tránsito. En el salón se produjo un “Ahh” grupal de entendimiento, antecedido, en algunos casos, de un leve chasquido de lengua, y sucedido, en todos los casos, de un asentimiento con la testa. Hasta qué punto —dijo el profesor cruzándose de brazos, golpeándose suavemente el mentón con el marcador acrílico— el ejercicio de un derecho coerce el ejercicio del otro. Esa es la pregunta que debemos hacernos, muchachos. Una oleada de comentarios invadió el salón: (Depende, Todo es relativo, Por ejemplo si yo…) El profesor continuó su monólogo. Otro ejemplo es —dijo el profesor garabateando en el pizarrón los dos derechos que estaba por anunciar—, bachilleres: la libertad de expresión y el derecho a ser tratado con dignidad inherente al ser humano. En ese momento se escuchó una detonación en el salón. Los estudiantes rieron y el profesor se dio la vuelta. Todos estaban en sus lugares, mirando hacia los lados, reprimiendo la risa. El profesor se trocó la nuca, sintió un contacto frío con sus dedos, pero no le prestó atención. El hecho —continuó el profesor— de que gocemos del derecho de expresarnos libremente, no quiere decir que podamos ofender de forma impune a otras personas. Mientras el profesor gesticulaba enérgicamente, se escuchó otra detonación en el aula. Esta vez sintió cómo la bala se le incrustaba en medio de la frente y se quedaba allí, fija. Se trata —continuó impasible el profesor ante la mirada atónita de sus alumnos— de aprender a reconocer los límites que tiene cada derecho. Y recordar siempre que… —Entrecerró los ojos pícaro—. A ver quién me puede decir qué máxima jurídica corresponde decir ahora. Una joven sentada en la primera fila levantó la mano. «Mi derecho termina donde empieza el de los demás», dijo ruborizada. Correcto, dijo el profesor, gimiendo ante el impacto de una tercera bala que se le incrustó en el pecho, entrando por la solapa de su traje.  ¿Alguien más tiene algún ejemplo de dos derechos que pudiesen colisionar entre sí?, preguntó el profesor, cogiéndose el hombro izquierdo, sobre el que la hombrera de su traje había sido despedazada por un cuarto proyectil. Libre desenvolvimiento de la personalidad y orden público, volvió a decir la joven de la primera fila. Muy bien pensado, se pudieran dar muchos ejemplos al respecto, dijo el profesor asintiendo, recibiendo un impacto de bala en la rodilla y renqueando hasta el pizarrón para escribir el ejemplo recién dado por la joven. ¿Alguien más?, preguntó el profesor dándose la vuelta. Libertad de culto y derecho a la vida, dijo tímidamente un estudiante sentado al fondo del salón. Excelente —dijo el profesor mientras los retazos de la gabardina de su traje se dispersaban por el aire, recibiendo ahora una ráfaga de disparos, sonriendo y mirando cómo el marcador acrílico caía de su mano.

***

Jesús Delgado (Venezuela, 1993). Abogado. Llevo cinco años escribiendo narrativa y he participado en un par de concursos tanto nacionales como internacionales. Microcuentos de mi autoría han figurado dentro de los finalistas a publicarse en concursos tales como el “#C140” de Banesco (Venezuela, ediciones 2013 y 2014), y la antología “Érase una vez un microcuento”, (España, 2014).

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